martes, 9 de junio de 2009

Georges Duhamel: El notario de Havre (Chronique des Pasquier)


"... El Notaire du Havre es el primer volumen de una serie de diez, escritas en 1933 por Georges Duhamel (1884-1966) en su Chronique des Pasquier. Laurent Pasquier, un destacado investigador en biología inicia en 1931 la saga de su historia familiar desde finales de 1880. En ese momento, Raymond y Lucie Pasquier-Eléonore Delahaie-Pasquier son una familia con cuatro hijos pequeños. La difícil vida familiar con los pequeños ingresos de la labor de Lucía se ven interrumpidos a raíz de una carta de un notario en Le Havre, que notifica a Lucie un legado de su fallecida tía Delahaie . La familia se abisma en la esperanza del legado. Sin embargo, por razones administrativas, la herencia está bloqueada y los meses pasan sin perspectivas de recuperar el dinero que mientras tanto habían pedido prestado.Es a comienzos de los años 1930 cuando Duhamel comienza su Crónica de los Pasquier que lo volverá celebre, según el principio de la novela-río, y que es muy a menudo comparada con Los Rougon-Macquart de Emilio Zolá. La publicación de la crónica en el Mercurio de Francia se extiende desde 1933 a 1945. Puede ser vista como la transposición literaria autobiográfica de la vida de Georges Duhamel en su héroe principal Laurent Pasquier (Duhamel). Anterior a Los Pasquier es la saga titulada Vie et aventures de Salavin (cinco volúmenes, entre 1920 y 1932), en la que se encuadra el Journal de Salavin, título original del Diario de un aspirante a santo.
Médico de profesión, Duhamel participó en la Gran Guerra como cirujano, poniendo de manifiesto una gran entereza y disposición al sacrificio. De las vivencias de los cuatro años pasados en aquellas dolorosas circunstancias surgiría su primer libro, Vida de los mártires (Vie des martyrs, 1917), una estremecedora galería de héroes anónimos, víctimas de la barbarie bélica. Al año siguiente, y en la misma estela, Duhamel publicaría bajo pseudónimo Civilisation (1918), elocuente título para un libro que obtendría aquel año el Premio Goncourt.Publicó sus primeras obras en la Abbaye de Créteil, cenáculo literario (1906-08) del que era socio fundador. Su experiencia como cirujano durante 50 meses en la I Guerra Mundial le suministró material para La vie des martyrs (1917), impresionante testimonio del heroísmo de los heridos.
Duhamel, autor que gozó en su momento, y no sólo en Francia, de una estima y de una popularidad muy considerables, viaja a la posteridad, sin embargo, en uno de los numerosos y concurridos vagones de segunda clase. Lo mismo ocurre con todo el círculo de amistades que integró, en 1908, el Grupo de la Abadía (Groupe de l’Abbaye), del que también formaba parte Jules Romains, escritor de perfil afín, en bastantes aspectos, al de Duhamel. Se trata, en los dos casos, de polígrafos imbuidos de unos ideales humanistas de profundas raíces judeocristianas, europeístas, defensores a ultranza de un concepto de civilización que había entrado en crisis irreversible durante la Gran Guerra, cuya experiencia marcó decisivamente a ambos.Duhamel y Romains abonan –y no sólo integran– el sustrato cultural, moral, intelectual, incluso ideológico, del que habrían de surgir contemporáneamente figuras como André Gide o Paul Valéry; como Paul Nizan; como Raymond Aron, Jean-Paul Sartre o Albert Camus..."
Es extracto y compendio de otras reseñas:

lunes, 8 de junio de 2009

Witold Gombrowicz: Ferdydurke

"... Witold Gombrowicz (1904-1969) fue el tercer mosquetero del vanguardismo, según Deleuze, junto a Joyce y Borges. También el menos conocido. Hasta ahora. Porque el interés por este narrador polaco irreverente y mordaz renace con fuerza en todo el mundo. En España, Seix Barral está a punto de lanzar la Biblioteca Gombrowicz, empezando por Ferdydurke, que el propio autor consideraba su “obra fundamental, la mejor introducción a lo que soy y represento”. Una novela esencial sobre la inmadurez y la forma, “especie de grotesco sueño de un clown” según Sábato. Resulta apropiada dicha consideración, literatura del desarraigo, para referirnos a uno de esos autores malditos, ocultos y posiblemente malignos a los ojos de muchos, que pasó con mas pena que gloria por la historia de la literatura. Hay que decir que Gombrowicz fue ante todo un vanguardista, esto es, un provocador para algunos, un insolente para casi todos, y que es el responsable de una de las obras más innovadoras del siglo: Ferdydurke. Un hombre, Pepe, con una vida supuestamente ordenada, tanto como lo puede estar la nuestra propia, se ve envuelto de pronto en una reminiscencia educativa que le llevará de nuevo a la escuela a vivir y revivir los mismos acontecimientos que ya ha vivido una vez: será de tal modo educado y reeducado en la enseñanza, redescubrirá una nueva adolescencia y llegará a la implícita conclusión de que tratándose como se trata de un ser inmaduro sólo le queda dar forma y vivir dicha inmadurez con toda la madurez que pueda y se le permita. Hasta ahí estamos ante una novela que anticipa la literatura del absurdo, Alfred Jarry es uno de sus referentes, que se implica en el surrealismo y que prevé todos los males existenciales de la mitad del siglo que a su autor le tocó vivir. Y para ello Gombrowicz se vale de recursos expresivos que van desde la invención de palabras intraducibles en nuestra lengua, la propia que da título a la novela, hasta la asunción de postulados psicoanalíticos sin los que no se puede cuando menos entender el carácter disparatado de la obra.
Las obras de Gombrowicz se caracterizan por un profundo análisis psicológico, un cierto sentido de paradoja, el absurdo, y su tono anti-nacionalista. En 1937 publica su primera novela, Ferdydurke, que presenta muchos temas que serán explorados y desarrollados en sus posteriores obras: los problemas de la Inmadurez y la juventud, la tendencia hacia la Forma, las máscaras que el hombre se coloca frente a los demás, y un crítico e irónico examen de los papeles de las clases en la sociedad y la cultura polacas, especialmente de la nobleza, representantes de la Iglesia Católica y la provincianidad polaca. Ferdydurke provocó severas reacciones de crítica e inmediatamente dividió a la audiencia de Gombrowicz en devotos admiradores y acérrimos enemigos. En posteriores novelas (Pornografía, de 1960, primeramente traducida al castellano con el título de La Seducción; Cosmos, de 1967) continuará el análisis de estos problemas, desarrollando un estilo cada vez más libre, deudor al mismo tiempo de las vanguardias de principios del siglo XX (al igual que su amigo Bruno Schulz) y de los grandes escritores satíricos europeos (Rabelais, Laurence Sterne). Ferdydurke se publicó por primera vez en Varsovia en la editorial Rój en octubre de 1937, si bien tiene pie de imprenta de 1938. Gombrowicz no escribió un prólogo sino una especie de advertencia publicada en Wiadomosci Literackie. Pero dejó sin desvelar el misterio del título: a veces pretendía que lo había escogido porque no significaba nada y su pronunciación resultaba difícil en polaco, mientras que otras veces decía haberlo encontrado por azar en un periódico inglés. Según un investigador literario polaco, el título proviene de la novela Babbitt, de Sinclair Lewis: “...¿Con quién dirían que me tropecé la otra noche en el restaurante De Luxe? Pues ni más ni menos que con nuestro viejo amigo Freddy Durkee”. Ernesto Sabato -uno de esos pocos que supieron valorar la rara calidad del texto- en el prólogo escrito en 1964 y que aún conserva la edición argentina, guiaba con sapiencia al sorprendido lector de estas páginas-piruetas anticipatorias del propio existencialismo: "Se le puede advertir al lector de este libro de choque que trate de ver, en esta novela en apariencia tan descabellada, las ideas básicas que son las típicas del existencialismo: la angustia, la nada, la libertad, la autenticidad, el absurdo. Y sobre todo, o debajo de todo, el problema típico de Gombrowicz, la categoría que es esencial en su concepción del mundo: la Inmadurez; categoría íntimamente vinculada a otra que le es obsesiva: la de la Forma" . Sabato, marcando nuevas diferencias con Bioy, sigue sosteniendo que Gombrowicz fue un verdadero genio literario y acierta al indicar en el mismo prólogo que para el polaco "el combate capital del hombre se libra entre dos tendencias fundamentales: la que busca la Forma y la que rechaza". Y será, efectivamente, en esta historia circense (que, dicen los traductores, "no tiene género alguno, o los tiene todos") en la que el adulto "Pepe" (tomará otros nombres en distintas ediciones) es obligado a una regresión estereotipada a la infancia mientras arde en deseos eróticos insatisfechos, donde Witold Gombrowicz llega a desplegar sus mayores virtudes entregando su texto paradigmático en el que aparecen condensadas como en ninguna otra parte sus búsquedas, hallazgos y obsesiones..." Es extracto y compendio de otras reseñas: http://www.literatura.org/wg/ferdyes.htm http://wineruda.blogsome.com/2006/02/15/ferdydurke-de-witold-gombrowicz/ http://es.wikipedia.org/wiki/Witold_Gombrowicz http://www.letraslibres.com/index.php?art=10073 http://www.magicaweb.com/gombrowicz/ http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/1447/Gombrowicz_al_completo http://weblogs.clarin.com/revistaenie-elestantemaldito/archives/2008/11/el_paladar_de_gombrowicz.html http://www.espacioluke.com/2002/Enero2002/joseluis.html

domingo, 7 de junio de 2009

Samuel Pepys: Diarios

“… El londinense Samuel Pepys (1633-1703) no inventó el diario íntimo, pero sí descubrió la fórmula por la que el examen de conciencia cotidiano se reveló como un género literario capaz de captar la vida en toda su variedad e intensidad. Curiosamente, Pepys no pretendía hacer literatura: su diario, redactado en un sistema de escritura cifrada, no fue transcrito y publicado hasta 1825, casi un siglo y cuarto después de la muerte del diarista. No está escrito, por tanto, con la mente puesta en un posible lector. Tampoco hay en él ninguna clase de justificación o autoapología. Es, sencillamente, uno de esos milagros inexplicables que la literatura produce de vez en cuando, uno de esos escasos monumentos singulares, al lado de los cuales cualquier otra obra escrita en el mismo molde se nos presenta como una mera imitación. Pepys evita los análisis, los juicios de valor y los esquemas maniqueos: se limita a anotar lo que ve, lo que oye, lo que le pasa. Es posible que los diaristas contemporáneos deban a Pepys cierto prurito de desfachatez, cierta tendencia más o menos disimulada al exhibicionismo o al impudor. Durante ocho años y medio el comerciante inglés Samuel Pepys fue un insólito testigo de sí mismo y del siglo xvii. Dejó de escribir cuando su vista se debilitó, pues hubiera perdido la franqueza al dictarle a un secretario. De acuerdo con Stevenson, el candoroso Pepys fascina no sólo debido a su irrefrenable apetito por la vida, sino porque confiesa sus errores y debilidades como si nadie pudiera leerlo. Pocas veces el intrincado tejido de un hombre aparece en forma tan plena. Pepys es un escritor culto que no se pretende artista; se retrata sin saber cómo quedará su semblante. Su testimonio fue publicado 160 años después de su muerte y perdura como una refrescante muestra de una prosa que, sin llegar al autoescarnio, ignora todo sentido de la respetabilidad. Pepys es el dispar cronista de su conciencia. El 31 de diciembre de 1665 termina el año de la peste que se volvería inolvidable en la crónica de Daniel Defoe; Londres está sumido en la ruina y la miseria; mientras tanto, el jovial Samuel Pepys escribe: "Nunca he vivido con más alegría (y además, nunca he ganado tanto) como en estos tiempos de plaga". No habla un cínico; habla un testigo humanamente irresponsable. El Diario recoge las anotaciones comprendidas entre el 1 de enero de 1660, cuando Samuel Pepys lo inició siendo un modesto oficinista, hasta el 31 de mayo de 1669, cuando lo tuvo que dejar, convertido en un muy respetado y opulento alto cargo de la Armada con aspiraciones de convertirse en parlamentario. En el período reseñado, y gracias a su posición profesional y a ser vecino de Londres, pudo observar movimientos políticos tan importantes en la historia de Inglaterra como la Restauración monárquica de Carlos II; fenómenos sociales y culturales como la fundación de la Royal Society, la reapertura de los teatros tras la época puritana, incidentes militares como la segunda de las guerras con Holanda (1665-1667) y célebres catástrofes públicas como la gran plaga (1665) y el incendio de Londres (1666). Hoy en día ya sabemos que a través de varias vías podemos tener acceso a los textos originales de obras como ésta que, por supuesto, están ya libres de derecho de autor, sin embargo, hay una iniciativa en la red que publica los diarios cronológicamente tal y como fueron publicados, pero en formato de blog: Pepys Diary …” Es extracto y compendio de otras reseñas: http://www.pepysdiary.com/ http://es.wikipedia.org/wiki/Samuel_Pepys http://www.sant-cugat.net/laborda/2004Pepys.pdf http://www.librosmalditos.com/files/pepys.php http://www.clubdellector.com/fichalibro.php?idlibro=1894 http://www.letraslibres.com/index.php?art=7334

sábado, 6 de junio de 2009

Peter Handke: Carta breve para un largo adios

"... Peter Handke (1942) es uno de los escritores actuales más importantes, polémicos y populares en lengua alemana. Publicada en 1972, Carta breve para un largo adiós es una de las novelas más destacables de entre todas las escritas por Peter Handke. En ella utiliza aparentemente una de las formas más clásicas de la literatura alemana, la del 'Entwicklungsroman'; es decir, la novela de la formación de un carácter a través de la experiencia vivida. Es una novela tradicional y revolucionaria, realista y romántica. Pero en todo caso, una obra maestra que pertenece ya al patrimonio de la mejor literatura contemporánea. En Carta breve para un largo adiós, el austríaco Peter Handke, presenta una América mítica, un espacio legendario regido por la voluntad de John Ford. Un territorio, en fin, que un hombre, recién desembarcado en la edad adulta, recorrerá impulsado por el motor de un desengaño y, también, por una carta breve, apenas unas líneas, que apuntan ya al final anunciado en el título de la novela. Nos encontramos con un trayecto de ida, una catarsis emprendida cuando apenas resta esperanza, una travesía que zigzaguea por los mismos márgenes de la locura. Y todo ello, vaya, a través de un desplazamiento de costa a costa, a través de Nueva York, Filadelfia, Tucson, Los Ángeles… Un periplo, en definitiva, entre iconos de ese territorio legendario dibujado por la música nacida de una jukebox y alumbrado sobre el blanco de una pantalla de cine, un país rayado por highways y carreteras perdidas y punteado por habitaciones en hoteles y ciudades remotas. Y por palabras e imágenes, muchas, las de El gran Gatsby y El joven Lincoln, por ejemplo, pero también aquellas que, escritas en carteles y señales y letreros luminosos, parecen conducir al narrador hacia su destino. En los libros de Handke las figuras van de un lugar a otro como en una fábula, a centímetros del suelo. Igual que sus narradores, están en suspenso, en transición, entre una cosa y otra. Recién despedidos de un trabajo o de licencia, como en El chino del dolor. Se los ve siempre en marcha, acaso como mensajeros entre los verdaderos protagonistas de sus libros: la narración y el lector. Handke cree en el relato a un nivel inaudito: “Todas mis narraciones pretenden que la narración misma aparezca como heroína... se convierta en un juego, se disuelva, como si el narrador fuera el gran juego”. Y habla del lector no como de un cliente, sino como de un rey: “No me represento al lector mientras escribo; lo incluyo en el movimiento mismo de la escritura”. Una lectura atenta de la obra de Handke evidencia un deseo constante de dar cuenta de regímenes temporales apartados de los tiempos simbólicos o sociales. En este sentido no es de extrañar que los relatos handkianos nunca adopten los esquemas convencionales de desarrollo de la novela. Esta otra posibilidad de representar los acontecimientos temporales implica el abandono del esquema temporal espacializado y supone la puesta en evidencia de una temporalidad heterogénea y cualitativa. Dicha representación se realiza fundamentalmente a través de un léxico de imágenes y no de conceptos ( " al escribir, en cuanto surge, aunque sólo sea el inicio de un concepto, doy un giro ( . . . ) en otra dirección, hacia otro paisaje, en donde aún no haya simplicación y pretensión totalizadora alguna debidas a los conceptos" ya que los éstos " se presentan como la primera dificultad ante la acción de escribir " Situado en esta a modo de " epojé " o suspensión conceptual, Handke constata un estado de " reposada atención" , apuntado ya por su maestro Goethe como una de las tareas fundamentales de la vida. Dicho estado implica un cierto enmudecimiento y también un cierto ensimismamiento. De la lectura de los textos de Handke y de las reflexiones sobre sus procedimientos de escritura parece poder deducirse un eco de las concepciones bergsonianas. En efecto, también Handke se interesa por percepciones de la temporalidad apartadas del Tiempo abstracto. Igualmente dicho interés le mueve a tender a una aprehensión intuitiva de la realidad, rechazando , a ser posible, cualquier intermediación conceptual. Y, finalmente, también Handke opta, a la hora de escribir, por una escritura en imágenes, la única escritura que, según Bergson, puede ser capaz de sugerir la duración ..."

jueves, 4 de junio de 2009

Thomas Bernhard: Extinción

"... Extinción la última obra en prosa de Thomas Bernhard (1931-1989) es también la más extensa. El narrador, Franz Josef Murau, de 46 años de edad, padece la obsesión por el origen, una especie de «complejo de lugar natal» que bien podría describirse con un sólo topónimo: Wolfsegg. Allí creció Murau, y contra Wolfsegg -exactamente en la dirección opuesta- tuvo que desarrollarse, a fin de preservar la existencia de su espíritu, huyendo de su tierra. Instalado en Roma, no desea volver a poner los pies en Wolfsegg, pero el destino lo obliga: sus padres y su hermano fallecen en accidente de automóvil. La nueva instancia en el lugar más detestado le hace comprender la necesidad en que se halla de superar el odio a su origen. Quizá pueda curarse escribiendo sobre Wolfsegg. Sus apuntes llevarán el título de Extinción, porque sólo existen para aniquilar el tema de que se ocupan, para dejar sin raíz ni sentido todos los significados de la palabra Wolfsegg. El medio estilístico de que se sirve Murau para lograr el exterminio es la exageración: un arte que también Thomas Bernhard ha llevado a sus extremos más perfectos. El protagonista y narrador, Franz Josef Murau — a todas luces un alter ego del autor — recibe en Roma un telegrama de sus hermanas anunciándole la muerte de sus padres y de su hermano Johannes en un accidente de coche. A partir de ahí se sucederán los elementos característicos de las obras de Bernhard, con su geografía de exclusiones y oposiciones. El lugar de nacimiento —Wolfsegg, en Austria— es un mundo opresivo donde reina el catolicismo, al que luego se añadirá el nacionalsocialismo. Murau sólo se siente a gusto entre los jardineros y al lado de su tío Georg, quien se marchará a vivir en Cannes. Más adelante también Murau huirá de Wolfsegg y se instalará en Roma, donde da clases de literatura alemana a Gambetti. En Roma coincide con Maria, personaje cuyo modelo es Ingeborg Bachmann. De la galería de personajes que desfilan por las páginas de Extinción, uno de los más logrados es, sin lugar a dudas, Spadolini, el Brillante, el Admirable, el Príncipe de la Iglesia nato. Mediante ese personaje, Bernhard aborda el fenómeno eclesiástico en toda su complejidad y perversidad. Cuantas más «cualidades» adornan a Spadolini, más espantoso resulta el papel de la Iglesia católica como institución basada en la hipocresía, el engaño y la mentira. Spadolini lleva a su más alto grado la religión como teatro. Es un genio de la escena, un gran actor del espectáculo eclesiástico; su arte oratorio es un calculado arte de la falsificación. El punto culminante de su actuación se produce durante los funerales que cierran Extinción. La novela tiene así un final operístico, porque la liturgia católica confiere a los gestos y a las actitudes un carácter marcadamente artificial. Tanto en la ópera como en las ceremonias, el artificio funciona como motor único de la representación. El estilo de Bernhard abunda en frases reiterativas y encadenadas, se detiene en el detalle con minuciosidad obsesiva, avanza un paso y retrocede para volver sobre lo mismo, y abomina de los puntos y aparte. Su temática se muestra dolorosamente crítica con lo deleznable que el ser humano puede llegar a ser, sobre todo cuando actúa de manera gregaria. Sus temas recurrentes son el trabajo intelectual como un absurdo que acaba por conducir a la locura, la ignorancia como origen de la maldad y la violencia del hombre; la soledad del ser humano y su imposibilidad de comunicarse con quienes le rodean; la obsesión que deriva en locura, la tenacidad que aboca al hombre al desastre y la incapacidad humana para sustraerse a sus propias obcecaciones y limitaciones. Un escritor profundamente consciente de los problemas a que se enfrenta el hombre en solitario y de su suprema fragilidad; pero al mismo tiempo, un escritor dolorosamente crítico con lo deleznable que el ser humano puede llegar a ser, sobre todo cuando actúa de manera gregaria. El lenguaje no pude servir al hombre como medio para comunicarse con quienes le rodean precisamente como consecuencia de las distintas esferas intelectuales en que los seres humanos se mueven. Hombres que no conciben el mundo de igual forma, al referirse a su entorno con determinadas palabras, no aluden sin embargo a un mismo concepto ya que cada cual se basa en experiencias y observaciones radicalmente distintas.Ese aislamiento a que el lenguaje conduce no hace entonces si no aumentar la soledad del hombre. Esa soledad profunda y desesperada que rezuma la obra de Bernhard. Extinción", para muchos la obra cumbre de Thomas Bernhard, vendría a ser una especie de Biblia para los autoexiliados -no confundir con emigrados-, todos aquellos seres que por distintas razones se sintieron desubicados, no llegaron a adaptarse a su lugar de origen y del que por iniciativa propia decidieron alejarse tan pronto gozaron de la oportunidad de valerse por sí mismos. Las razones que pueden conducir a alguien al autoexilio son numerosas y variadas pero todas ellas convergen en una profunda sensación de infelicidad por parte del afectado quien, en muchos casos, tarda en percatarse de que su insatisfacción es producto del entorno en que le ha tocado vivir. Aún así, la distancia física, el poner tierra o mar de por medio, apenas constituye un alivio; si bien necesario para su supervivencia nunca es la solución al problema. El autoexiliado hará bien en no bajar la guardia por muy distante que se le antoje su antiguo escenario, la fuente de su desdicha. Éste se las ingeniará siempre para dar con el modo de reclamar a su presa sin importarle el tiempo transcurrido ni la distancia física. En el caso de la novela de Bernhard todo se precipita a raíz de la muerte de sus padres y de su hermano en un accidente de coche, lo que le obliga no sólo a regresar a la casa paterna sino también a hacerse cargo de aquella propiedad que él tanto detestó. Por algún extraño motivo son los intelectuales austriacos quienes, al modo de los grandes escaladores, parecen haber llevado el género del autoexilio a sus más altas cotas, partiendo siempre de la base del odio hacia las propias raíces, pero también en España contamos con ejemplos muy significativos de este tipo de literatura. El castigo del autoexiliado es que a menudo se ve marcado desde su misma infancia y, por mucho que le pese, su vida queda irremediablemente determinada por su lugar de origen aún en mayor medida que aquellos otros que optaron por quedarse y, orgullosos, hicieron de su permanencia su más preciada bandera. El arte de la exageración como vía de superación de lo grotesco, que es lo que está en el fondo de su escritura. Extinción es el testamento y la summa literaria de uno de los más grandes escritores europeos contemporáneos, quizá el que mejor representa la soledad que emana del humor siniestro y del individualismo radical como única respuesta a la ausencia de Dios. Su escritura, llena de recursos musicales, es una escritura contra el origen, verdadera obsesión que él personifica en el país natal, convertida en un intento de sustitución por la muerte. Con todo ello, Bernhad construye la última gran manifestación literaria del hombre agonista europeo al final del siglo..." Es extracto y compendio de otras reseñas: http://www.jmguelbenzu.com/index.php?s=criticas_detalle&id=2http://es.wikipedia.org/wiki/Thomas_Bernhard http://www.solodelibros.es/20/08/2007/trastorno-thomas-bernhard/ http://www.contranatura.org/articulos/Cultur/Alemany-Bernhard.htm http://www.espacioluke.com/2006/Septiembre2006/pando.html http://www.ddooss.org/articulos/entrevistas/Thomas_Bernhard.htm

miércoles, 3 de junio de 2009

Rainer Maria Rilke: Elegías de Duino

"...El año 1922 dio a luz cuatro obras determinantes de la literatura moderna: Charmes, de Paul Valéry; La tierra baldía, de T. S. Eliot; Ulises, de James Joyce, y Elegías de Duino (junto con los Sonetos a Orfeo), de Rainer Maria Rilke. Este exquisito libro de recuerdos, que rezuma sensibilidad, inteligencia y elegancia por todas partes, sin afectación ni sensiblería, aunque al borde de ambas, es la memoria del camino a esa cumbre lírica de la poesía del siglo XX .
Rainer Maria Rilke (Praga, 1875 -, Suiza, 1926) es considerado uno de los poetas más importantes en lengua alemana y de la literatura universal. Sus obras fundamentales son las Elegías de Duino y Los sonetos a Orfeo. En prosa destacan las Cartas a un joven poeta y Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. Las "Elegías de Duino" son un conjunto de poemas que se componen de diez elegías, y que llevan el nombre del lugar, un castillo, donde el genial poeta ideó la obra. Aunque los temas que aborda en cada una de ellas son diversos, siempre está presente la figura simbólica del ángel, como un ser superior e inapelable que se contrapone a la dolorosa y limitada vida humana. El sentido de la vida, el amor, el paso del tiempo, la belleza, el deseo, la muerte son algunos de los contenidos a los que da forma Rilke a través de un deslumbrante lirismo. Rainer Maria Rilke dedicó sus famosas Elegías de Duino a la dama que lo alojó en su mansión durante la composición de los poemas. Los recuerdos de la anfitriona conservan la memoria de un genio del siglo XX. Entre las muchas familias que acogieron al poeta en sus mansiones o que le facilitaron la estancia en espléndidos lugares con el simple propósito de que gozara de tranquilidad para escribir, saltan apellidos como Dobrzensky, Burckhardt y Reinhart, pero quienes se llevan las palmas son los Thurn und Taxis tan sólo por haberle mostrado a Rilke una pequeña y oscura fortificación triestina de su propiedad en la cuenca del Adriático conocida como el Castillo de Duino. Gracias a la princesa Thurn und Taxis allí pasaría Rilke largas temporadas de retiro en 1910, 1911 y 1912, y allí escribiría, entre otros poemas como los que dieron forma a La vida de María (1913), la primera redacción de las famosas elegías tras haber escuchado —según refiere el propio poeta— en uno de sus paseos por el borde del acantilado una voz proveniente del bosque que clamaba: "Quién, si yo gritara, me escucharía entre las legiones de ángeles." "En las Elegías, la afirmación de la vida y de la muerte se revelan como una sola cosa... Nosotros, seres de aquí y de hoy, ni por un instante nos sentimos satisfechos del mundo temporal", dice Rilke; el hombre sospecha, vislumbra, imagina orígenes y futuros; ese mundo imaginario lo acompaña tanto o más que el real, como lo demuestra la historia de las religiones. "Nosotros somos las abejas de lo invisible".Los humanos vivos no vemos estos ángeles (nos cegarían), los sospechamos -como los creyentes sospechan a sus dioses y santos-: "Este mundo, ya no considerado desde el punto de vista humano, escribió en 1915, sino como es dentro del ángel, constituye quizás mi verdadera labor, en la que, de cualquier manera, todos mis intentos anteriores convergen". El ángel rilkeano es un superhombre, cuya contemplación permite, por una parte, una desolada perspectiva crítica frente a las limitaciones y deficiencias del mundo real, de la naturaleza humana y de la sociedad; y por la otra, el vislumbre o la ensoñación de formas de existencia y trascendencia humana (no precisamente religiosas, en el sentido tradicional del término) de mayor plenitud y significado. Descontento con las soluciones cristianas a los problemas del más allá, de la trascendencia, de la muerte, de la carne y de la vida, Rilke intenta una poesía profética, para intuir nuevas soluciones propias: "El ángel de las Elegías es aquella esencia que se ofrece como fiadora para reconocer en lo invisible una categoría más elevada de realidad. De ahí que sea 'terrible' para nosotros, porque somos sus amantes y sus transformadores, estamos sin embargo adheridos a lo visible". En el mundo real, la eternidad puede vislumbrarse a través de la intensidad del instante: un instante profundizado radicalmente posee una eternidad inversa, pero al fin y al cabo eternidad; una cosa o un ser perecedero, alcanza asimismo esa eternidad, al dotarse de una significación interna intensísima, al vivirse como eterno, escapando a la mera duración (concepto de Bergson), o al mero tránsito o secuencia de unidades temporales: al dotarse internamente de su propio absoluto. Así se escapa al absurdo y al vacío de la existencia sin los fundamentos trascendentes de la religión. Puede desde luego leerse a Rilke sin asumir su misticismo, ni sus acarreos nietzscheanos y prefiguraciones heideggerianas, como obra soberanamente imaginativa, lírica; Rilke fue en vida el paladín de la poesía pura. También puede leerse a Rilke como el superior momento de la angustia occidental ante la desacralización o secularización del mundo: el alto momento de la orfandad del hombre nietzscheano que se descubre como un hombre sin Dios, sin eternidad, sin trascendencia, sin sacralidad -y no se resigna; en consecuencia, se inventa -a partir de los falibles, perecederos materiales humanos- sus ángeles, su eternidad, su universo sagrado, su trascendencia propias. De hecho, buena parte del enorme éxito de Rilke en los años treinta y cuarenta, se debió no sólo a su valor estrictamente poético, sino a que ofrecía una respuesta semi-religiosa no cristiana a la cultura europea, que había devenido muy crítica del cristianismo, pero que no sabía ni podía vivir una existencia sin densidad ni soluciones religiosas. Después del existencialismo con ángeles, con mundo de lo invisible, con poesía sagrada, de Rilke, vendría el existencialismo sin Dios, sin trascendencia metafísica alguna, sin sacralidad poética, de Sartre.Pero sobre todo pueden leerse las Elegías de Duino como una intensa experiencia terrenal de los problemas y apetencias humanas de siempre; a pesar de su hermetismo ocasional -momentos en que el lenguaje filosófico, de Gedankenlyrik, imbrica la lectura-, las Elegías ofrecen agudas y encendidas visiones de esa experiencia..." Es extracto y compendio de otras reseñas: http://www.poesiaspoemas.com/rainer-maria-rilke http://www.letraslibres.com/index.php?art=10152 http://www.literatura.us/idiomas/rmr_duino.html http://es.wikipedia.org/wiki/Rainer_María_Rilke http://desdeisrael.com/Libros/rilke/RILKE%20-%20Elegias%20de%20Duino.doc http://www.radio.cz/es/articulo/96160 http://www.elpais.com/articulo/semana/Dios/vivia/castillo/elpeputec/20040522elpbabese_7/Tes

martes, 2 de junio de 2009

Camilo José Cela Trulock: La colmena.

"... Camilo José Cela Trulock (1916-2002) fue un profundo renovador de la novela realista española de la posguerra. Su estilo inicial, conocido con el término taurino de tremendismo, queda patente en su primera novela, La familia de Pascual Duarte (1942). Debido a problemas con la censura, La colmena (1951), una de sus novelas más celebradas, en la que presenta la vida miserable de unos seres en el Madrid de los años inmediatamente posteriores a la Guerra Civil española, tuvo que publicarse en Buenos Aires. La crítica ha señalado que supuso la incorporación española a la novelística moderna. En 1989 le fue concedido el premio nobel de literatura. La Colmena es una obra peculiar en el panorama literario español, sobre todo por la forma desgarrante y vital con la que trasmite la vida de aquel Madrid de la postguerra “sin paños calientes de conformismo” y “sin disfrazar la vida como la máscara loca de la literatura”. "La Colmena" no es una novela, sino un libro de historia en palabras de su propio autor; pero de una historia desde un enfoque microsocial y aquí estriba la originalidad de este texto y la contribución que puede hacer su literatura a la historia. La de narrar lo cotidiano, lo que la gente que está inmersa en un proceso histórico hace y vive: sus alegrías y sus tristezas, sus amores y desamores, sus desaires, sus aspiraciones etc.. El libro relata, aunque sea latentemente, las miserias iniciales del régimen a través de la miseria manifiesta de un pueblo: del lema ni “un hogar sin lumbre, ni un español sin pan” a la cruda realidad del estraperlo y del hambre que alcanza tanto a Doña Rosa (la dueña del café, que consigue parte de sus géneros en el mercado ilegal), como a la señorita Elvirita que no tiene ni para cenar y que se justifica argumentando que es más sano dormir con el estómago vacío. De la dura y rígida ideología del Nacional-catolicismo, a la dura realidad de un Madrid prostituido por hambre, que toma vida en el burdel de Doña Jesusa, o en carnes de personajes como Purita, o Victorita, que piensa en prostituirse para conseguir las medicinas que necesita su novio; o aparentemente en Nati, cuyo dudoso ascenso social no es explicado con claridad. De la Charanga de los militares a la decepción de los intelectuales o seres pensantes como Martín Marco, que se ven condenados a casi la indigencia. Y por último, de la esperanza inicial, a la esperanza retardada de Filo y Roberto, que creen en un futuro arreglo de la situación, porque peor desde luego no podía ser. En conclusión, la novela de Cela nos lleva de la historia de los libros de texto, basada en grandes explicaciones, personajes y hechos; a la historia de la mayoría vista desde su perspectiva y con cotidianidad. Decía Torrente Ballester que La colmena «estaba construida en tumulto y progreso de rotación» y efectivamente, los personajes y las escenas se suceden, se alternan en una transición fluida marcada por los contrastes, el equilibrio entre la fragmentación y la continuidad se configura con una variedad de situaciones y personalidades realmente esclarecedoras. A través del contrapunto y la técnica conductista, Cela propone en La colmena un modelo de novela con espacio y tiempo reducido y protagonista colectivo que tendrá repercusión y continuidad en las novelas del realismo social que a partir de entonces se irá desarrollando. Estructurar y cuadrar el enjambre supuso a Cela cinco años laborales y tan conflictiva le llegó a resultar la faena que echó el manuscrito al fuego en un acto que lo podría identificar con alguno de sus personajes, pero como ellos, el texto se salvó de esas y otras llamas de la única manera que Cela comprendía: «El que resiste gana». Esa era la receta que a menudo repetía posiblemente aprendida de los personajes de su colmena, que soñaban el deseo de un joven escritor de provincias gracias al cual ganaron su batalla más importante: sobrevivir a la posteridad..."

Luis Martín Santos: Tiempo de silencio

"... Tiempo de silencio es una novela del psiquiatra y escritor español Luis Martín Santos.Aunque la terminó a finales de 1960, la novela sólo pudo ver la luz en 1962 con veinte páginas censuradas. En 1981 se publicó la versión definitiva de esta novela, ya sin censuras. En esta novela el autor se aparta de la novela realista, utilizando tres personas narrativas, el monólogo interior, como ya habían hecho Proust o Joyce, la segunda persona y el estilo indirecto libre. En la sórdida y desalentada peripecia de Tiempo de silencio (1962), una obra que transformó para siempre, elevándolas y abriéndolas al mundo, las aspiraciones de la novela española, se pueden admirar tanto el contenido intelectual como la técnica narrativa y estilo, inspirados en muy heterogéneos modelos clásicos y contemporáneos. Al igual que en el Ulises de Joyce, la descripción de una ciudad contiene también la visión cultural del país: la acción narrativa sirve de soporte a soliloquios, digresiones y descripciones que presentan un panorama de la historia española desde la Edad Media. Luis Martín-Santos parece beber del mejor Baroja a la hora de describir esos personajes abocados a un destino terrible, inmersos en unos acontecimientos que les demuestran su triste condición de granos de arena en un universo desatento a sus creencias o deseos. La peripecia del protagonista es una consecuencia lógica de esa visión social que nos ofrece el autor. Investigador en un laboratorio, hombre de poca fuerza vital y retraído, Pedro se ve impelido por su buen carácter a ayudar al Muecas, un familiar de su ayudante, pero se encuentra de repente tratando de salvar la vida de Flora, una de sus hijas, a la que se le ha intentado practicar un aborto por medios bastante desagradables y que perece ante las manos inexpertas del investigador. Esto acarreará la detención de Pedro y su ingreso en prisión por unas horas, pero también le supondrá la persecución por parte de Cartucho, el querido de la chica, que le cree causante de la muerte. Por supuesto, esta circunstancia terminará de manera trágica, tanto en un sentido físico como moral.Lo interesante de “Tiempo de silencio” no es su trama, que entronca con otras novelas de corte realista —especialmente, como ya hemos dicho, con Baroja y su trilogía “La lucha por la vida”—, sino la forma de narrar. Martín-Santos se alejó de un estilo propio de la época, sencillo y árido, para armar un libro de resonancias clásicas, con un lenguaje cultivado y complejo, de prolijas descripciones, excursos culteranistas y diálogos empapados de clasicismo. Huelga decir que es una novela difícil en tanto al lenguaje se refiere, si bien la historia que se cuenta es tan sencilla (en su desarrollo narrativo, no en otros planos) como directa.Sin embargo, quizá en la elección por parte del escritor de ese estilo elevado, fuera de lo común para un libro de estas características (al contrario, por ejemplo, de Baroja, que utilizaba un lenguaje mucho más sencillo y campechano), estribe en buena parte el impacto de la obra. Porque Martín-Santos trabaja en dos niveles diferentes: por una parte, usa esa lengua culta y enrevesada como juego, como divertimento, incluso como pequeña distracción para el lector, que ha de mantener una atención constante para no extraviarse en mitad de un pasaje; por otra, ese juego le sirve para ocultar y disfrazar la feroz crítica que se desarrolla en prácticamente cada página de “Tiempo de silencio”. Una crítica de la dictadura que se vivía en el momento de su publicación (1962), pero que iba mucho más allá: una crítica de la naturaleza humana, de la cultura de sus compatriotas, tan mostrenca, tan ramplona; una crítica de una sociedad que se hundía en el fango a través de sus trapicheos políticos, de su falta de ambiciones Con esta única obra, Martín Santos se ganó un puesto de honor entre el Olimpo de los novelistas españoles de posguerra. Camilo José Cela, Miguel Delibes, Carmen Laforet, Jesús Fernández Santos, Ana María Matute, Rafael Sánchez Ferlosio, Juan Benet, Ignacio Aldecoa, Gonzalo Torrente Ballester y Carmen Martín Gaite son los nombres más importantes de la novela española escrita durante el franquismo..."

lunes, 1 de junio de 2009

Charles Baudelaire: Las flores del mal

"...Charles Baudelaire se erige, nos dice Jimarino en su blog Perros de la LLuvia, como el poeta más importante de la literatura francesa y uno de los más destacados de la literatura de todos los tiempos. Poseía un sentido clásico de la forma, obsesionado por la precisión, sus versos guardan una exactitud deslumbrante en el uso del lenguaje y un gran talento musical. Su originalidad, que causaba tanto asombro como malestar, le hace merecedor de un lugar al margen de las escuelas literarias dominantes en su época, lo elevan por encima de su tiempo, hasta alcanzar nuestro días con una sorprendente vigencia. Su poesía es para algunos la síntesis definitiva del romanticismo, el salto necesario que anunciaba el simbolismo, y con ello la poesía moderna. Baudelaire fue un hombre dividido, atraído con idéntica fuerza por lo divino y lo diabólico. Sus poemas hablan del eterno conflicto entre lo espiritual y lo sensual, entre el spleen y la alegría de lo sagrado. Diseñó como nadie había hecho hasta entonces el mapa de una vida oscura, la experiencia interior humana convertida en oraciones donde lo insignificante compartía espacio con los grandes temas poéticos. Emocional y profundo, sórdido y obsesivo, ahondó en el alma humana con una originalidad rara vez superada. A pesar de su tendencia exagerada a buscar lo miserable jamás renunció a la belleza y a la verdad, lleno de su afamada ira provocadora. La mayor parte de su obra poética se editará tras su muerte. Aparecidas inicialmente en 1859, Las flores del mal (Les fleurs du mal) recogen la práctica totalidad de la poesía en verso que escribiera Charles Baudelaire (1821-1867), poeta que revolucionó las bases y los resultados de la poesía moderna. En una primera intención, Baudelaire pensó titular su libro Las lesbianas. Partiendo de una cosmovisión romántica, en la que el artista es el desclasado por antonomasia de la sociedad burguesa (que predica el Bien, su Bien, como basamento del orden del mundo) Baudelaire, desalentado por esa sociedad filistea y obtusa, prefiere el camino del Mal, que no sería a la postre, sino una manera distinta del Bien. Nace así el malditismo, la búsqueda de la autodestrucción, la inmolación sacral del artista como víctima. Su afición, queridamente amoral, al ajenjo, a la lujuria, a un desorden sensual en que terminará viendo, además, un modo de inspiración. A todo ese malditismo —tema de la nueva poesía— hay que añadir una escrupulosa y magnífica perfección formal, un ritmo que ensaya novedades y una manera de adjetivar, ruptural y rotunda, esteticista y simbolista, que potencia y embellece la novedad y el talento de ese nuevo temblor, que hace de Baudelaire, no solamente un poeta de primerísima fila, sino el padre directo o indirecto de toda la moderna poesía occidental. De él nacen Rimbaud y Verlaine, pero también Mallarmé, Apollinaire y hasta T. S. Eliot. Sin Baudelaire la poesía actual no sería la que conocemos. Durante toda su vida Baudelaire siguió aumentando Les fleurs du mal cuya tercera y definitiva edición apareció en diciembre de 1868 —algo más de un año tras la muerte de su autor— con prefacio de Gautier, al que iba dedicada. Poemas como Lesbos, Los gatos, La cabellera o Don Juan en los Infiernos —entre tantísimos— cantan la arrogancia dandi del maldito, su hipersensibilidad, su distiguido amor por lo raro, su espiritual sed de lujuria, su ansia de derrocar tabúes para llegar, al fin y casi imposiblemente —el buen burgués no perdona— a un mundo perfecto, sensual y lujoso, sin clero y sin policía. Este compendio de “flores enfermizas” lo dedicó Baudelaire a su Maestro y Amigo Theófile Gautier. El Prólogo a “Les fleurs du mal” está escrito por el propio Baudelaire y lleva el elocuente y desafiante título: “Al lector”, en el cual se hace una honda requisitoria a las bajezas morales que minan las bases espirituales de la condición humana a través de su fachendoso tránsito por las diversas edades de la historia. Este libro puede leerse perfectamente como un “tratado moral” en el más exacto sentido que los moralistas dieciochescos franceses le asignaban a la expresión. El poeta alza su estro lírico contra la mezquindad, la culpa, la estulticia, el error y demás taras éticas de un mundo, paradójicamente, en plena expansión capitalista. Véase, grosso modo, el ambiente literario y artístico de la Francia de finales del siglo XVIII y todo el siglo XIX. Es aquí, en los pródromos a “Las flores del mal” donde consigna Baudelaire su universalmente conocida frase traducida a todas las lenguas del orbe: “Lector, tú bien conoces al delicado monstruo, -¡Hipócrita lector -mi prójimo-, mi hermano!”. Este titulo es ya por sí mismo un desafío, que señala por completo la intención de su autor: asombrar al público, escandalizarlo incluso, al unir en un solo término dos conceptos al parecer contrapuestos. Por un lado, las flores, que tradicionalmente simbolizan la belleza, a la cual se había considerado, a lo largo de los siglos, como inmaculadas, luminosas, bondadosas, felices; por el otro, el mal, que al asociar Baudelaire a la Flor, logra darle a lo bello otro sentido, otra manera de captarlo: en la belleza hay también oscuridad, sufrimiento. De lo hermoso, entonces, a diferencia de lo que creía la estética platónica, es posible extraer lo malo. Pero para Baudelaire lo malo no viene a ser necesariamente negativo, sino que así puede resaltar todavía más lo hermoso, como cuando describe a mujeres que resplandecen a pesar de que están hundidas en el opio y de que hacen sufrir al poeta. En lo bello, pues, es posible encontrar vicios y pasiones tan legítimos como las virtudes. Baudelaire exalta por igual los perfumes, la música, los colores, que el alcohol, las drogas, la lujuria, la muerte. Los poemas de Baudelaire aparecieron en 1857 (el mismo año que otro libro escandaloso, Madame Bovary, de Flaubert), y de inmediato provocó el rechazo por parte de una sociedad todavía no preparada para admitir esta nueva estética, este "nuevo escalofrío", como definió Victor Hugo a la poesía de Baudelaire. Y después de Baudelaire ya no fue posible volver atrás. De hecho, Las Flores del Mal es un libro moderno, porque la atmósfera decadente de que hace gala es ya una descripción de la modernidad..."
Es extracto y compendio de otras reseñas que se relacionan

El Conquistador: Un relato de Joaquín Herrera del Rey.

Ayer me enteré que falleció Antonio. Muchas mujeres le lloraron. Unos decían que era ordenanza en el ayuntamiento, y otros que poseía un título nobiliario procedente de Extremadura. Al parecer allí tenía unas tierras arrendadas sin valor. Era bajo, muy bajo, quizás no midiera más de 1,49; ojos negros como el betún, pelo abundante,( donde existía), con brillantina artificial tirando a guarro y desordenado, con ondas bien marcadas; tenía una calvicie que dependiendo del día, y de la luz, tenía su origen en un sitio o en otro, cintura de picador, las manos pequeñas y gruesas, cuidadas, aunque se mordía las uñas. En uno de sus dedos, una sortija escandalosa de lo que parecía un escudo nobiliario.. Vestía limpio. Le gustaban las mujeres. Muy conocido en las numerosas whiskerias, con nombres de fantasía, que pululaban entonces por Sevilla. Mantenía buenas relaciones con conocidos puteros entre los que se encontraba algún conocido leguleyo del foro. Me contó que una de las “madamas” en la Audiencia reconoció a un togado, en un juicio en cierta ocasión, y dirigiéndose a él le dijo:”Andresito, si eres tu, que casualidad, échame una mano” Era Demóstenes hablando, una espléndida buena capacidad dialéctica, un tono de voz atrayente suave y sugestiva, para una imaginación desbordante. Conservaba bien su amarillenta dentadura. Cuando no hablaba tenía un aspecto venerable. Si no tartamudeaba, balbuceaba. No se si se le podría calificar hoy de “metrosexua” o ambiguo. Decía ser un políglota asombroso; dominaba todas las lenguas cultas, hablaba también el catalán (aunque eso sí con acento andorrano), el caló, el vasco, el subdialecto del Fuero de Baylio y de otras zonas de Extremadura y otro conjunto de idiomas absolutamente inútiles. Se llamaba Antonio Peinado. Al final, no tenía profesión conocida, según resultó de las actuaciones sumariales, pero tenía y presumía de los conocimientos más originales. También le gustaba hablar de vinos utilizando palabras muy elegantes. (Lo que los sensibles televisivos llaman hoy “Glamour”). Decía que los picapleitos éramos gentes adiestradas desde la mocedad en el arte de demostrar, mediante palabras, que se multiplicaban para este fin, que lo blanco era negro y lo negro blanco, según se nos pagara. Me reiteraba Antonio que normas árabes antiguas de nuestra capital, recomendaban suprimir a los abogadillos, ya que era una pena que el dinero de la gente de la ciudad se gastase en vano. Y que dichas reglas indicaban también que si no fuera posible suprimir nuestra profesión y mantenernos, que seamos los menos posibles y conocidos como personas de buenas costumbres, honradas piadosas y sabias, no entregadas a la bebida ni susceptibles de cohecho ,aunque tales cualidades no se suelen encontrar entre los jurisperitos. Yo creo que Antonio, me tomaba el pelo, pero decía que el tratado árabe nos ponía de zalameros embusteros y disfrazadores de la verdad; desde luego escuchar esto de mi cliente me ha tranquilizado moralmente bastante para mi profesión en estos años viniendo del simpático bellaco. Vivía en un hotelito familiar, tan familiar, que andaba “liao” con su dueña y patrona, digamos doña Encarna, para no identificarla demasiado, aunque su establecimiento se encontraba cerca del nº 50 de la calle Fabiola en el barrio de Santa Cruz. Era viuda, cincuentona y aún de buenas formas en sus carnes aunque a mí en aquellos tiempos cuando la conocí, en el Juzgado, me pareció muy mayor.De plena gratuidad en su alojamiento, contaba con la ropa bien “lavá y bien planchá”, como justa compensación a sus constantes atenciones íntimas .Gratis, cueste lo que cueste ,decía Antonio. La patrona, doña Encarna, tenía una hija Encarnita, de veinte años, un bombón esbelta, muy bella, alegre, no muy alta pero muy bien hecha. La moza, era conocedora de la relación que éste mantenía con su madre, pero se dejó piropear primero y acabó yendo, sin demasiada resistencia, al catre del maduro huésped. Según declararía posteriormente en el sumario, no pudo impedir enamorarse de él. Era un hombre que le hacía reír. Pues, así me decía Antonio, que iba por la vida, Encarna de noche, Encarna de día…. Al tiempo que hacía las delicias de madre, ejercía como amante oficial de una relevante señora de la sociedad sevillana separada de un ingeniero ,y propietario éste de una próspera mortuoria, que a pesar de no vivir con Engracia, digamos que este era el nombre de la antes dicha señora, costeaba, sin restricción sus gastos mensuales. De dichas rentas se beneficiaba en gran parte Antonio, a quien tenía como un rey .Rondaba dicha señora las sesenta primaveras y no le sentaba demasiado mal su nombre, porque como el puente antiguo de hierro estaba en excelente estado de conservación. Como, al parecer, no tenía bastante con estos tres líos, Antonio se estaba tirando a la Bartola, en sentido literal, mujer de la limpieza del hotel en cuestión, morena rubeniana, de extracción social baja, aunque ella decía que procedente de una familia noble de la sierra onubense. Sin importarle demasiado su pedigrí, se beneficiaban mutuamente, ella garantizaba ser soltera y, en agradecimiento a sus múltiples atenciones, ella, entre otros detalles, le traía múltiples productos de la sierra, financiados al ya te veré, que Antonio comercializaba por nuestra ciudad. Así de ocupado estaba ya Antonio cuando irrumpió Regla. La conoció, en una cafetería cerca de la Plaza de la Encarnación (no se si el nombre fue una casualidad más); quiso el destino que la pobre mujer se sentara junto a él en la barra y, como tenía un tono gritón, el elemento, pudo escuchar casi todo cuanto le estaba contando a la amiga que la acompañaba. La conversación no tenía desperdicio para él: Regla pedía consejo acerca del mejor modo de invertir varios millones de pesetas de entonces, que había recibido del reciente fallecimiento de sus padres. Esto fue un autentico reto para Antonio. Un desafío para sus habilidades. Regla era fea, era absolutamente fea o antiestética, más que una venganza, tenía un cuerpo encorvado, mal hecho, sin ningún atractivo, nariz como los anzuelos, de pico de loro, y, por si fuera poco, hacía buena pareja con Antonio en el solo sentido de que era calva. La delicia para un cirujano. Soltera, sesentona vivía actualmente en una residencia de señoras afines a la Iglesia. Resultó, por si algo faltase, rematadamente inocente, tonta e imbécil, una auténtica cretina, pero muy buena persona. Hay que comprender su reacción, cuando aquel caballero de tan buenas maneras, que a su lado estaba tomándose un refresco, le dedicó una sonrisa seductora y fascinante, elogió sus ojos negros (lo único pasable del arrugado rostro) y, con mucha parsimonia y cortesía, se permitió inmiscuirse en la conversación ya que abogado, economista y agente de cambio y bolsa, que dijo ser, podía orientarla hacia la mayor rentabilidad de sus ahorros. Se citaron al siguiente día en otro bar y, dando por aparcado el tema economicista, Antonio le confesó la tristeza de su soledad desde que años atrás una novia muy amada se le había muerto del síndrome de Kawasaki, justo unas semanas antes del fijado para su boda. Sólo en la religión encontraba consuelo. Al ser Regla un alma abandonada, pronto hicieron migas juntos. Contó él que vivía en su misma oficina, sin ninguna comodidad, pues ya se sabe lo mal que se las apaña un hombre solo (hijo único, sus familiares fallecieron hace mucho tiempo) ni siquiera tenía un perrito que le ladrara y las plantas se le morían de tristeza. Nobody know the trouble I see…Nadie-sabe-las penas-que-me afligen (tradujo). Ella también se sinceró: sin más parientes que unas primas, condenada a vivir en soledad. Se repitieron las citas de enamorados, en numerosas ocasiones en la parroquia a la que pertenecía Regla; valoró ella con altísima estima la piedad y el fervor de Antonio, que seguía la misa con comunión diaria y cristiana devoción. A su párroco le encantó Antonio. Cada día más interesada por este caballero, es lógico que recibiese con gozo su petición de noviazgo formal. Más todavía cuando, dando una prueba más de sus rectas intenciones, le manifestó su deseo de transmitir sus nobles sentimientos a sus primas, a quienes, como únicos parientes de su amada, consideraba que correspondía la honrosa facultad de concederle su horrenda mano. Y una mañana colorida de primavera, de esas que solo hay en Sevilla, apareció en casa de las primas de su novia con un gran ramo de rosas blancas, símbolo de virginidad y amor, según comentó, para sellar su relación, y aquellas sanas personas se llevaron un alegrón, ya que consideraban causa perdida y cosa juzgada la contumaz soltería de Regla. Se entendieron bien con “el pretendiente”, tan serio, de tan buena familia, tan educado, tan culto, y escucharon (y se creyeron) que ahora se disponía a iniciar una nueva empresa, nicho de mercado, con múltiples posibilidades. Antonio se crecía en los momentos de inspiración, y realmente lo estaba, ante la nueva empresa que “el caso” Regla planteaba para sus intereses. Pues, Antonio había conseguido una autorización de la Dirección General de Instituciones Penitenciarias (que les mostró) mediante la cual podía utilizar a los reclusos de Sevilla y el Puerto como trabajadores en la fabricación de quincalla. Los salarios serían mínimos, el “marketing” y “Know how” revolucionario propio del último berrido de las escuelas de negocios, se ahorraba la seguridad social y, en consecuencia, los beneficios tenían que resultar tremendos. Días más tarde, mientras visitaban corredores de pisos, porque Antonio no quería retrasar el casamiento, ya que se sentía muy sólo, y las noches eran, realmente, muy duras. Regla recogió con inusitada agilidad una ligera sugerencia de su pretendiente (que así le llamaba ella) y puso a su disposición sus rentas. Más todavía; cuando sus primas lo conocieron suplicaron encarecidamente que les dejara tomar parte de tan suculento negocio. Antonio facilitó documentos que nos les faltaba ni un perejil(proyectos, balances, cuentas de resultados presupuestos planes económicos y comerciales etc). Tomó el dinero, se despidió y corrió. Al mes, Regla empezó a preguntarse y temió que hubiera caído enfermo. Al segundo mes, empezaron a preguntar por los lugares que solía frecuentar y más de uno, les informó había invertido también en tan esperanzadora empresa. Pero tras dos meses, sus primas presentaron denuncia en la Gavidia. La Policía localizó a Antonio en un local garito de la carretera de Extremadura y vistos sus antecedentes penales eran para echarle de comer aparte. Se empezaron a presentar querellas criminales, varios empresarios, inversores, el canónigo, Regla, la prima, la madre de la prima, Encarna, la separada del ingeniero Engracia.También varias empresas proveedoras de la Sierra Norte de Huelva con las que contrataba Bartola. Pero lo más grave no era el desfalco económico, sino la ira de las féminas despechadas y corneadas. Eran mujeres desesperadas, no ya por sus haberes económicos desaparecidos, sino por sus ilusiones y sueños desvanecidos. Encarna no soportaba la relación con Encarnita pero le disculpaba, ante el Juez que instruía el caso, dada las cualidades del adonis. Casi todas decían lo mismo: Me ha hecho tan feliz y a pesar de todo, si me pide perdón, renuncio a exigirle nada. Y doña Engracia, -Es un canalla, vaya si lo es; pero debo reconocer que en la intimidad resulta adorable, y como no tiene un duro ¿para qué continuar reclamándole nada? La necesidad agudiza el ingenio. O sea, que también me aparto de la querella. Y Bartola -Ya me extrañaba a mí que un hombre tan buen mozo, tan buen amante, no tuviese algún defecto ¡Que bonito es el amor mientras dura…(el amor)¡ Mire, señor juez, lo doy por olvidado todo. Y Encarnita: ¡Es tan cariñoso y simpático...! Cuando le llegó el turno de declarar a la pobre Regla, sufrió un ataque de nervios y fue necesario darle un calmante para tranquilizarla. Recuperado el dominio de sí misma, dijo con voz firme: -Nunca pude imaginar que tras su apariencia de noble caballero español de otros tiempos se escondiese esta persona. Aunque, como cristiana que soy, tengo el deber de olvidar.Si se casa conmigo lo perdono... Pasaron algunas semanas desde estas declaraciones en las diligencias previas. El juez instructor pidió que compareciese de nuevo el procesado para que ampliara y aclarara algunos puntos oscuros de sus declaraciones... Sosegado y correctísimo, elegante (¿¡¡?), con voz pausada, con una absoluta tranquilidad, Antonio insistió que constara expresamente su agradecimiento a aquellas mujeres que tan generosamente se habían portado con él, por haber recibido regalos, pero se excusaba en su estado de necesidad absoluto. Firmó la declaración, se retiró la oficial que la había trascrito y nos quedamos en el despacho de Su Señoría los abogados de la acusación particular y el procesado. El juez se levantó, salió de detrás de la mesa y, acercándose a Antonio, le dijo: -Vamos a ver, se trata de una simple curiosidad .Fuera de sumario. ¿Que les ofrece Vd a las mujeres? Cariño, Señoría mucho cariño. Respondió Antonio con sublime humildad. El asunto no acabó demasiado mal. Como siempre el transcurso de los lustros fue quitando importancia al mismo…. Recuerdo una providencia dado que por una casualidad los autos desaparecieron durante algunos años. Más o menos decía lo siguiente: “En Sevilla a veinte y nueve de febrero de 1979.La extiendo yo el Secretario ,de conformidad la acordada en la anterior providencia de fecha 22 de los corrientes en relación con los autos número... seguidos a instancia de Doña Regla y otros contra Don Antonio sobre querella por estafa y otras figuras delictivas compuestos de 1899 folios, para hacer constar que tras la entrega al letrado de la acusación particular con fecha 20 de diciembre de 1978 para la formalización del recurso anunciado, dichos autos no se encuentran en la Secretaría de este Juzgado, significando que en la fecha de 29 de diciembre de 1979 (de presentación del escrito de formalización del recurso), el funcionario encargado de la tramitación de los recursos se encontraba de permiso (debidamente autorizado) por asuntos particulares ( así como otros componentes de la plantilla por las festividades de Navidad y Fin de Año) , reincorporándose el día 5 de enero siguiente y manifestando que en dicha fecha ya no tuvo constancia de la presencia de los autos mencionados en la Secretaría. Preguntado igualmente el personal de la limpieza, por una de sus componentes se manifiesta que por aquellas fechas recuerda que arrojó a la basura una bolsa de plástico conteniendo papeles que durante dos días estuvo depositada en el suelo, de todo lo cual, dada la enorme carga de trabajo de ésta Secretaría, paso a dar cuenta a S. S. Doy fe.” Por último, después de múltiples suspensiones, bastantes pruebas periciales. testigos innumerables del fiscal, acusación particular y defensa…. en la vista una vez más mi maestro estuvo verdaderamente brillante…, el fiscal había dedicado su informe a glosar la aviesa personalidad del procesado que, abusando de sus atractivos personales, de su indudable capacidad de sugestión, de sus malas artes amatorias y de su florida conversación, engañó a las mujeres víctimas, arrastrándolas con sagaces engaños hasta el lecho. Antonio se sentaba con su metro y capirote de estatura, un poco ya estrábico, mal vestido, calvo, con la cara llena de manchas pardas y que parecía le quedaban pocos telediarios. Al concedérsele la palabra a mi maestro, pidió éste, a Antonio, nuestro cliente: -Póngase en pie. -En... en... seguida. –Farfulló al hablar Don Manuel García extendió con energía su mano hacía el bajito y, señalándole con el índice, tan sólo dijo a los señores magistrados: -Este es el hombre. (c) Joaquín Herrera del Rey