jueves, 29 de enero de 2009

Yasunari Kawabata: Mil Grullas.

"... Yasunari Kawabata (1899-1972) fue el primer japonés que ganó el premio Nobel de Literatura en 1968. " Kawabata es uno de esos escritores cuya obra refleja una sensibilidad, una percepción casi paranormal, de las cosas de este mundo en las que no nos solemos fijar- reseña Castro. Una manera de sentir lo cotidiano que perdemos al crecer y que jamás recuperamos. No en vano decía Kawabata que la literatura se ocupa de registrar los encuentros con la belleza, y que son los niños los que más capacitados se encuentran para encontrarla. Así son las novelas de Kawabata, una sucesión de destellos de belleza engarzados con preciosismo. El argumento no importa tanto en ellas como las sensaciones, las imágenes, que son capaces de evocar en el lector. Su literatura es un sumergirse en el mundo de los sentidos, tratados éstos con la más absoluta delicadeza y acierto. Así como un asomarse a esos rincones menos ventilados del alma humana, donde se esconde precisamente su esencia, por su maestría narrativa, que expresa con gran sensibilidad el espíritu japonés". En “Mil grullas” continua Castro "la acción discurre en torno a la ceremonia del té, alrededor de la cual giran los acontecimientos, mientras Kawabata narra el encuentro del joven Kikuji con dos mujeres que fueran amantes de su padre, gran aficionado a esta ceremonia. El sentimiento de incomprensión ante la relación que unió a su padre con estas mujeres, reflejo de la que sentimos todos cuando tratamos de imaginarnos a nuestros padres como seres sensuales, deja paso a una relación erótica del joven con una de ellas, la señora Ota. A través de su relación con ella, Kikuji recupera en cierto modo a su padre, al tiempo que descubre un nuevo tipo de paz espiritual procurada por la sexualidad. Pero Chikako, la otra amante de su padre, enturbiará la relación. Chikako fue pronto abandonada por el padre de Kikuji, tal vez por poseer una enorme mancha de nacimiento que cubre uno de sus pechos. A pesar de los años transcurridos, se percibe que Chikako no asumió el ser relegada y sustituida por otra mujer. Ahora actúa como casamentera para el joven protagonista, pero sus labores también se ven desdeñadas cuando éste comienza una relación con la antigua amante de su padre. Cuando la señora Ota, asediada por la culpa, se quita la vida, Kikuji entablará una relación con la hija de ésta, a través de la cual cree sentir a la madre. Pero la terrible Chikako actuará de nuevo.Pero por encima de esta historia se lee un canto a los objetos cotidianos, que sin querer impregnamos de nuestra esencia, y la cual permanece aun si nosotros los abandonamos. A través de los utensilios para la ceremonia del té, Kikuji percibe a su padre, a la señora Ota o a la joven celosa desfigurada por una terrible mancha en su seno. Un pañuelo con un dibujo de grullas en vuelo es el único recuerdo que el joven alberga en su alma de la hermosa joven que Chikako le propone como esposa. En el tazón de té que la señora Ota utilizaba a diario, el protagonista adivina la mancha de carmín dejada por sus labios.En definitiva, un melancólico canto a la vida y a las indelebles huellas que dejamos a nuestro paso por este mundo, como guiños hechos a los vivos, cuando éstos tienen el alma preparada para recibirlos." Amalia Sato nos cuenta que " La práctica novelística de Kawabata no coincide con sus teorizaciones sobre la estructura en tres pasos. Sus novelas podrían terminar en cualquier punto y se diría que nunca hay un final. Se percibe un crecimiento sin un plan preconcebido, influido por la técnica del fluir de la conciencia que admiraba en la narrativa de Joyce y Proust, y la tradición japonesa de una continuidad por adición, como en el Genji o El libro de la almohada. No hacía caso del concepto de argumento, una superstición heredada de la aplicación de conceptos dramáticos, que no aplicaba a sus novelas, que se iban conformando, como las redacciones infantiles, con oraciones impredecibles, libres, iluminadas. Kawabata, que dejó muchísimos escritos inconclusos, también solía practicar otro curioso ejercicio: reducía los textos extensos a lo que llamaba "relatos del tamaño de la palma de una mano", operación en la que lo consideraban maestro.Al recibir en 1968 el Premio Nobel, para el que mucho colaboraron las espléndidas traducciones al inglés de Edward Seidensticker, Kawabata invocó el bello Japón, el Japón estético que desde el siglo xix intriga a Occidente. Un Japón tradicional, "que se ha ido", pero que él encontraba en espacios naturales alejados de lo urbano o en los lugares donde se cumplían los viejos ritos: "el otro mundo" ajeno a la cotidianeidad, donde hay una regresión a lo maternal al dejarse dominar el hombre por el sentimiento de amae (tomar provecho de la benignidad de otro, mostrarse como un niño con sentido). Aquí, la casita del jardín, donde se practica la ceremonia del té, espacio preservado donde los tazones se cargan de una emotividad que desafía el tiempo y en el cual el rito convoca a un eros que se vierte en cada gesto, contaminando a sucesivas generaciones de amantes. Pero la experiencia espiritual y estética se convierte, en manos de Chikako, en un ejercicio de la perversión, en un momento de gran tensión, en una exhibición de poder, como en el siglo xvii lo hacía Toyotomi Hideyoshi, el jefe militar, al desplegar los objetos ceremoniales de sus predecesores.Como esas "islas en un mar distante" que le atraían, trabaja Kawabata su estilo elusivo tan influido por su clásico favorito, el Romance de Genji. Para percibirlo en bruma, refiere Sato, hay que sostener la ilusión de una lengua donde hay un modo para los hombres y otro para las mujeres, con una entonación, desinencias verbales y vocabularios diversos, donde los adjetivos declinan con indicaciones temporales, donde hay infinidad de recursos para expresar la duda, la suposición, lo incompleto". "

miércoles, 28 de enero de 2009

Marta Navarro: Ocho islas y un invierno.

“A lo lejos el taxidermista de emociones
Nos espera con su afilada lengua,
Con su ceniza europea,
Con su piel de frontera insomne”
(Marta Navarro)
El editor Francisco Aranguren ha publicado el poemario de Marta Navarro Ocho Islas y un invierno en la editorial El Desembarco. El libro fue presentado ya en Zaragoza, y ahora se dispone su presentación en Sevilla el día cinco de febrero a las 20 horas en la Carbonería. La escritora Luisa Miñana en la presentación del poemario señaló. " su cercanía a la tradición simbolista, tanto literaria como pictórica. Por ejemplo en el uso puro de los colores, a manchas: el azul, la menta verde. En el uso de esos colores como metáfora simbólica. Metáfora que se construye a base de sinestesias, propias del lenguaje simbolista: “la paz que se viste de menta”, leemos, por ejemplo. Esta cercanía a la tradición simbolista no es sólo formal. La poesía simbolista busca vestir a la idea de una forma sensible, posee intenciones metafísicas, además intenta utilizar el lenguaje literario como instrumento cognoscitivo, por lo cual se encuentra impregnada de misterio y misticismo. Y en estos dos últimos conceptos creo- dice Miñana- que se encuentra el punto de conexión de la poética de Marta Navarro con la tradición simbolista. Y entiéndase esta actitud y comprensión mística de la realidad no como un “siroco lírico”, no. Entiéndase como una mirada y una voluntad decididamente solidaria con toda manifestación de vida." En cuanto al titulo del poemario Ocho Islas y un invierno Miñana reseñó como: " en la costa nordeste de Sicilia el archipiélago de las Eolias lo forman siete pequeñas islas. Siete, que con Sicilia son ocho islas. Ese archipiélago, que no anda lejos de Taormina, la ciudad que Marta ama en Sicilia más que ninguna, tiene forma de “y”, que es el símbolo de la constelación de Orión, que es la constelación del invierno boreal por antonomasia". En el prólogo a “Ocho islas y un invierno Miñana habla de transparencia como: " carácter que se adecua bien al tono poético de Marta Navarro en este libro y en general en su poesía. Y creo que al escribir “transparencia” quería decir nitidez en la emoción. No es lirismo. Es un convencimiento ético-emocional, por el que ningún pensamiento, ninguna actitud, ningún sentimiento existen o se representan aislados. La mirada de la poeta penetra a través de todo ello, en un impulso de continuidad: todo en el mundo participa de un mismo aliento, que debiera ser el del equilibrio, el de la justicia, el de la amistad: es aquello que decía al principio de “ver a través de las palabras”, como propugnaban los simbolistas hace ya tanto tiempo, aunque a mi sus postulados me parecen muy de actualidad. Alguna vez a Marta, en el mundo de los blogs, la han llamado la creadora de atmósferas, y yo estoy de acuerdo. Marta Navarro emplea la palabra como materia plástica". " La poeta de “Ocho islas y un invierno” prefiere las “palabras mudas”, “la clarividencia de las horas invisibles”, las dunas, las caderas del amor, las tardes rojizas de la complicidad. Y también desea una isla con un puerto custodiado por derviches donde refugiarse, como aparece en ese hermoso poema de igual hermoso título: “Pestañas azules”. Para Jose Antonio Labordeta Ocho islas y un invierno es un libro maduro, de poesía perfectamente engarzada y en los movimientos de los versos hay una estructura formal como de homenaje al mar o a la montaña porque los poemas se unen en pequeños formatos para dar paso a los excelentes poemas de buen número de versos, que parecen engancharse a la primera parte del libro. Los pequeños formatos, que son de un hallazgo poético emocionante, comienzan con esos dos versos que dicen: “Porque cada día eres menos tú/ y más tu ausencia”, y terminan con Heridas para dar paso a la parte más ambiciosa de la poética de Marta que encierra textos como Taormina y Los días y la nieve, para terminar con el excelente poema que da título al libro: “Ocho islas para anidar/ en las dunas de tu cuerpo/ y un invierno para volar/ a un espacio paralelo y sin escamas”. "Y ese es uno de los aspectos que más me han gustado de tu libro, dice Labordeta : el encuentro con el amor y el paisaje como salida hacia un horizonte menos amargo como a veces sucede, o nos ha sucedido, en los primeros versos escritos con edades jóvenes." "Acabar la lectura de tu libro produce muchas felicidades y entre ellas, las más importantes son el encuentro con una excelente poeta, que habla de amor y de esperanza, que retrata, cuando tiene que retratar, paisajes emocionantes como el poema dedicado a Taormina o, en pequeñísimo formato, define el agua con estos versos: “La mirada del agua/ esconde ríos/ con cicatrices”.

martes, 27 de enero de 2009

Wilhem Jensen: Gradiva una fantasía pompeyana (el psicoanálisis en la literatura)

" ...En el trabajo titulado El delirio y los sueños en la 'Gradiva' de Jensen (1907) Freud hace un hermoso psicoanálisis aplicado a la novela Gradiva una fantasía pompeyana publicada cuatro años antes por el escritor aleman Wilhem Jensen (1837-1911). La novela nos presenta a un joven arqueólogo, que se enamora de un bajo relieve que representa a una joven griega de andar peculiar. El bajo relieve que provocó el amor del protagonista de esta novela puede verse en el Museo del Vaticano, donde Freud lo descubrió en una de sus visitas a Roma. El mismo Freud colocó una réplica de la 'Gradiva' en su propio consultorio. Durante el estudio de la novela, Freud hace un paralelismo entre el sepultamiento del bajo relieve luego de la catástrofe de Pompeya y la represión del protagonista de sus propios recuerdos infantiles, que lo llevan a desarrollar un delirio, que es estudiado desde sus orígenes hasta su desarrollo y disolución. El texto de Freud se tradujo al francés en 1931 e inmediatamente atrajo el interés de los surrealistas; de Breton, Ernst o André Masson. Pero fue Dalí quien se apropió más personalmente del mito, haciendo de Gradiva uno de los avatares de su eterno femenino, identificado con Gala. Igual que la muchacha de la novela había “despertado” a Norbert realizando sus sueños, Gala encarnaba las fantasías eróticas de Dalí. Cuando los surrealistas abrieron su propia galería en 1937 (rue de Seine), dirigida por Breton, la llamaron "Gradiva" y las siluetas de las figuras femenina y masculina sobre las puertas de cristal fueron diseñadas por Marcel Duchamp. El cartel que anunciaba su apertura decía: "Gradiva. Este nombre, tomado de la maravillosa obra de Jensen, significa sobre todo "La que avanza" ¿Quién puede ser "la que avanza" sino la belleza del mañana (...)". El "avance" de Gradiva era una metáfora del arte "avanzado", pero tambien de la noción que tenían los surrealistas de la mujer como musa del artista. Esta joven, que avanza con ese paso peculiar dejando el pie posterior en posición casi vertical, es la primera inspiración de Jensen para su novela. Y le da el nombre de Gradiva. Este nombre sería una especie de neologismo latino que, según Jensen querría decir algo así como “la que hermosamente avanza”. El nombre vendría del verbo latino gradior (avanzar) y del sustantivo gradus , que quiere decir avance o paso adelante y del que deriva la palabra “progreso”. Es el femenino de gradivus, uno de los nombres de Marte, el dios de la guerra, que también se ha traducido como “del andar resplandeciente” tal vez por el brillo del escudo. El protagonista de la novela es un joven arquéologo, Norbert Hanold que en su desvarío piensa que Gradiva es una pompeyana de familia noble y que ha muerto en la erupción del Vesubio. Y con esa obsesión viaja a Pompeya para visitar la ciudad. El sueño y la realidad se cruzan cuando Norbert cree encontrarse con Gradiva andando entre las ruinas de Pompeya. La supuesta alucinación es en realidad Zoe una antigua compañera de juego de infancia que se encarga de deshacer la ilusión. El trabajo de Freud en su texto consiste en el análisis de los tres sueños de Norbert explicando la forma en que Zoe Bertgang, vuelve a recuperar a Norbert para la realidad y descodifica el delirio. La transformación que se opera en Hanold es el resurgimiento de su erotismo reprimido. " Esta recensión es compedio y extracto de otras reseñas que se relacionan en los vínculos que siguen: http://lagradiva.blogspot.com/2006/06/la-gradiva-y-freud.html http://mercedesgarciabravo.blogspot.com/2007/06/gradiva-la-que-avanza.html http://xoroi.com/gradivagraziella.rtf http://en.wikipedia.org/wiki/Gradiva

viernes, 23 de enero de 2009

Truman Capote: A sangre fría. (la novela testimonio)

"... A sangre fría (In cold blood), publicada por vez primera en 1966, es la novela que lanzaría a la fama al escritor y periodista norteamericano Truman Capote (1924-1984) . El 15 de noviembre de 1959, en un pueblecito de Kansas, los cuatro miembros de la familia Clutter fueron salvajemente asesinados en su casa. Los crímenes eran, aparentemente, inmotivados, y no se encontraron claves que permitieran identificar a los asesinos. Cinco años después, Dick Hickcock y Perry Smith fueron ahorcados como culpables de las muertes. A partir de estos hechos, y tras realizar largas y minuciosas investigaciones con los protagonistas reales de la historia, Truman Capote dio un vuelco a su carrera de narrador y escribió "A sangre fría", la novela que le consagró definitivamente como uno de los grandes de la literatura norteamericana del siglo XX. Capote sigue paso a paso la vida del pequeño pueblecito, esboza retratos de los que serían víctimas de una muerte tan espantosa como insospechada, acompaña a la policía en las pesquisas que condujeron al descubrimiento y detención de Hickcock y Smith y, sobre todo, se concentra en los dos criminales psicópatas hasta construir dos personajes perfectamente perfilados, a los que el lector llegará a conocer íntimamente. "A sangre fría", que fue bautizada, pionera y provocativamente, por Capote como una «non fiction novel», es un libro estremecedor que, desde la fecha misma de su publicación, se convirtió en un clásico Narrada en tercera persona omnisciente, A sangre fría ha sido resaltada por su increíble realismo y la conjunción de una narrativa tradicional con un reporte periodístico. Capote definió al libro como perteneciente a un nuevo género, "Nonfiction Novel" o "Novela testimonio". Mucho se ha discutido sobre el acierto de esta calificación. En 1957, nueve años antes, el escritor argentino Rodolfo Walsh había publicado "Operación Masacre" donde ya se utiliza el método de ficcionar hechos reales periodísticos, aplicado a un hecho de crimen de Estado. De todos modos, se considera que A sangre fría supuso una revolución en el mundo del periodismo al motivar la aparición de la corriente conocida como nuevo periodismo. Capote buscaba en el periodismo una opción válida como forma literaria, que tuviera la credibilidad de los hechos, la inmediatez del cine, la hondura y libertad de la prosa y la precisión de la poesía. La nueva traducción al castellano de Jesús Zulaika transmite con extraordinario cuidado el estilo modélico, entre lo notarial y lo elegiaco, del libro original. Para Alba Rodríguez Santos, Truman Capote ofrece un análisis muy completo de los personajes, de sus emociones, de sus ambientes habituales, de sus actitudes y actividades cotidianas. Acerca al lector a cada uno de los protagonistas, y lo hace siguiendo la estructura lógica y el orden con el que sucedieron los hechos para darle, si cabe, mayor realismo. Tan sólo se permite añadir ciertos párrafos retrospectivos para desvelar detalles sobre el pasado de los personajes (especialmente de ambos asesinos para lograr definir sus personalidades y añadir posibles explicaciones a sus comportamientos).A Sangre Fría está escrita en un estilo directo, claro, detallado y cargado de adjetivos que lejos de sobrecargar el texto consiguen que el lector proyecte cada una de las escenas en su mente. Se trata de un texto fiel al periodismo de investigación mejor logrado. Mezclando narración, reportaje y entrevista Truman Capote logra con esta obra un innovador género literario: la novela real. Quizás sólo una personalidad como la de Capote es capaz de hacer de un crimen el centro de su vida durante seis años consecutivos sin perder la cordura por completo. Es posible que haga falta un valor especial para conseguir entrar en la cárcel, verse frente a frente con los asesinos y ganarse su amistad y su confianza (y conseguir después contarlo de tal manera que el lector comprenda los sentimientos del asesino). Es que el escritor, nacido en Nueva Orleans en 1924, se definió a sí mismo como un ser especial hasta el momento de su muerte en 1984, llegando a hacer famosa la afirmación que dice: “Soy alcohólico, Soy drogadicto, Soy homosexual, Soy un genio”. Pese a su carácter egocéntrico y su fascinación por el arte de las palabras, Truman desarrolló un estilo que él mismo definió como “de ver y oír” y fomentó los primeros andares de lo que se llamó “literatura realista”. "

jueves, 22 de enero de 2009

Antón Chéjov: La dama del perrito.(el minimalismo en la narrativa)

" Decían que por el paseo marítimo había aparecido una cara nueva: una dama con un perrito. Dmitri Dmítrievich Gúrov, que llevaba en Yalta dos semanas y ya se había hecho al lugar, también empezó a interesarse por las caras nuevas. Sentado en la terraza del Pabellón Verne, vio avanzar por el paseo a una señora joven, una rubia de mediana estatura, con boina; tras ella corría un ‘lulú’ blanco. Más tarde se la encontró varias veces en el parque de la ciudad y en la glorieta. Paseaba sola, siempre con la misma boina y el ‘lulú’ blanco. Nadie sabía quién era y la llamaban simplemente ‘la dama del perrito’” "... Con estas palabras se presenta la historia, lo que hace a Richard Ford calificar el comienzo de este cuento como “breve, complejo, y sin embargo directo”. Todo un ejemplo de economía narrativa, ya que es difícil decir más sobre un personaje de forma tan sutil y con tan pocas palabras. Hay quien ha definido a Chéjov como “el maestro del cuento que no tiene trama argumental”. Sin ir tan lejos, lo que podemos afirmar es que Chéjov narraba historias que podrían parecer corrientes o insulsas, pero lo hace con tal maestría que consigue que nos maravillemos con su forma de describir situaciones y sensaciones cotidianas. Médico de profesión, Antón Chéjov (1860-1904) dedicó su corta vida a la escritura, siendo uno de los maestros del cuento y también un notable autor teatral, tal como lo demuestran piezas como La gaviota, El Tío Vania, Las tres hermanas y El jardín de los cerezos. El cuento moderno habría seguido otro curso si a fines del siglo XIX no lo hubiera cultivado, con una intuición certera para aprehender el detalle fugitivo y la situación en apariencia banal, el doctor en medicina Antón Chéjov, cuyo ojo clínico no era incapaz de mirar con indulgencia las flaquezas humanas. Los críticos radicales rusos le reprocharon con frecuencia al autor no haber optado por la denuncia frontal contra las injusticias de la vida bajo el zarismo. "La dama del perrito", imprescindible en la antología más estricta de Chéjov, ciertamente no les dio motivos para cambiar de opinión, pues el cuento explora, con inquisitiva simpatía, las peripecias de un affaire veraniego que, para sorpresa de sus propios protagonistas, se transforma en una pasión duradera. El relato comienza presentando con cierta curiosidad externa y algo frívola la situación: el narrador informa que, en Yalta, los caballeros de vacaciones no han dejado de notar en el malecón a una dama rubia que pasea en las tardes, con la única compañía de un perro faldero. En ese ambiente, la forma predilecta de comunicación es el chisme, cuyo tono ligero y picante impregna al principio la narración. Pero paulatinamente, a través de la focalización en Gurov, el seductor de la dama veraneante, la historia va cambiando de atmósfera y sentido. En el curso de unas cuantas páginas, divididas en cuatro capítulos brevísimos, se asiste a la transformación profunda de dos personas que deberán reservar para la clandestinidad lo mejor y más genuino de sí mismas. Esa escisión entre lo privado y lo público, esa discrepancia entre el rostro oculto y la máscara impuesta por el orden establecido, es la fisura que define las ficciones de Chéjov: "Tenía dos vidas --dice el narrador, transmitiendo los pensamientos de Gurov--: una abierta, por todos vista y conocida, llena de verdades convencionales e igualmente convencional, que era como las vidas de sus amigos y relaciones; y otra, que debía llevar en secreto". El predicamento del personaje no pretende tener rango simbólico, pero cifra bien la condición existencial de buena parte de los personajes de Chéjov. La dama del perrito es un buen ejemplo de esta característica chejoviana refiere David LLada. Es una historia que no contiene ningún acontemiento extraordinario; los personajes, no son ni héroes ni villanos, sino personas con una existencia corriente, incluso diríase aburrida. Los principales elementos argumentales de esta historia de amor podrían ser el sexo, el adulterio, o el desenlace de la historia… y lejos de explotar su dramatismo, lo que hace Chéjov es pasar muy de puntillas sobre estos asuntos, entreteniéndose aparentemente en detalles nimios, que sin embargo acaban conformando la mejor descripción posible de los ambientes en que se mueven los personajes, y de los verdaderos sentimientos de éstos. Básicamente, La dama del perrito es , según David LLada, un pequeño ensayo sobre cómo surge el amor entre dos personas, desde el punto de vista un tanto particular que tenía Chéjov de este sentimiento. Para él, el amor nace a partir de una especie de tristeza o de compasión hacia la persona amada. Un sentimiento parecido es el que le inspira Anna Sergéyevna a Dmitri Gúrov, protagonistas del relato que nos ocupa. Por ejemplo, tras su primera conversación con la solitaria dama del perrito, Gúrov piensa en ella al acostarse: “Recordó su fino y débil cuello, los hermosos ojos grises. ‘De todos modos, hay algo en ella que inspira compasión’, pensaba antes de comenzar a dormirse.”. Pese a que Chéjov se suele mostrar más bien escueto en adjetivos cuando realiza una descripción (prefiriendo optar por otros recursos narrativos), en este caso no elude hacernos la observación de que el cuello de Anna es “fino y débil”, acentuando así su imagen de fragilidad. También contribuye a reforzar esta impresión en el lector la anécdota de la pérdida que sufre la protagonista un día que se acerca por el muelle, hecho relatado con extrema sencillez: “La señora extravió los impertinentes entre la muchedumbre”. Este pequeño detalle hace las delicias de Nabokov en sus comentarios sobre la obra: “eso, dicho así, tan de pasada, sin ninguna influencia directa sobre la historia, sin un simple comentario, de algún modo encaja con ese patetismo desvalido del que ya hemos hecho mención”, dice en su Curso de Literatura Rusa. Todo esto forma en conjunto la imagen de una mujer vulnerable, que inspira esa compasión y esa melancolía por las que Chéjov parecía tener predilección. Desde mi perspectiva de escritor, me interesa y complace esta elección por parte de Chejov señala Richard Ford, esta relación en apariencia anodina a la que otorga trascendencia y trata con inteligencia, gracia y compasión. Porque, supervisándolo todo, se halla la utilización quirúrgica que Chejov hace de su perspicaz narrador (“Así sonaba el mar allí abajo, cuando aún no estaba aquí Yalta, y así seguiría, igual de indiferente y sordo, cuando no estuviéramos. En esa inmutabilidad, en la completa indiferencia hacia la vida y la muerte de cada uno de nosotros se esconde, quizá, el secreto de nuestra salvación eterna, del ininterrumpido movimiento de la vida en la tierra”). Con los años, dice el norteamericano, he llegado a tener en gran consideración “La dama del perrito”, y no sólo como el relato gracias a cuyas sutilezas empecé a saber por qué me gustaba Chejov, sino también porque, debido a su ejemplar plenitud, llegué a experimentar la literatura en el sentido que le da F.R. Leavis en su famoso ensayo sobre Lawrence: entendiéndola como el medio supremo a través del cual “sufrimos una renovación de la vida sensual y emocional y adquirimos una nueva conciencia”. El modo en que Chejov presenta esta aventura amorosa en tono menor, protagonizada por personas insignificantes y respetables, contribuyó a dar forma a mi idea de lo que podían implicar las palabras “vida emocional”. "

miércoles, 21 de enero de 2009

Louis-Ferdinand Céline: Viaje al fin de la noche (la autopsia de cien años de infamia y barbarie)

"... Louis-Ferdinand Céline, generalmente abreviado como Céline (Courbevoie, Francia; 27 de mayo 1894 - París; 1 de julio 1961), es uno de los escritores franceses más traducidos y difundidos del siglo XX. Viaje al fin de la noche es su mejor obra publicada en 1932 y está considerada como una de las obras maestras del siglo pasado. La novela contiene la autopsia de cien años de infamia y barbarie; un recorrido visceral por el colonialismo europeo, por los horrores de la Primera Guerra Mundial, por las hambrunas, el dolor y los desastres de la guerra. Una novela descarnada donde no hay héroes, sólo supervivientes y seres humanos condenados a perder, a sufrir, a morir como ratas. No se salva nadie, ningún país, ninguna circunstancia, sin aspirar siquiera a que se le perdone a él a pesar del lirismo de su relato, a ese personaje protagonista que con los ojos y las palabras del narrador establece un descenso absoluto a los infiernos, al verdadero rostro de la humanidad, a ese espejo en el que alguna vez debíeramos asomarnos. Se hace muy difícil hablar de Louis-Ferdinand Céline sin dejarse llevar por la indignación que provocan en cualquier persona de buena voluntad sus filias políticas. Siendo como es el escritor nazi por excelencia, lo más fácil es endilgarle el prurito de "fascista charlatán" o de "antisemita arrogante" con el que le define -entre muchas otras cosas, casi todas más loables- Maurice Bardèche en la solapa del único trabajo sobre el escritor publicado en España (Aguilar Maior, 1990). Sin embargo, para sus admiradores más devotos Céline es también el trapecista de la sintaxis, el artífice de una simbiosis magistral entre la verdad y la forma en que ésta se expresa. El escepticismo generalizado que rezuma la obra maestra de Céline ("una pesadilla de frenético nihilismo que se expresa en un lenguaje agresivamente innovador, como un colérico tartamudeo que arrasa todas las normas convencionales y que reúne sin cesar un argot colérico, osceno y lírico a la vez", según apunta José María Valverde en su 'Historia de la Literatura Universal') también es perceptible en otros idiomas. Así, leer a Céline en español, pese a que el sentido de ciertas frases se pierda en el camino que va de su lengua a la nuestra, constituye una experiencia tan apasionante que muchos de sus admiradores intentan negar que fuera un nazi argumentando el exacerbado escepticismo que inspira sus mejores páginas.
La aparición de Viaje al final de la noche fue una innovación literaria sin igual. El lenguaje oral, grosero y muy jergal, escandalizó a los contemporáneos y fue mucho más lejos que escritores que intentaron, antes de Céline, escribir usando este registro, como Emile Zola. Su prosa, como su forma de abordar los temas, y los temas en sí mismos, es extremadamente violenta, amarga y quebradiza. Su ritmo es salvaje, acelerado —y en él reposa gran parte del mérito literario del autor—. Su lenguaje es vivo, libre de todo tipo de formalidades, para escribir del modo más expresivo posible. Céline muestra una visión del mundo y sus habitantes descarnada y mordaz. Defensor de una visión de la miseria sin adornos que la conviertan en una parodia, mostrar la naturaleza humana sin máscaras es un acto de sinceridad. "En Céline la opción en pro de una escritura agresiva, el gusto por las bromas —más exactamente, ocurrencias— y la provocación se apoyan en este caso en una conciencia permanente en su valor como escritor" De estilo vivísimo, a veces intraducible a causa de su propensión a calcar el lenguaje oral, influyó profundamente en las generaciones posteriores. Autores como Charles Bukowski, Jean-Paul Sartre, Henry Miller, William S. Burroughs, Kurt Vonnegut, Billy Childish, Irvine Welsh y el contemporaneo Alessandro Baricco le reconocen una profunda influencia."

lunes, 19 de enero de 2009

Giuseppe Tomasi de Lampedusa: El Gatopardo. («Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie», )

"... Pocas veces nos encontraremos con un libro tan asociado a su autor como éste, o viceversa. Giuseppe Tomasi, príncipe de Lampedusa (Palermo, 1896-Roma, 1957), lo escribió cuando ya había sobrepasado los 60 años y, al poco de su conclusión, murió sin verlo publicado. Es su única novela y una de las póstumas más famosas de la literatura universal. Puede decirse que Il Gattopardo (Leopardo jaspeado), animal que aparece en el emblema de la familia del protagonista, el príncipe siciliano Fabrizio Salina, es una obra madurada durante toda una vida. Transcurre en la época de la unificación de Italia, en plena decadencia de la alta aristocracia rural de Sicilia. Los acontecimientos se narran con una exquisita erudición histórica, humor delicioso y fuerza expresiva de notables proporciones. La obra alcanzó un éxito que sobrepasó la mejor de las previsiones, sobre todo tras la adaptación de Visconti para el cine.
Mario Vargas LLosa en su ensayo La verdad de las mentiras nos dice que El Gatopardo es una de esas obras literarias que aparecen de tiempo en tiempo y que, a la vez que nos deslumbran, nos confunden, porque nos enfrentan al misterio de la genialidad artística. El Gatopardo se publico en 1957 y desde entonces no se ha publicado en Italia, y acaso en Europa, una novela, nos dice el autor peruano, que puede rivalizar con ella en delicadeza de textura, fuerza descriptiva y poder creador. Tiene sólo un interés muy relativo saber que el modelo del príncipe Fabrizio de Salina de la novela fue un antepasado decimonónico de Tomasi de Lampedusa: Don Giulio Maria Fabrizio, distinguido matemático y astrónomo, descubridor de dos asteroides —a los que bautizó Palma y Lampedusa— y que fue premiado por ello con un diploma de la Sorbona. Se casó con la marquesita Maria Stella Guccia y murió en Florencia, de tifus, en 1885, es decir dos años después que el personaje del que fue modelo. Está enterrado en Palermo, en el cementerio de los Capuchinos, muy cerca de su bisnieto, el autor de la novela. Éste es un dato útil, nos dice Vargas LLosa, para saber que Lampedusa, como hacen siempre los novelistas, fraguó su novela con recuerdos personales y familiares y una honda nostalgia. Su libro está atiborrado de personas y lugares a los que los arqueólogos literarios han identificado en la topografía de Sicilia y las relaciones del autor.Pero este cateo de fuentes sólo importa para conocer lo que Lampedusa hizo con ellas. ¿En qué transforma la novela esa Sicilia que simula reconstruir en ocho episodios que se inician, en mayo de 1860, con el desembarco de las fuerzas de Garibaldi en la isla y las contiendas que sellarán la unidad italiana y se cierran, medio siglo después, en 1910, con el desmantelamiento por el cardenal de Palermo del almacén de reliquias de santos entre las que languidecen, vueltas reliquias también, las señoritas Concetta,Carolina y Catalina, hijas del príncipe Fabrizio? La respuesta, nos dice Vargas LLosa, está en ocho murales de una suntuosidad renacentista en los que, como ocurre siempre en la pintura pero pocas veces en la narrativa, ha sido congelado el tiempo. Es verdad que en cada uno de estos cuadros hay una viva animación sensorial, un chisporroteo de colores, olores, sabores,formas, ideas y emociones tan atractivamente presentados que se abalanzan sobre nosotros desde la página inerte y nos arrastran en su hechizo verbal. Pero, propiamente hablando, no ocurre en ellos nada que los enlace y confunda en una continuidad, en esa sucesión de experiencias en que, en la vida real, nuestras vidas van disolviendo el pasado en un presente al que, a su vez, el futuro va devorando. En El Gatopardo, una novela cuya más explícita convicción ideológica es negar la evolución social, suponer una sustancia histórica que se perpetúa, inmutable, bajo los accidentes de regímenes,revoluciones y gobiernos, el tiempo ha sido adecuadamente suspendido en esos ocho paréntesis. Los hechos importantes no suceden en ellos. Ya han ocurrido, como el desembarco de Garibaldi en Marsala, o van a ocurrir, como el matrimonio de Tancredi con Angélica, la hija de Calogero Sedara. «Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie», dice Tancredi al príncipe, antes de ir a enrolarse con los garibaldinos. La frase es la cifra de la concepción histórico-social del príncipe Fabrizio. Pero es, también, el emblema de la forma de la novela, una definición sutil de su estructura plástica en la que, aunque todo parece estar dotado de vida, de reverberaciones, el tiempo no fluye y la historia no se mueve. Como en Lezama Lima, como en Alejo Carpentier, narradores barrocos que se le parecen porque también ellos construyeron unos mundos literarios de belleza escultórica, emancipados de la corrosión temporal, en El Gatopardo la varita mágica que ejecuta aquella superchería mediante la cual la ficción adquiere fisonomía propia, un tiempo soberano distinto del cronológico, es el lenguaje. El de Lampedusa tiene la sensualidad del de Paradiso y la elegancia del de Los pasos perdidos. Pero tiene, además, una inteligencia más acerada y cáustica y una nostalgia más intensa por aquel pasado que finge estar resucitando cuando, en verdad, está inventándolo. Es un lenguaje de soberbia exquisitez, capaz de matizar una percepción visual, táctil o auditiva hasta la evanescencia y de modelar un sentimiento con una riqueza de detalles que le confiere consistencia de objeto. Todo lo que ese lenguaje nombra o sugiere se vuelve espectáculo; lo que pasa por él pierde su naturaleza y adquiere otra, exclusivamente estética. Lo que nos muestra la ficción en sus ocho cuadros fulgurantes es la encarnación de aquella teoría que nos proponen, de total acuerdo, el narrador y el príncipe Fabrizio: la Historia no existe. No hay Historia por que no hay causalidad ni, por lo tanto, progreso. Suceden cosas, sí, pero en el fondo nada se conecta ni cambia. Los burgueses empeñosos y ávidos como Don Calogero Sedara se quedarán con las tierras y los palacios de los aristócratas apáticos y los borbones clásicos cederán el poder a los garibaldinos románticos. En vez de un lustroso gatopardo, el símbolo del poder será un banderín tricolor. El príncipe Fabrizio acepta los trastornos históricos con filosofía, porque su pesimismo radical le dice que, en verdad, lo esencial no va a cambiar. Pero sí las apariencias, que, para él y los suyos —esa aristocracia que en el mundo de la ficción tiene el monopolio de la inteligencia y el buen gusto—, son la justificación de su existencia. Y es ese deterioro de las formas que vislumbra en el futuro lo que imprime a la personalidad del príncipe y al ambiente de la novela esa agridulce melancolía que los baña. Lampedusa no entendía tal vez muy cabalmente el mundo y, acaso, no sabía vivir en él. Su propia vida denota algo del inmovilismo de su visión histórica. Había nacido en Palermo, el 23 de diciembre de 1896, en el seno de una antiquísima familia que comenzaba a dejar de ser próspera, y sirvió de artillero en el frente de los Balcanes durante la primera guerra mundial. Hecho prisionero, se fugó y, al parecer, cruzó media Europa a pie, disfrazado. A mediados de los años veinte conoció en Londres a la baronesa letona Alejandra von Wolff-Stomersll, una psicoanalista, con la que se casó. Estos dos episodios parecen haber agotado su capacidad de aventuras físicas. Porque según todos los testimonios, los treinta y pico de años restantes —murió en Roma, el 23 de julio de 1957— los pasó en su ciudad natal sumido en una rutina rigurosa, de lecturas copiosas y cafés, de la que no parece haberlo apartado ni siquiera la bomba que, en 1943, pulverizó el palacio de Lampedusa,en el centro de Palermo, que había heredado. De la vieja casona de la via Butera, donde vivía, se lo veía salir cada mañana, temprano, apresurado. ¿Adonde iba? A la Pasticceria del Massimo, de la via Rugero Settimo. Allí, desayunaba, leía y observaba a la gente. Más tarde, en un café vecino, el Caflisch, asistía a una tertulia de amigos en la que acostumbraba permanecer mudo, escuchando. Era un incansable buscador de librerías. Almorzaba tarde, siempre en la calle, y permanecía hasta el anochecer en el Café Mazzara, leyendo. Allí escribió El Gatopardo, entre fines de 1954y 1956, y sin duda los relatos, el pequeño texto autobiográfico y las Lezzoni su Stendhal que han quedado de él. No tuvo contactos con escritores, salvo una fugaz aparición que hizo a un congreso literario, en el convento de San Pellegrino, acompañando a un primo, el poeta Lucio Piccolo. No abrió la boca y se limitó a oír y mirar. Leía en cinco lenguas —el español fue la última que aprendió, ya viejo— y su cultura literaria era, según Francisco Orlando (Ricordo di Lampedusa, Milano MCMLXIII), muy vasta. Sin duda lo era y la mejor prueba es su novela. Pero, aun así, la duda se agiganta cuando advertimos que este perseverante lector no había escrito sino cartas hasta que, a los cincuenta y ocho años de edad, cogió de pronto la pluma para garabatear en pocos meses una obra maestra. ¿Cómo fue posible? ¿Debido a que este aristócrata que no sabía vivir en el mundo que le tocó sabía, en cambio, soñar con fuerza sobrehumana? Sí, de acuerdo, pero ¿cómo, cómo fue posible? se pregunta al final de su ensayo londinense Vargas LLosa. "
Esta recensión es extracto y compendio de otras reseñas que se relacionan en los vínculos que siguen:

Ernest Hemingway: Adios a las armas (una novela en contra de la guerra)

"... Seguro que significa algo -dice Javier Memba, que Adiós a las armas, el título que consagraría a Hemingway (1899-1961) como uno de los grandes mitos de la literatura del siglo XX, fuera tomado de un verso de George Peele (1556-96), poeta inglés del siglo XVI. De alguna manera, para Hemingway, al igual que para los isabelinos como Peele, la guerra siempre fue una suerte de justa en la que los caballeros daban salida a su vitalidad. La que nos presentaba en su segunda novela fue aquella que llenó Europa de trincheras entre 1914 y 1918. Un año antes del cese de las hostilidades, Fredrerick Henry, voluntario estadounidense en el ejercito italiano, está encargado de conducir una ambulancia cuando se enamora de la enfermera inglesa Catherine Barkley. Posteriormente, al ser herido Henry y trasladado a un hospital de Milán, los enamorados vivirán en dicha ciudad su gran pasión. Resultado de ella será el embarazo de Catherine, que coincide con la retirada del frente de Caporetto, en la que Henry tomará parte. Tras desertar y huir a Suiza junto a su enamorada, ella morirá en el parto. Claro precedente del Robert Jordan de Por quién doblan las campanas, tanto en su entrega altruista a la causa considerada justa por el escritor como en el destino trágico de su amor, Frederick Henry es el prototipo de héroe de su autor. Publicada por entregas en la revista Scribner’s Son en mayo de 1929, la obra fue censurada en Boston a causa de la dureza del lenguaje utilizado por el escritor. Ello no impidió que la novela conociera un éxito sin precedentes, convirtiendo a Hemingway en el más leído de su generación. Señala Javier Reverte que para muchos, es la mejor novela de Hemingway, para bastantes, el relato que refleja con más crudeza los que fue la I Guerra Mundial; casi todos estamos de acuerdo en que se trata de una de las mejores narraciones bélicas de la literatura. Apenas entrando en la mayoría de edad y a poco de estallar la Gran Guerra, Ernest Hemingway se alistó como voluntario y marchó al frente de Italia, sirviendo en el ejército como conductor de ambulancias, y siendo herido en las piernas. Durante su estancia en el hospital, mantuvo un romance con una enfermera. Al reponerse, regresó a Estados Unidos y nuca más volvió a encontrarse con aquella mujer, que era algo mayor que él. Esa sencilla historia, que pudo sucederle a muchos otros soldados de aquel cruento conflicto, la transformaría pocos años después el talento del escritor en un magnífico libro sobre el amor, la guerra y la muerte. Cuando vio la luz este libro, Hemingway ya era famoso. Había publicado una novela de enorme éxito, The sun, also rises, traducida en España como Fiesta. Durante unos años había vivido en París, en el París de esa “generación perdida” que bautizó Gertrude Stein, y al lado de escritores famosos como Scott Fidgerald. Hemingway se había propuesto desarrollar una escritura donde prevaleciera, sobre el adjetivo y cualquier modo de barroquismo, el valor del verbo y la sencillez en la expresión. En Fiesta y en sus primeros cuentos ya se encontraban los elementos de ese estilo peculiar y tan personal de narrar que es el suyo. Pero en Adiós a las armas su técnica quedaría definitivamente depurada."

domingo, 18 de enero de 2009

Francis Scott Key Fitzgerald : El Gran Gatsby (la generación perdida)

".. Francis Scott Key Fitzgerald (1896-1940) ha sido considerado como unos de los escritores estadounidenses más importantes del siglo XX e integrante de la llamada Generación Perdida. El Gran Gatsby fue publicada en 1925 con una más que discreta acogida hasta su reedición en los años cincuenta en los que se convirtió en una novela de culto. T.S.Elliot y Gertrude Stein han reconocido a esta obra como una de las mejores de todos los tiempos.
Se dibuja con gran precisión a la sociedad clasista americana imperante en aquellos años veinte. La novela se desarrolla entre Nueva York y Long Island. El protagonista es Jay Gatsby un millonario del que se desconoce su pasado y sobre el que se hacen variadas especulaciones. Se trata de un personaje solitario y misterioso. El narrador de la historia es Nick Carraway que vive en una pequeña casa al lado de la mansión de Gatsby. A lo largo del relato Gatsby trata de recuperar un viejo amor, Daisy, que está casada con Tom Buchanan. Al final Gatsby muere asesinado. Nadie que haya leído El gran Gatsby olvidará la luz del embarcadero de Daisy que Gatsby veía las noches de aquel verano en Long Island y que, desde entonces, representa uno de los paradigmas de lo inalcanzable. Y sobrevolando eso, y las miserias de unos seres literarios y muy próximos, el aire de tragedia griega que se despliega sobre un fondo de negocios ilícitos y tristes ilusiones. Es posible hablar de su magistral enfoque narrativo, de los perfectos diálogos, de las incomparables descripciones que ponen en situación y desembocan inevitablemente en la tragedia. Pero, en definitiva, lo que permanece sobre todo es la sombra de Francis Scott Fitzgerald, un escritor capaz de reafirmar la fantasía romántica de la ambición y el heroísmo personales de una vida dirigida o condenada a la consecución de un ideal. El narrador -visible o invisible- es siempre el personaje al que el autor debe crear con más cuidado, nos dice Vargas LLosa, pues de él -de su habilidad, de su coherencia, de su astucia- dependerá la suerte de todos los otros. Si Scott Fitzgerald no hubiera inventado un tamiz tan fino y eficiente como el del sencillo agente de bolsa que nos cuenta la historia, El gran Gatsby no hubiera podido trascender los límites de su truculenta, irreal anécdota. Gracias al discreto Nick, esta anécdota importa menos que la atmósfera en que sucede y que la deliciosa imprecisión que desencarna a sus seres vivientes y les impone un semblante de sueño, de habitantes de un mundo de fantasía. Hijastro de una larga genealogía literaria, Gatsby, nos cuenta Mario Vargas Llosa, es un hombre al que un agente fatídico, inflamando su deseo y su imaginación, pone en entredicho con el mundo real y dispara hacia el sueño. Como al Quijote las novelas de caballerías y a Madame Bovary las historias de amor, a Gatsby son Daisy y su entrevisto mundo de gentes ricas los que le hacen concebir un mundo sustitutorio del real, una realidad de pura fantasía que, luego -como la secta del relato borgiano "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius"-, intentará filtrar en la realidad objetiva, encarnar en la vida. Igual que sus ilustres predecesores, el ingenuo idealista -en la más prístina acepción de la palabra- verá cómo la realidad despedaza su ilusión antes de arrebatarle la vida. La grandeza de Gatsby no es aquella que le atribuye el generoso Carraway -ser mejor que todos los ricos de viejos apellidos que lo desprecian- sino estar dotado de algo de lo que éstos carecen: la aptitud para confundir sus deseos con la realidad, la vida soñada con la vida vivida, algo que lo incorpora a un ilustre linaje literario y lo convierte en suma cifra de lo que es la ficción. Por su manera de encararla realidad, huyendo de ella hacia una realidad aparte, hecha de fantasía, y tratando luego de sustituir la auténtica vida por este hechizo privado, Jay Gatsby no es un hombre de carne y hueso, sino literatura pura."
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sábado, 17 de enero de 2009

Miguel Delibes: El Hereje (novela histórica)

"... Miguel Delibes (Valladolid, 1920) señalaba al serle concedido el Premio de las Letras Españolas en 1991 que una novela es una historia encaminada a explorar las contradicciones que anidan en el corazón humano y, por tanto, requiere, al menos, un hombre, unpaisaje y una pasión. El paisaje lo constituyen en sus novelas el campo castellano o la ciudad provinciana; la pasión es el desencadenante de todos y cada uno de los relatos de Delibes, en los que la marginación y la muerte juegan bazas fundamentales; y el hombre son todos y cada uno de los personajes salidos de su pluma. Su novela el Hereje (1997) es su texto más extenso y supone su primer acercamiento a la novela de ambientación histórica. Los hechos y protagonistas narrados están basados en sucesos reales y cuenta el proceso y ejecución de un grupo de reformistas en el Valladolid de la Contrarreforma. A través de las peripecias vitales y espirituales de Cipriano Salcedo, Delibes dibuja un retrato de la Valladolid de la época de Carlos V. El hecho que parece marcar un hito en la vida de Cipriano es la coincidencia de su fecha de nacimiento en Valladolid, con el momento en que Lutero fija sus noventa y cinco tesis en Wittenberg (31 de octubre de 1517). Cipriano Salcedo era hijo de un comerciante en lanas, y comerciante y fabricante de ropas él mismo, que por razones más sentimentales y afectivas que de conciencia, se adhiere a la secta protestante fundada y dirigida en Valladolid por el Doctor Cazalla. La Inquisición corta de raíz este cisma y condena a la hoguera a sus seguidores, entre ellos a Cipriano Salcedo. La peripecia humana y espiritual de este hombre honesto -un perdedor más de la galería de personajes delibeanos-, sirve a Delibes para trazar una recreación magistral del Valladolid de la época de Carlos I, de sus gentes y costumbres, de la agitación política y religiosa del momento y, sobre todo, de la lucha del ser humano por alcanzar la verdad y por defender a toda costa su libertad de conciencia. Pero El hereje es también (o quizás sobre todo) una indagación sobre las relaciones humanas, es la historia de unos hombres y mujeres en lucha consigo mismos y con el mundo que les ha tocado vivir.
El hereje es una novela en la que Delibes ha condensado buena parte de sus ideas y de las técnicas pulidas a través de su largo itinerario narrativo. Retoma su tradicional preocupación por la observación y defensa de los humillados y ofendidos, de aquellos que en toda latitud y en todo siglo son víctimas del poder, la incomprensión o la intolerancia. Y en esta línea, tal vez El hereje sea una gran metáfora universal, por encima del tiempo y del espacio, que entronca directamente incluso con alguno de los aspectos más sectarios y tristes de nuestro presente. "