domingo, 8 de marzo de 2009

Thomas Pynchon: V ( la hipernovela)

"... El norteamericano Thomas Pynchon (1937) es uno de los mejores escritores vivos y sin duda uno de los posibles candidatos al Nóbel de literatura. Se lo considera actualmente como una de las voces más importantes del posmodernismo maximalista. Se destaca tanto por su narrativa compleja y laberíntica como por su aversión a los medios. Su obra está compuesta de seis novelas: V. (1963), La subasta del lote 49 (1966), El arco iris de gravedad (1973), Vineland (1990), Mason y Dixon (1997), Against the Day (2006); y un libro de cuentos titulado Lento aprendizaje (1984). En sus obras Pynchon emplea teorías científicas, acontecimientos históricos y detalles de la cultura popular con gran precisión. Escritor talentoso y deslumbrante, en opinión compartida por Harold Bloom, George Steiner y Martin Amis. Su novela “V” (1963) es considerada por la mayoría de la crítica como su obra mas destacada. Son tres los protagonistas de esta extraña y fantástica aventura literaria del siglo XX : dos hombres –Herbert Stencil, que busca algo que cree haber perdido, y Benny Profane, quien, como nunca tuvo nada que perder, nunca ha buscado nada- y V., una enigmática mujer que tan pronto puede ser una joven desflorada en el Cairo,como la hembra de una rata de alcantarilla en Nueva York, una bailarina alemana en el suroeste africano, un misterioso país o una lesbiana de París. Pero ¿porqué Stencil se empeña en investigar la verdadera identidad de V? La respuesta tal vez resida tanto en la pertinaz idea que tiene Stencilde que «detrás de V., y en V.,hay mucho más que todo lo que jamás hayamos soñado »como en esa reflexión del propio Pynchon «Lo que son para el libertino unos muslos abiertos, lo que es el vuelo de los pájaros migratorios para el ornitólogo, lo que es una tenaza para el ajustador, esto es para el joven Stencil la letra V». Todo parece verosímil en esta extraordinaria novela, todo un clásico de la literatura contemporánea. Pynchon aborda el concepto de la hipernovela, de la historia que contiene todas las historias, a través de la novela enciclopédica., a diferencia de Calvino que lo hace desde la fragmentación. En V hay un inventario total de mundos, lenguajes, expresiones, peripecias y símbolos. Si trazáramos el signo que da título a la novela sentaríamos a Calvino y Pynchon en los vértices opuestos, y a la ‘Rayuela‘ de Cortázar en el punto en el que las líneas oblicuas convergen."

sábado, 7 de marzo de 2009

Francisco Ayala: Muerte de Perro (novela de dictador)

"... Francisco Ayala (1906) autor de “Muertes de Perro”, considerada una de las grandes novelas españolas contemporáneas, nació en Granada en 1906. Se le señala como un escritor de estirpe cervantina. Durante su larga carrera literaria, la cual inició a los 18 años con “Tragicomedia de un hombre sin espíritu”, ha transitado por el ensayo, la ficción, el periodismo, la narrativa, la sociología, la reflexión política. La indagación permanente de la condición humana es uno de los temas más reiterativos de su quehacer literario. La historia satírica del ascenso y caída de un dictador sudamericano sirve a Francisco Ayala para analizar distintos problemas morales. El autor, con un lenguaje preciso, convierte su preocupación por la degradación humana en una interesante novela . Ayala ofrece "testimonios de la condición humana, tan reveladores y, probablemente, más reales que cualquier angustiado relato de tremendistas o existencialistas". Mediante una técnica donde se combina el impacto brutal con las sugestiones más sutiles, con las más imprevistas alusiones, y dentro de un marco social estrecho, casi asfixiante, esa revelación de humanidad se produce en Muerte de perro bajo los rasgos de lo grotesco y bufo, de lo patético, e incluso, a veces, tierno, de lo crudo, lo vulgar, lo alucinatorio. Sus personajes se manifiestan por sí mismos, en una fuga de perspectivas plurales que presta a la novela el carácter ambiguo, vertiginoso, insondable y abierto de la vida real, todo ello, con una concentración de recursos que excluye cualquier clase de complacencia y hace indispensable para el conjunto cada punto y cada coma. Muertes de perro (1958) es una novela de dictador, que describe una época tumultuosa, en la existencia de un país sudamericano. Pinedo, oscuro personaje, dedicado a la observación de los acontecimientos que le rodean, ya que su invalidez física no le permite participar directamente en la acción, nos relata a través del diario de Tadeo Requena y de diferentes documentos, el proceso de edificación y caida de Antón Bocanegra. La novela de dictador es un subgénero narrativo característico de la literatura hispanoamericana que tiene su primer precursor en el Facundo del argentino Domingo Faustino Sarmiento publicado en el año 1845. Ejemplos de novelas de este tipo son Yo, el Supremo, de Augusto Roa Bastos, sobre el Gaspar Rodríguez de Francia de Paraguay, y La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa, sobre Rafael Leónidas Trujillo, de la República Dominicana, y El recurso del método de Alejo Carpentier. En España se considera como antecedente de novela de dictador a Tirano Banderas de Valle Inclán."

jueves, 5 de marzo de 2009

Gertrude Stein: Autobiografía de Alice B. Toklas (el cubismo literario)

"... Gertrude Stein juega a desgranar sus recuerdos de las tres primeras décadas del siglo veinte con el recurso de simular una autobiografía de su secretaria y amiga Alice B. Toklas en la que la propia Gertrude es el personaje más mencionado. La obra de la escritora estadounidense Gertrude Stein (1874-1946), caracterizada por un lenguaje rupturista que intenta acortar las distancias entre literatura y artes plásticas, se mueve en el experimentalismo de los movimientos de vanguardia. Jugó un papel muy importante de mecenas de las vanguardias de la primera mitad del siglo XX. Su famosa frase: “Rose is a rose is a rose” (“Una rosa es una rosa y siempre será una rosa”) marcaría su propio estilo literario. Su casa parisiense fue punto de cita de renombrados escritores estadounidenses (Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, representantes de lo que Stein denominó “generación perdida”), europeos (Gillaume Apollinaire, Jean Cocteau) y de artistas pertenecientes a la vanguardia europea (Braque, Matisse, Gris, Picasso y algunos aún desconocidos, como Cézanne, Rousseau y Renoir). Reunió una importante colección de arte moderno. Autobiografía de Alice B. Toklas” es un fresco en movimiento de treinta años de la vida parisina de las vanguardias. A través de una escritura que desafía, a su vez, los cánones de la narración, anulando el eje temporal y convirtiendo en simultáneo y visual el espacio de la memoria, podemos ver, desde 1903 a 1933, a Gertrude Stein y a Alice B. Toklas comiendo con Picasso, cenando con Matisse, hablando de sombreros con Marcelle Braque. Gertrude Stein nos enseña a los “genios” en su vida cotidiana, cuando la genialidad más bien parece una cuestión de chispa. Su obra fue incomprendida y a pesar de su importante aporte a la gramática inglesa, no fue reconocida en su país natal sino hasta que la Autobiografía de Alice B. Toklas se convirtiera en un best seller en Estados Unidos, donde había sido prácticamente ignorada. Los juegos de palabras y la sintaxis en sus obras han hecho que no sea una escritora extensamente traducida al español, incluso algunos editores de la época consideraban que su inglés era un inglés “anormal”, y es que para ella las palabras son insondables, las letras son infinitamente permutables expresando siempre algo distinto y algo semejante. Reincidir. Reciclar el lenguaje más allá de lo convencional. Traer del pasado las palabras haciéndolas existir simultáneamente en el presente como apariciones. Cubismo literario, si se puede acuñar el término, ella misma se consideraba a sí misma como el Picasso de las letras. La diferencia idéntica o “Litismo”, término con el que fue definido su estilo, es el principio que da inicio al lenguaje resonante y repetitivo que distinguió a Gertrude Stein de sus contemporáneos. En sus textos, la diferencia es como una ley de transición de lo mismo hacia lo distinto, y es como un baile donde una frase va transformándose mientras expresa el ritmo del mundo que vemos, alterando su propia imagen hacia algo que es igual, danzando las ideas son a veces algo abstracto, a veces color y a veces sonido. Antes de la música electrónica, ya existió Gertrude Stein. " Esta recensión es extracto y compendio de otras que se relacionan: http://es.wikipedia.org/wiki/Gertrude_Stein http://www.ciudaddemujeres.com/articulos/article.php3?id_article=140 http://blogs.eldiariomontanes.es/franciscoarias/2009/1/19/gertrude-stein-francisco-arias-solis http://es.shvoong.com/books/1692579-autobiografía-alice-toklas/ http://blogartium.wordpress.com/2009/02/19/108/ http://www.eldeber.com.bo/brujula/2009-01-31/nota.php?id=090130211137

miércoles, 4 de marzo de 2009

Walter Benjamin: El libro de los Pasajes (el hombre ecléptico)

"... El Libro de los Pasajes, es un libro mitológico del siglo XX; mitológico por su devenir y su inacabada conclusión. De tal forma que el lector encontrará un ingente trabajo de recopilación de citas y pasajes que habían de servir a Walter Benjamín para elaborar una más que ambiciosa historia de la filosofía materialista durante el siglo XIX. Más aún, el encanto devenía de que esta historia se centraría en el París del siglo XIX. Flaubert había previsto que su novela Bouvard y Pecuchet consistiera sólo en un extenso prólogo narrativo a una segunda parte de la obra, mucho más vasta, en la que se habría reunido la serie más heterogénea y disparatada de pasajes leídos por los dos protagonistas de ese libro, sacados de la historia de la literatura y el pensamiento francés. Flaubert no llegó a culminar este fabuloso proyecto; algunas ediciones han aventurado una aproximación a ese confuso magma de citas y referencias, básicamente concebidos como una "crítica" de la estupidez humana. En la trastienda ideológica de Flaubert se hallaban, como polos opuestos, la ascensión imparable de la burguesía francesa durante el Segundo Imperio —con sus grandes reformas urbanísticas, su poderío económico y financiero y su desbordada tontería— y las propuestas utópicas de algunos de sus contemporáneos, que despertaron la imaginación de Julio Verne.No es casual, reseña Jordi LLovet, que la novela póstuma de Flaubert fuera uno de los libros de cabecera de Walter Benjamin: la mejor prueba de esta rendida admiración se encuentra, dentro del amplio conjunto de su obra, en el llamado Libro de los pasajes, en lengua original Passagen-Werk, título que posee un cariz artesanal diluido, en gran medida, en el concepto de libro. Benjamin trabajó en este proyecto en dos etapas: de 1927 a 1929, en suelo alemán, y en el exilio de París, entre 1934 y poco antes de su muerte accidental, en 1940. Muchos trabajos que Benjamin escribió entonces, algunos incluidos en esta edición del Libro de los pasajes —como "París, capital del siglo XIX"—, y otros no, como La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica o sus Tesis sobre filosofía de la historia, acusan la impronta teórica de la fabulosa empresa de los Pasajes. Las dos ideas que Benjamin había alcanzado ya a fines de los años 20 —y que presiden el Libro de los pasajes— fueron, por un lado, que la filosofía de la historia derivada del marxismo había llegado a un punto sin salida al encontrarse falta de una sólida fundamentación teórica (de lo que se deducía un panorama turbio para toda vindicación revolucionaria); y, por otro, que el optimismo burgués del siglo XIX —nunca mejor expresado que en la Francia de Napoleón III— borraba de golpe y porrazo, por los efectos de su propia "iluminación" (el carácter deslumbrante y enormemente seductor de la mercancía fetichizada), la posibilidad de una conciencia de todo material histórico como suma de escombros y desolación, es decir, como catástrofe. Según el propio Benjamin, era necesario percibir los "monumentos" de la burguesía y todo documento histórico como un edificio en ruinas antes de que llegara a desmoronarse si se pretendía dar cuenta fiable de los procesos de la historia.Este extremo es el que mejor explica, refiere LLovet, la rara estructura del Libro de los pasajes; pues la obra está compuesta de algunos textos con visos sistemáticos, pero sobre todo de una ingente cantidad de fragmentos parecidos a cascotes: la mayoría ajenos —entresacados de las lecturas de Benjamin en torno al fenómeno de la modernidad parisiense— y propios, los menos, como un destilado teórico que a veces anticipa, a veces glosa, alguno de esos pasajes literarios. La propia fragmentariedad del Libro de los pasajes es emblema de esa gran fase última del pensamiento de Benjamin, para quien cualquier fenómeno histórico debía aspirar a un constructor teórico provisto de coherencia, pero sólo luego de haber sido analizados los pormenores y los detalles más pequeños que constituyen la base material de toda civilización: no sólo los famosos pasajes comerciales de París —símbolo condensado, a su vez, de la iluminación y la fetichización aludidas más arriba—, sino también los grandes almacenes, la moda, los anticuarios, los coleccionistas, las catacumbas, el aburrimiento (tema baudeleriano por excelencia), las barricadas, la construcción de vías férreas, la figura del flneur, el juego, las casas de prostitución, los espectáculos panópticos en boga entonces, las más diversas formas de expresión artística, el alumbrado público, la mezcla de utopistas y marxistas que auguraban por entonces el porvenir, la bolsa, los autómatas, el caricaturismo (Daumier), al arte de la litografía, la ociosidad o la sabia institución de la francesa Escuela Politécnica. El Libro de los pasajes es el monumento historiográfico más importante que haya ofrecido el ya largo episodio de la modernidad para disipar el gran sueño del capitalismo y neutralizar la reactivación de las fuerzas míticas que éste ha conllevado; un testamento intelectual cuya validez dependerá de la potencia aparentemente imparable de la civilización en la que todavía vivimos. Lo que está en juego, hoy más que en el siglo XIX, es la idea misma de progreso, que Benjamin entendió, quizá siguiendo a Schopenhauer, como "una fantasmagoría de la historia en la que los hombres se condenan"; como un infierno. El libro de Los pasajes (Das passagen - Werk), la insólita empresa intelectual, nunca redactada, con la que Walter Benjamin pretendía trazar las coordenadas para crear una filosofía material de la historia del siglo XIX es quizá, reseña Sergío García Arroyo, la obra más ambiciosa y audaz que acuñara pensador alguno en torno a la crítica de la modernidad. Durante trece años, comprendidos entre 1927 y 1940 (año de su suicidio en Port Bou, a la sombra de la persecución nacionalsocialista), Benjamin acumuló los materiales de lo que más tarde sería un enorme rompecabezas, objeto de infinitas especulaciones, un mapa inconcluso de los fenómenos sociales del mundo moderno: Apuntes, notas referenciales, citas, comentarios diseminados escritos en papeles de diferente tipo y formato, incluyendo algunas páginas de periódi-co, constituyen el bagaje documental de un proyecto cuyos registros oscilaban entre las ensoñaciones arquitectónicas de Haussmann y la publicidad, entre la figura del flâneur y todo tipo de rarezas que formaban parte de un entramado prácticamente invisible para quienes hasta entonces habían analizado ese universo social, Marx incluido (“No se trata de exponer la génesis económica de la cultura, sino la expresión de la economía en la cultura”). En ese territorio encuentra Benjamin los soportes elementales que deberían provocar “el despertar de un sueño”, el sueño hechizado del capitalismo, encarnado en la parafernalia seductora y voraz de la vida parisina, en asuntos tan disímiles en apariencia como proyectos urbanísticos, muebles, poemas, novelas, folletos, fachadas y, de forma decisiva, en la presencia de la calle como consumación de una nueva y gigantesca escenografía. La edición de Los pasajes, por vez primera en lengua castellana, no es, nos dice García Arroyo, un mero compendio de “brillantes aforismos e inquietantes fragmentos”, sino una extraordinaria red de pistas y testimonios que, no obstante su trama inacabada, revelan la clara aspiración por renovar los instrumentos y los métodos para penetrar un ámbito profundamente fetichizado. La montaña de documentos que forma el libro pone frente a nosotros la erudición y la fantasía desmesuradas de Benjamin, y nos deja ver en él a un pensador promiscuo que alterna la filosofía con la novela policíaca, la teología con el marxismo, la psicología con el urbanismo. Se trata de alguien que, sin vislumbrar contradicción alguna, combina el mesianismo judaico con la utopía. Él y Hassel tradujeron al alemán los tres primeros volúmenes de En busca del tiempo perdido. De esa novela Benjamin desprende una lección axial, viva a lo largo del libro de Los pasajes: aquélla relativa al hecho de que el pasado puede hacerse presente si el azar pone a nuestro alcance el objeto material donde quedó prisionero, puesto que el encuentro con el objeto libera al pasado que quedó atrapado en él. Bajo esta luz, es posible afirmar que la impronta de la literatura domina buena parte del horizonte teórico de la obra. Entre las fuentes primarias de las que surge el proyecto están Le paysan de Paris de Louis Aragon; lo mismo que Bouvard y Pécuchet, la también inconclusa obra de Flaubert, en la que el autor deseaba incluir un registro de los episodios más descabellados y heterogéneos tomados de la literatura y la historia de Francia para ser leídos por sus dos personajes protagónicos. No está de más decir que Benjamin convirtió esta obra inacabada en su libro de cabecera. A través de Los pasajes se percibe el aura de la prosa baudeleriana, el ceremonial luctuoso del barroco, la rebelión romántica y el vértigo de las vanguardias. Las ciudades son vastos depósitos de historia que pueden ser leídos como un libro si se cuenta con un código apropiado; son como sueños colectivos cuyo contenido latente se puede descifrar; espacios simbólicos a los que Jung y los surrealistas se habían asomado incipientemente. Los pasajes son cruceros no sólo de transeúntes y cosas, sino de pensamientos y voluntades con múltiples orígenes. Es justamente ahí, en este eclecticismo, donde Benjamin encuentra la vacuna contra las ortodoxias. Es probable, como se ha dicho, refiere García Arroyo, que en una publicación póstuma, las Tesis de filosofía de la historia, se encuentren los fundamentos del misterioso libro de Los pasajes, el alma de sus bases metodológicas y el mejor sendero para acceder con cabalidad a su lógica y a su particular perspectiva de la trama social. En esas tesis Benjamin escribió: “No existe ningún documento de cultura que no lo sea al mismo tiempo de la barbarie”, sentencia que, como reparo y vaticinio, hace visibles los frágiles linderos de la condición humana. “Perderse en la ciudad como per-derse en un bosque.” Las ciudades también son lugares inventados por la voluntad y el deseo, por la escritura, por la multitud desconocida. En ellas el Angelus Novus extiende sus alas y sobre un plano señala el umbral del laberinto. " Esta reseña es compendio y extracto de otras que se relacionan: http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2005/06/11/u-993184.htm http://www.letraslibres.com/index.php?art=11097 http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/baltar46.pdf http://www.archimadrid.es/actbibliografica/2005/06/00paginas/20.htm http://es.wikipedia.org/wiki/Walter_Benjamin

martes, 3 de marzo de 2009

Dino Buzzatti: El desierto de los tártaros ( la novela de la infinita postergación)

"... El desierto de los Tártaros es considerada la obra maestra del autor, artista plástico y periodista italiano Dino Buzzatii (Belluno, 16 de octubre, 1906 - Milán, 28 de enero, 1972). Con ella alcanzaría fama internacional, siendo elogiado por autores de la talla de Jorge Luis Borges. La novela fue adaptada al cine en 1976 por Valerio Zurlini. La novela cuenta la historia de Giovanni Drogo, un joven militar que se incorpora a las defensas de la Fortaleza Bastiani, un lugar apartado del mundo, una construcción militar desdibujada frente al desierto inhóspito y hostil. La rutina del protagonista se desenvuelve escrutando un horizonte vacío, en medio de los cambios de guardia y las conversaciones intrascendentes con sus compañeros. El afuera deja de pertenecerle, lo que queda en evidencia en el capítulo en que le otorgan un permiso y se reencuentra con su madre y su enamorada, a las cuales tiene poco y nada que decirles. Recorre su ciudad sintiéndose un extranjero, para luego retornar a la Fortaleza. Si bien en un comienzo la estancia en este lugar parece ser algo temporario, Drogo terminará viendo transcurrir toda su vida en la Fortaleza Bastiani, siempre a la espera de un inminente ataque de los tártaros, que sólo llegará cuando para el protagonista sea demasiado tarde. Efectivamente, la muerte lo alcanzará antes de concretarse el combate que ha estado esperando toda su vida. Muchos han señalado la profunda influencia que la literatura de Kafka ha ejercido en Buzzati. Además de retratar el clima de incertidumbre y espera propio de los albores de la Segunda Guerra Mundial, Buzzati crea una situación insostenible de espera constante, de las rutinas inútiles y del transcurrir vano de la existencia. El libro puede leerse como una alegoría de la condición humana, la desesperanza y el absurdo de nuestra existencia en un mundo vacío y sin sentido. Se podría decir que Drogo entrega su vida a un espejismo. Porque, efectivamente, la Fortaleza Bastiani, en su inconcreción espacial y temporal, en su alejamiento deliberado de todo referente histórico y geográfico, constituye un espacio que adquiere un tono irreal, no exactamente fantástico, pero al menos borroso, enigmático, distante. Buzzati construye con recursos narrativos muy medidos, casi minimalistas, un escenario de ficción de aire vagamente decimonónico (los personajes montan a caballo y en carroza, se utilizan catalejos y piezas de artillería, pero no hay artefactos más modernos que ésos), aunque en última instancia cronológicamente impreciso e inasible. Y en cuanto a su ubicación espacial, ocurre algo muy parecido: la Fortaleza Bastiani a veces podría pasar por un enclave alpino, pues son mayoría los apellidos italianos de sus ocupantes (pero también los hay españoles o alemanes), y ciertos detalles del clima o la flora evocan las cumbres de los Dolomitas o del Tirol, pero en otras ocasiones la soledad y desnudez de los paisajes que rodean la fortificación traen a la imaginación las imágenes de un puesto aislado en un desierto africano o de Oriente Medio. La espera de décadas con la que se compromete Drogo, llevado en primera instancia por su entusiasmo de joven militar, y luego por la atracción de la rutina y la vida carente de graves inquietudes y sobresaltos del cuartel, es también un espejismo. La novela repite una y otra vez la escena de los oficiales que hacen guardia en los parapetos de la fortaleza, mirando hacia el Norte, sin descubrir otra cosa que los perfiles difusos de unas montañas lejanísimas y unas llanuras vacías. Los enemigos, los míticos tártaros del título de la novela, siempre están por llegar, y a esa espera de lo que nunca ocurre, entre los muros de una fortaleza que poco a poco se va quedando anticuada y sin la mitad de su guarnición, entregan vanamente sus vidas Drogo y sus compañeros.Nada hay más inútil y malogrado que la vida de Giovanni Drogo. Su juventud ha sido malbaratada en nombre de una causa fútil, irreal. Su vida se ha desarrollado sin auténticas pasiones, sin verdaderos amigos, casi sin familia, sin amor, con el único norte de su compromiso con el oficio militar y del casi incomprensible misticismo (porque los personajes de la novela parecen monjes de una extraña orden ascética, en vez de soldados) asociado al modo de vida de una guarnición perdida, prácticamente abandonada a su suerte. Cuando por fin llegan los enemigos ante los muros de la Fortaleza, tras una espera de decenios apenas anunciada por los vagos indicios de una obra de pavimentación que los propios oficiales que la descubren en la lejanía casi se niegan a creer, Drogo, que hubiera justificado su vida con los actos heroicos del combate, está enfermo, y debe ser evacuado sin poder participar en la batalla.El desierto de los tártaros es, como señala Jorge Luis Borges en el prólogo, la novela de la infinita postergación, pero también del silencio y de la reticencia. Acaso por la sequedad y la contención de la vida castrense, prácticamente ninguno de los personajes, y desde luego el protagonista, enuncian claramente sus propósitos o emociones. Las conversaciones mueren entre sobreentendidos, en silencios incómodos, en reticencias y evasivas que apuntan a una realidad interior (la de los anhelos insatisfechos, la de la frustración y el sinsentido) nunca reconocida, pero siempre presente, que actúa sobre el lector como una carga cada vez más pesada y agobiante. Una novela como la de Buzzati hace inevitable las lecturas parabólicas o alegóricas. La configuración de la novela, y la propia tradición crítica, hacen casi imposible sustraerse a la interpretación inquietante de que en el personaje de Giovanni Drogo, enfrentado a un destino esquivo, desposeído de las ilusiones y la vitalidad de la juventud, y víctima no tanto de las circunstancias como de sus propias insuficiencias y errores, se halla un símbolo doloroso y desolador de la condición humana."
Esta recensión es extracto y compendio de otras reseñas que se relacionan:

lunes, 2 de marzo de 2009

Raymond Chandler: Adios muñeca (la novela negra)

"... Adios, muñeca (1940, Farewell, my lovely) es considerada por la crítica como la mejor novela del norteamericano Raymond Chandler (1888-1959). La indagación en la corrupción que supone Adiós muñeca supuso un paso más para el autor en su personal interpretación de las convenciones del género negro. Si en 'El sueño eterno' era un caso de chantaje el que sería de urdimbre para la acción de Philip Marlowe, en 'Adiós, muñeca' será la búsqueda que emprende, tras salir de la cárcel, de su 'pequeña Velma' el singular gigante Moose Mally, la que desencadene un siniestro recorrido que desenmascara los resortes del poder en una ciudad en la que 'las leyes se hacen para los que pagan'. Raymond Chandler contribuyó de modo determinante a la renovación del género policial, sobre el que escribió también famosos ensayos como El simple arte de matar (1944), y creó un personaje y un estilo. El héroe de sus novelas es el investigador privado Philip Marlowe, protagonista y narrador de las historias, idealista romántico bajo la apariencia cínica, que lucha contra una sociedad corrompida siguiendo un código ético personal y métodos no siempre ortodoxos. Sus obras reflejan la corrupción como el mecanismo central que afecta a los seres y sus relaciones sustentadas en el poder del dinero. Su estilo narrativo puede ser descrito como de un realismo sarcástico y sobre todo escéptico: una prosa que narra con rapidez, exactitud y sutileza sus ambientes, personajes y sucesos, a veces matizada por observaciones y frases de humor cínico que lo caracterizaron. La escritura precisa y refinada resulta de la feliz fusión de lenguaje literario y formas coloquiales, de metáforas coloridas y de slang americano crudo y vigoroso. Su personaje más celebérrimo es Philip Marlowe (nombre que rescató de un temperamental escritor inglés del siglo XVI) es un detective incorruptible, que intentará poner orden en el caos social. Marlowe es justamente la representación del ''choque interno'' de Chandler: un hombre que lucha solo contra un mundo de gangsters e instituciones corruptas. En ese conflicto radica la visión crítica de la sociedad en la literatura de Chandler. Su estilo combina el irónico subjetivismo del narrador en primera persona con la objetividad del diálogo, siempre mordaz y agresivo. Esas características, sumadas a la crítica social, lo alejan de la novela policial tradicional . Philip Marlowe, es el prototipo del antihéroe que aparece en cada una de sus siete novelas: The big sleep (1939, El sueño eterno), Farewell, my lovely (1940, Adiós, muñeca), The high window (1942, La ventana siniestra), The lady in the lake (1943, La dama del lago), The little sister (1949, La hermana pequeña), The long goodbye (1953, El largo adiós) y Playback (1958). El escenario de estas novelas es siempre California, con la ciudad de Los Angeles como centro de un mundo brutal y corrompido donde los policías no se diferencian mucho de los delincuentes. Marlowe lo comprueba una y otra vez, mientras visita mansiones lujosas y hoteles baratos, jueces sin escrúpulos, matones, ejecutivos de Hollywood y mujeres con un pasado.En Los Angeles, Marlowe es un tipo al que no le falta coraje pero sí dinero. Solitario y desilusionado, acepta un caso siempre que le paguen 40 dólares por día para sus gastos. Es un hombre honesto que hace comentarios ácidos: Hasta que ustedes no sean dueños de sus propias almas, no lo serán de la mía, le dice Marlowe a un policía en La ventana siniestra. "
Esta recensión es extracto y compendio de otras reseñas que se relacionan:

Ian Mcewan: Amor perdurable (el síndrome de Clérambault)

"... Ian McEwan (1948), uno de los novelistas británicos de mayor prestigio en la actualidad, se dio a conocer con su libro de relatos Primer amor, últimos ritos, galardonado con el premio Somerset Maugham. Entre su obra posterior destacan sus novelas Niños en el tiempo, Los perros negros o El inocente. McEwan destaca como agudo analista de los sentimientos de los personajes, cuyo mundo interior de emociones, miedos y sensaciones no constituye un simple aderezo, sino materia principal de la trama. En su novela, Amor perdurable (1997), McEwan lleva al extremo el tratamiento de los sentimientos. Joe y Clarissa son una pareja feliz. Él se dedica a escribir sobre temas científicos, tras haber abandonado la investigación; ella es una profesora de literatura inglesa que regresa a Inglaterra tras un breve período de investigación en Harvard. Joe ha ido a esperarla al aeropuerto, y desde allí han marchado directamente a los verdes prados de las colinas de Chiltern, a un delicioso almuerzo campestre que aúna los refinados placeres del vino francés, la naturaleza y el reencuentro amoroso. Pero en medio de aquel sensato, civilizado paraíso, y casi sin que ellos se den cuenta, se introducirá una serpiente, inesperada e inocente, pero no por ello menos terrible. Los tripulantes de un globo, un anciano y su nieto, se ven en serias dificultades. El aerostato, incontrolado, sube en el aire con el niño dentro, y Joe y otros hombres presentes en el lugar corren a socorrerlo. Todo es cuestión de segundos, y en aquel extraño nudo de encuentros urdido por el destino, el muy racional Joe conoce a Jed Parry, un fanático religioso, un «Jesus freak» que se enamorará obsesiva e implacablemente del cada vez más horrorizado Joe. Ian McEwan, con una sutil ironía y su peculiar gusto por la comicidad más ominosa, urde una ambigua fábula moral, un thriller apasionante acerca de la naturaleza misma del amor, y su localización en la encrucijada entre la racionalidad y la locura. Parry comienza entonces un obsesivo acoso telefónico, epistolar y personal que comienza a desquiciar a Joe. Este acoso resulta más insoportable todavía cuando Clarissa, la mujer con la que vive Joe desde hace años, parece no percibir la gravedad de la situación. La novela está concebida como un thriller. Sin embargo, los peculiares ingredientes con que McEwan adereza el argumento dan a la novela un tono más serio, aunque ciertamente peculiar. Joe trabaja como divulgador científico y es la clara encarnación del hombre ateo que busca explicar toda la realidad sólo con la razón. Frente a él se alza Parry, quien en sus mensajes le dice una y otra vez que está equivocado, que Dios existe, que le ama, y que precisamente es él quien le ha de llevar hacia Dios. Pero estas reflexiones, aunque muchas sean acertadas y magníficamente expuestas, se revelan tramposas debido a que la cordura de los dos personajes no se sitúa en el mismo plano. Joe, el protagonista, es un tipo racional hasta que Jed -un fanático religioso que asegura estar enamorado de él- empieza a acosarle. No le amenaza, ni le hace proposiciones deshonestas, tampoco le insulta. Sólo le escribe cartas. Joe intenta racionalizar lo que pasa: «Jed sufre el síndrome de Clérambault». «Leí muchas cosas sobre este síndrome», explica McEwan, «y la bibliografía comenta que son personajes muy aislados, solitarios como Jed, que construyen un amor imaginario en compensación a su soledad». El compañero de generación de Martin Amis, Julian Barnes y Salman Rushdie quería ver «lo que pasaba a un hombre muy racional en contraposición a otro irracional. La historia se resume en 15 líneas, pero lo que interesa es lo que ocurre a los personajes. Me gusta colocarlos al límite, ver cómo se reaccionan ante la perspectiva de un desastre». Como ya hizo en sus anteriores libros. McEwan disfruta recreándose en la mente de los personajes, porque le interesa más cómo cuenta algo que la historia en sí. «Cada vez me mueve más el placer de narrar y por ello en Amor perdurable hay más trama que en los anteriores libros», comenta. «Para mí el enamoramiento es una de las mejores experiencias que hay y alguien que está aislado de la sociedad compensa su soledad con el amor, que a veces tiene consecuencias terribles para la víctima», agrega McEwan." Esta reseña es extracto y compendio de otras que se relacionan:

domingo, 1 de marzo de 2009

Horacio Quiroga: El Almohadón de plumas (el decálogo del perfecto cuentista)

Texto completo:
"Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer. Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre. La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia. En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido. No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra. Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos. -No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida. Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección. Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor. -¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra. Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror. -¡Soy yo, Alicia, soy yo! Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando. Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos. Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor. -Pst... -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio... poco hay que hacer... -¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa. Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha. Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán. Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón. -¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre. Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras. -Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación. -Levántelo a la luz -le dijo Jordán. La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban. -¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca. -Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar. Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca. Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia. Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma. " "... El almohadón de plumas es un relato de Horacio Quiroga (1878-1937) que apareció en su libro Cuentos de amor, de locura y de muerte, (1917). Este cuentista, uruguayo de nacimiento, argentino de padre y residencia, ha sido uno de los narradores que más han reflexionado sobre la poética del cuento. Su relato constituye una ejemplificación práctica de sus propias teorías y de las de otros cuentistas hispanoamericanos como Borges, Cortázar o Piglia, de manera que sirve como modelo hipotético para dilucidar las características del género. Quiroga recoge la tradición romántica de la literatura fantástica de terror -Poe y Maupassant subyacen en su obra- y abre el camino hacia el cuento codecálogo del perfecto cuentista contemporáneo en el cual, sobre todo después de Kafka, no podrá ya sostenerse la distinción entre lo real y lo imaginario. Sus técnicas como narrador han quedado perfectamente delimitadas en el famoso Decálogo del perfecto cuentista, que esboza pautas relativas a la estructura, la tensión narrativa, cómo consumar la historia o cuál debe ser el impacto final, una vez esté elaborada: I -Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.II -Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.III -Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.IV -Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.V -No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.VI -Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.VII -No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.VIII -Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.IX -No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.X -No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento. En definitiva un maestro en el juego narrativo, que utiliza un lenguaje extremadamente plástico, con adjetivos precisos y coloristas, que consiguen siempre el efecto buscado. Aunque pertenecería al movimiento modernista, el autor fue hallando poco a poco un estilo muy personal, que anticipa muchas de las historias oníricas, con personajes y situaciones irracionales de amplia vigencia en el siglo XXI. Seguidor de la escuela modernista fundada por Rubén Darío y obsesivo lector de Edgar Allan Poe y Guy de Maupassant, Quiroga se sintió atraído por temas que abarcaban los aspectos más extraños de la Naturaleza, a menudo teñidos de horror, enfermedad y sufrimiento para los seres humanos. Muchos de sus relatos pertenecen a esta corriente, cuya obra más emblemática es la colección Cuentos de amor de locura y de muerte. Por otra parte se percibe en Quiroga la influencia del británico Rudyard Kipling (Libro de las tierras vírgenes), que cristalizaría en su propio "Cuentos de la selva", delicioso ejercicio de fantasía dividido en varios relatos protagonizados por animales. Algunos estudiosos de la obra de Quiroga opinan que la fascinación con la muerte, los accidentes y la enfermedad (que lo relaciona con Edgar Allan Poe y Baudelaire) se debe a la vida increíblemente trágica que le tocó en suerte. Sea esto cierto o no, en verdad Horacio Quiroga ha dejado para la posteridad algunas de las piezas más terribles, brillantes y trascendentales de la literatura hispanoamericana del siglo XX."

viernes, 27 de febrero de 2009

José Manuel Caballero Bonald: Ágata Ojo de Gato (la prosa poética)


"... Ágata Ojo de Gato, del premiadísimo poeta José Manuel Caballero Bonald (1928- ), que en su inmersión en la prosa de gran extensión hace todo un homenaje al lenguaje a base de una recreación personal de Doñana, en una época pasada pero indeterminada, conformando una alegoría compleja e intimista. Novela publicada en los años 70 por José Manuel Caballero Bonald, escritor español con claras influencias latinoamericanas que además de la novela ha cultivado la poesía y el ensayo. Caballero Bonald tiene un prodigioso dominio del léxico y su forma de narrar roza el barroquismo, pero en esta novela el estilo y el argumento se dan la mano en perfecta simbiosis. La novela narra la vida de varios personajes sirviendo de hilo Manuela, una joven comprada a sus padres por un inmigrante normando que a lo largo del relato sufrirá muchas vicisitudes, como el descubrimento de un tesoro oculto o la prostitución voluntaria, hasta convertirse en una anciana hacia el final del libro. Pero la verdadera protagonista de la novela es la ambientación. El escritor sitúa la historia en unas marismas (en la imagen el dibujo que da inicio al libro) descritas de forma magistral, que marcan la vidas de los personajes y cuyos efluvios percibimos los lectores. José Manuel Caballero Bonald presenta en Ágata ojo de gato (1974) un desconocido normando, raptor de Manuela, de quien tiene un hijo y a quien prostituye. El hijo, Perico Chico o Pedro Lambert se dedica a oscuros negocios con joyas o metales. Su familia crece entre prostitutas y él mismo se hace católico. Uno de sus familiares, Clemente Pavón, muere tiroteado. La familia y la novela concluyen con la muerte de la abuela Manuela. El intento del autor de que el lector se adentre en el mundo presentado en la novela, se hace evidente al incluir un mapa al inicio del relato, una suerte de Cádiz tergiversada al servicio de la historia.
Caballero Bonald demuestra de manera irrefutable que una trama convencional, si se cuenta con elegancia, fluidez en el lenguaje y rico vocabulario, puede convertirse en algo grandioso. Y es que el léxico usado, podría parecer redundante y ostentoso, y sin embargo el resultado final es sorprendente. Con su forma de narrar, esa ambientación de Doñana, ese devenir de Manuela y esa evocación de sensaciones y sentimientos (que no se dejan claro pero se insinúan continuamente) se hace hipnótica y fascinante. Ágata ojo de gato no será recordada especialmente por su argumento, pero sí como ejemplo y modelo de que el estilo puede salvaguardar un libro, de que es posible enganchar al lector mediante trucos (que no trampas) estilísticos, e impactarle gracias a la exposición de que existen otras formas de contar las cosas. Las andanzas de Perico Chico, el desgraciado hijo de Manuela, es una revisitación eficaz de El Lazarillo de Tormes, que lejos de resignarse con su malograda existencia, se busca la vida como puede y sigue adelante con el contrabando de joyas. Lo que Bonald expresa con mayor claridad es la expansión y consolidación de una familia con oscuras circunstancias, degenerada y de moral decadente, que a falta de otros valores, ve el dinero como única salvación y único sentido de la vida. Pero Ágata Ojo de Gato es también un canto a la naturaleza, y su influencia sobre las personas.
El autor ha señalado que la novela: "Sigue siendo mi novela favorita, creo que logré hacer lo que quería, creo que es la manifestación de un mito, de la mater terra que castiga a todo aquel que pretende ultrajarla y me inventé esa historia medio legendaria. “Ágata” es un intento de sustituir la historia por sus presuntas equivalencias mitológicas, pero siempre manteniendo esa realidad que responde a la historia verídica del coto de Doñana. Además con ese libro me ocurrió, y eso sí que era mágico no por el método literario sino por sus consecuencias, que conocí a personajes después de haber escrito la novela que eran un reflejo fiel de los que yo me había inventado y eso es muy inquietante y muy apasionante. Conocer en la vida real a personajes de ficción, tuyos, propios, provoca entusiasmo e inquietud".
Esta reseña es compendio y extracto de otras que se relacionan:

jueves, 26 de febrero de 2009

Macedonio Fernández: El Museo de la Novela Eterna (la novela experimental)

"... Macedonio Fernández (1874-1952) es uno de los escritores más originales de Argentina y el que mayor influencia ha tenido en la evolución de la novela en ese país. Con una disposición para la charla intelectual, el humor y la parodia, en un momento de su vida dejó de frecuentar las tertulias para optar por una vida reconcentrada y por tiempos solitaria, al punto que se pensó que este escritor era un invento más de Borges. Macedonio se anticipó a muchos planteamientos y propuestas teóricas y estéticas que se desarrollarían más adelante tanto en Latinoamérica como en Europa, entre otros la cuestión de los géneros, el concepto de obra abierta, la intertextualidad, el concepto de escritura autónoma. Su propuesta de construcción de un universo novelístico liberado de la tiranía de la anécdota y del verosímil realista lo lleva a postular la existencia de un «lector activo» capaz de liberarse de las propias restricciones del autor y del narrador para convertirse en un productor de sentidos de una obra entendida siempre como expresión conjetural. Macedonio Fernández publicó en vida sólo cuatro libros: No toda es vigilia la de los ojos abiertos (1928); Papeles de Recienvenido (1929); Una novela que comienza (1941) y Continuación de la nada (1944), esta última con un extenso prólogo de Ramón Gómez de la Serna. La mayor parte de su producción fue recogida con posterioridad a su muerte por su hijo Fernández de Obieta, en Papeles de Macedonio Fernández (1964), Papeles de Recienvenido; Poemas; Relatos; Cuentos; Miscelánea (1966) y Museo de la novela de la Eterna (1967). Hacia 1904, Macedonio Fernández comienza las notas preliminares de una teoría de la novela que ha de crecer y desarrollarse durante toda su vida. ´El Museo de la Novela Eterna´ es el paisaje visible de la amplísima meditación íntima de Macedonio sobre ´lo novelesco´ entendido como la tensión nunca resuelta entre ilusión y realidad, arte y vida, forma y experiencia, verdad y ficción. Para Macedonio, estas tensiones dejan de ser el tema de la obra para convertirse en la estructura invisible del género. No se trata de buscar la realidad en la novela, como sostienen algunos grandes teóricos, sino de buscar la novela en la realidad: aspira a construir lo no-real, lo que está por venir y lo que todavía no es. Como consecuencia de este núcleo utópico, define al género como una compleja trama de posiciones de lectura y de múltiples intercambios entre la percepción y la creencia: el lector macedoniano es el héroe de una aventura metafísica. Nadie como él ha definido entre nosotros (con tanta claridad y bajo la forma de una intriga) una nueva poética de la novela. Extracto: “’La tentativa estética presente es una provocación a la escuela realista, un programa total de desacreditamiento de la verdad o realidad de lo que cuenta la novela, y sólo la sujeción a la verdad del Arte (...). El desafío que persigo a la Verosimilitud, al deforme intruso del Arte, la Autenticidad –está en el Arte, hace el absurdo de quien se acoge al Ensueño y lo quiere Real– culmina en el uso de las incongruencias hasta olvidar la identidad de los personajes, su continuidad, la ordenación temporal, efectos antes de las causas, etcétera, por lo que invito al lector a no detenerse a desenredar absurdos, cohonestar contradicciones, sino que siga el cauce de arrastre emocional que la lectura vaya promoviendo minúsculamente en él.’ “ La cita pertenece a Museo de la novela de la Eterna, la única ‘novela’ de Macedonio Fernández y a la vez la máxima experimentación realizada en novela en nuestras letras y una de las mayores de las latinoamericanas. Casi no existen tentativas tan extremas de destrozamiento de todo lo que constituye el buen escribir novelesco, y casi no existen realizadas con semejantes métodos, con tal falta de desesperación, y tal confianza en lo que se escribe. Al decidirse a escribir una novela, Macedonio elige la única que se ajusta a su personalidad: la novela que no llega a serlo, la última Novela Mala y la primera Novela Buena, una colección de teorías y personajes que se niegan a existir fuera de la página impresa y sin embargo crean una estructura complejísima, que en numerosísimas ocasiones logra los dos principales objetivos que Macedonio persigue como ‘novelista’: terminar con la ilusión de realidad de lo literario (uno de los temas básicos de las búsquedas contemporáneas) y ‘operar a favor del descuido conciencial obtenido por interesamiento’, un ‘choque de inexistencia’ en la psique de él, del lector, el choque de estar allí no leyendo sino siendo leído, siendo personaje’.” “Este choque lo sufrirá el lector continuamente, ya que la vigilia de Macedonio, en ese sentido, se mantendrá con escasos desmayos a través de las más de doscientas páginas de la novela. La simple mención de la estructura califica a la obra como la más experimental : comienza con 56 prólogos, que constituyen en realidad el núcleo fundamental, y que teorizan y relatan a la vez lo básico de la novela. Luego de un ‘Prólogo que entre prólogos se empina para ver dónde, allá lejos, empieza la novela’, Macedonio redacta una ‘Nota de Posprólogo y Observaciones de Ante-libro’, se interroga: ‘Estos ¿fueron prólogos? Y ésta ¿será la novela?’ donde el lector se pasea antes de entrar a ‘La Novela’ y finalmente anuncia: ‘Despierta. Comienza el tiempo de la novela. Muévese’.” “A partir de allí se desarrollan los veinte capítulos de la novela propiamente dicha, la cual, por supuesto, no ocurre, ya que a pesar de que intervienen los personajes enunciados existentes y no existentes (reunidos en una estancia llamada ‘La Novela’ y bajo las órdenes de un ‘Presidente’, doble del autor), el tono de inexistencia argumental y ‘real’, de antinovela en el más radical sentido de la palabra persiste, hasta diluirse sin que nadie ni nada haya alcanzado a suceder, quedando todo en la capacidad espejeante y genial del continuo y nunca fatigante estilo de Macedonio, salvando del hastío a las páginas filosóficas en el momento en que comienzan a prenunciarlo; dejando apenas entrever los conflictos y los amores de los personajes, ya que todos acontecen en la realidad y por lo tanto fuera de ‘La Novela." Esta recensión es extracto y compendio de otras reseñas que se relacionan: http://es.wikipedia.org/wiki/Macedonio_Fernández http://www.javeriana.edu.co/Facultades/C_Sociales/Facultad/sociales_virtual/publicaciones/arena/m-fragmen.htm http://www.avizora.com/publicaciones/literatura/textos/textos_2/0102_macedonio_fernandez.htm http://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/marzo_06/22032006_02.htm http://www.zonamoebius.com/Iepoca_2003-2007/2005/001/mv_1005_eterna_macedonio.htm http://www.prometeolibros.com.ar/MainSite/Libro/diccionario-de-la-novela-de-macedonio-fernndez/IdLibro172836