martes, 27 de marzo de 2012

Benito Pérez Galdos: Nazarín.


".... La novela de Benito Pérez Galdos Nazarín publicada en 1895 fue acogida en su época con división de opiniones. Pero después de más de un siglo de su publicación nadie discute las palabras de Mariano de Cavia cuando decía que Nazario Zaharín tenía asegurado desde su nacimiento “un puesto preeminente” en nuestro panorama literario.

Más cerca de la tradición mística española que del universo moral de Tolstoi o del determinismo naturalista de Zola, Galdós aborda en sus novelas espirituales el conflicto esencial de la condición humana, dividida entre su anhelo de trascendencia y sus afectos terrenales. Hay un innegable paralelismo entre la vida de Cristo y el infortunio de Nazarín, lo cual no excluye las referencias a san Francisco de Asís y a Don Quijote. La elección del pueblo manchego de Miguelturra como cuna del sacerdote no parece un efecto del azar. El origen modesto de Nazario Zajarín coincide con el de Jesús de Nazaret, que crece sin privilegios ni lujos. La desnudez de su aposento en una casa de vecinos, donde conviven hampones, gitanos y tarascas, no elude ese trasfondo onírico que suele acompañar a los iluminados. Galdós inicia su relato un martes de Carnaval. El presunto narrador conoce la pensión de la calle de las Amazonas donde está alojado Nazarín, gracias a un reportero aficionado a los bajos fondos. Entre máscaras y mujeronas que se pintarrajean el rostro “para poetizar la mirada”, la Chanfaina, patrona del establecimiento, les presenta al sacerdote, un hombre joven con rasgos semíticos: “un castizo árabe sin barbas”. Su patrona no escatima comentarios sarcásticos sobre su estilo de vida, pero le socorre con algo de comida, cuando está necesitado, lo cual suele suceder a menudo, pues su resistencia a denunciar los robos que padece, le priva de alimento apenas se descuida. Ante el asombro de sus visitantes, Nazarín se muestra confiado en la providencia divina, exhibiendo un desprecio hacia la propiedad que recuerda las tesis anarquistas. Esta actitud no está vinculada a un ideal revolucionario, pues Nazarín no es un hombre de acción, sino un contemplador que intenta emular el ejemplo de Cristo. Cuando el periodista y el narrador interrogan a Nazarín sobre el estado actual de la sociedad, su respuesta evoca el análisis marxista de la economía capitalista. “No sé más sino que a medida que avanza lo que ustedes entienden por cultura, y cunde el llamado progreso, y se aumenta la maquinaria, y se acumulan riquezas, es mayor el número de pobres y la pobreza es más negra, más triste, más displicente”. Sin embargo, Nazarín no invoca la violencia revolucionaria, sino la paciencia, que debe espantar cualquier explosión de cólera o “misantropía”. En la misma conversación, el sacerdote manifestará su desinterés por los libros y los periódicos. La humanidad está saturada de conocimientos innecesarios. Las verdades eternas están grabadas en el corazón y no es necesario acudir a la letra impresa para conocer lo que está en nuestro interior. Sólo hace falta adoptar una disposición de escucha para descubrir lo esencial. Estos comentarios provocan el disgusto del periodista, que más tarde ironiza sobre los supuestos bienes que se desprenderían de convertir a Homero, Dante o Shakespeare en abono agrícola, de acuerdo con las indicaciones del insólito sacerdote. Las palabras de la Chanfaina sobre su huésped sólo confirman sus sospechas de que Nazarín es un débil mental: “En estos tiempos de tanta sabiduría, con eso del teleforo o teléforo, y los ferros-carriles y tanto infundio de cosas, que van y vienen por el mundo, ¿para qué sirve un santo más que para divertir a los chiquillos de las calles?”. Hasta cierto punto, Galdós escamotea el punto de vista del narrador, preguntándose: “¿Quién ha escrito lo que sigue?”. La generosidad de Nazarín provocará el incendio de la pensión de la Chanfaina. Andara, que se ha escondido en su casa huyendo de la justicia, recurrirá al fuego para borrar los indicios de su presencia y no comprometer al sacerdote. Su gesto privará a Nazarín de su precario hogar y pondrá en entredicho la limpieza de su magisterio. Esa desgracia determinará la adopción de una vida errante, que recuerda las andanzas de Cristo. Descalzo y vestido con harapos, se retirará a las afueras de Madrid. El contacto con la naturaleza le purificará del comercio con los hombres. Al alejarse de la ciudad, le invadirá la sensación de haber emprendido el camino hacia ese reino espiritual del queanhela ser ciudadano. Se trata de un camino estrecho y lleno de penalidades, pero que él acepta con alegría. El llamado de Dios se complicará cuando Andara y, más tarde, Beatriz, se empeñen en seguir sus pasos, tras atribuirle la milagrosa curación de un niño. El merodeo por los descampados en compañía de mujeres de mala vida evocan el relato bíblico, cuando Cristo se retira al desierto antes de iniciar una prédica que prenderá entre prostitutas y publicanos, pero también evoca la insatisfacción de don Quijote que en su primer salida sólo encuentra polvo y tedio. Tras un episodio cómico en casa de Pedro de Belmonte, señor de la Coreja, que insiste en identificarle con el patriarca de la Iglesia armenia en peregrinación por Europa, Nazarín atenderá con admirable estoicismo a los enfermos de viruela de Villamantilla. La fiebre encenderá visiones místicas en los sueños de Beatriz, pero esas fantasías no le impedirán reencontrarse con el pasado en forma de antiguo pretendiente, incapaz de soportar que recorra los caminos junto a otro hombre. La niebla les librará temporalmente de su asedio, pero ese aplazamiento no afectará a su amor hacia el sacerdote, cuya fuerza crece no ya “como un voraz incendio que abrasa y destruye, sino como un raudal de agua que milagrosamente brota de una peña y todo lo inunda”. Mientras tanto, la desdichada Andara despertará el amor de un enano al que llaman Ujo, pobre tullido que se inscribe en la amplia galería de parias del universo galdosiano, donde también abundan los pordioseros y los niños estragados por la pobreza. Rodeado de marginados y perseguidos, Nazarín se aproxima al fin de su aventura. Su prendimiento –la justicia le persigue por ocultar a una prófuga y por su presunta complicidad en el incendio- recrea la pasión de Cristo.”

La dualidad narrador/periodista, que preside la presentación a lo largo de la primera parte, proporciona al texto una complejidad perspectivística. El yo que asume el relato presenta enseguida a su acompañante como [...] un periodista de los de nuevo cufio, de éstos que designamos con el exótico nombre de repórter, de éstos que corren tras de la información, [...] y persiguen el incendio, la bronca, el suicidio, el crimen cómico o trágico, el hundimiento de un edificio y cuantos sucesos afectan al Orden Público (21), pero al lado de este inquieto periodista el lector percibe la presencia del narrador caracterizado como investigador concienzudo, que no duda en autotitularse, si bien irónicamente, "sagaz cronista". Esta dualidad, tiene también repercusiones de índole metaficcional a lo largo de los cinco capítulos de la primera parte, los cuales fiuncionan como una especie de pórtico narrativo enmarcador del relato. El yo que se hace cargo del cuento se introduce en el mismo como el fascinado observador de ciertas formas de vida, que le son ajenas y que contempla con la distante curiosidad del antropólogo en su visita a los barrios más miserables de la ciudad. En esta "novela del novelista" la pareja visitante proporciona el contraste de perspectivas entre la mirada asombrada de quien ve por vez primera lugares, tipos y escenas —el narrador— y la más acostumbrada del reportero, que le acompaña y, como diligente Virgilio, le guía por aquel infierno suburbial proporcionándole información acerca de las gentes que lo habitan. La ambigüedad preside la construcción del protagonista ya desde su presentación, y si a lo largo del relato puede observarse igualmente una tendencia a la duplicación de muchos elementos narrativos, de los personajes secundarios, por ejemplo, parece asimismo muy coherente que se le ofrezca al lector la posibilidad de una doble interpretación acerca del padre Nazarín y de sus andanzas. En efecto, tras su primera conversación con él tanto el narrador como el periodista parecen inclinados a creer en la sinceridad del cura. Sin embargo conforme avanza el relato las opiniones de ambos van divergiendo, pues mientras el reportero confiesa sus sospechas de que Nazarín no sea sino un desaprensivo embaucador y así lo expresa cada vez con mayor vehemencia, el narrador se encuentra sumido en la confusión cuando cavila sobre el carácter del personaje. A partir del momento en que don Nazario muestra su animadversión contra los libros y contra la prensa el periodista empieza a considerar al clérigo "un sinvergüenza,[...] un cínico de mucho talento que ha encontrado la piedra filosofal de la gandulería"(50). En cambio el narrador, menos superficial en sus juicios, continúa empeñado en descifrarr el enigma que para él suponen el talante y las motivaciones psicológicas del cura, incluso después de que ya su amigo, esclavo de la actualidad, se hubiera desinteresado del asunto. De todo ello no parece descabellado deducir que, así como periódico y novela —aunque pueden partir de idéntica noticia, difieren por completo a la hora de elaborarlaen sus respectivas escrituras— así también en Nazartn el novelista sigue obsesionado con el personaje, en torno al cual deberá urdir un texto mucho más complejo que el mero artículo para la prensa, que el repórter hubiera podido elaborar apresuradamente sobre el mismo caso.

El final de la primera parte presenta una serie de interesantísimas reflexiones acerca de la naturaleza de la novela concebida como una apasionante labor de bricolaje literario. Pero los problemas no se plantean únicamente en torno a la configuración del personaje principal, sino que este narrador autoconsciente pasa revista también a otras cuestiones referentes a la construcción de su artefacto ficcional, y por extensión a la novela in genere. No se le escapa,por ejemplo, la necesidad del pacto narrativo para que ésta funcione adecuadamente y por eso se pregunta si lo que va a contar no será "una invención de esas que por la doble virtud del arte expeditivo de quien las escribe y la credulidad de quien las lee, resultan como una ilusión de la realidad". Asimismo advierte un poco más abajo la importancia del punto de vista, del enfoque desde el cual se ofrece el relato y añade, como si se tratara de una duda que pudiera asaltar a los lectores, "¿Quién demonios ha escrito lo que sigue? [...] El narrador se oculta.En definitiva, gracias a tan curioso arranque de novela autoconsciente se ha conseguido no sólo desdibujar los límites entre el mundo extraliterario y el otro de papel y tinta habitado por los personajes novelescos, sino también crear la figura de un lector "desocupado", según la calificación cervantina, atento para captar cualquier tipo de recurso narrativo, cuyo interés se vea atraído por la manera de presentar la materia narrativa, antes que por el contenido mismo del cuento. Cuando concluye el último capítulo de la primera parte se inicia la relación de las aventuras del personaje. cuyas peripecias ocupan todo el resto de la novela.

Cualquier lectura mínimamente sagaz de esta novela advierte enseguida que ha sido construida dialécticamente, y que no puede entenderse de modo cabal, sin contar con la continua presencia hipotextual de los Evangelios del Quijote . A lo largo de la historia el narrador menciona en varias ocasiones el origen manchego de Nazarín y además se refiere a él con expresiones como "el clérigo andante" o "el ermitaño andante". No obstante se encuentran en esta novela otras referencias más sutiles. Toda la tercera parte de Nazarín responde a una organización que reproduce la disposición de relato itinerante —episodios ocurridos a lo largo del camino alternados con otros que tienen lugar en diversas paradas o descansos del héroe. Antes de iniciar su andadura, Nazarín aparece ante el lector al final de la segunda parte preparando "su salida" y para ello lo primero que hace es disfrazarse de mendigo, igual que don Quijote en análogo trance hubo de cambiar su ropa de hidalgo pueblerino por el anticuado utillaje caballeresco; después ambos protagonistas, cada cual en su novela respectiva, se echan al camino en cuanto amanece. En gran medida el discurso novelesco de Nazarín consiste también en la recreación hipertextual de lugares bien conocidos de los relatos evangélicos. No es únicamente el héroe el que aparece como contrafigura de Cristo, sino que otros varios habitantes de este mundo ficcional responden asimismo a paradigmas neotestamentarios. Así el alcalde que interroga al protagonista remite inequívocamente a Pilato, añadamos ahora que también Andará y Beatriz reproducen en sus relaciones con Nazarín el modelo evangélico de las hermanas de Lázaro, Marta y María, respecto de Jesús y que los dos delincuentes, el sacrilego y el parricida conducidos junto al protagonista en la cuerda de presos, aluden indudablemete a los dos ladrones crucificados a ambos lados de Jesús..."
Es extracto y compendio de otras reseñas que se relacionan:

lunes, 20 de febrero de 2012

Luis Martín Santos: Tiempos de silencio.


"... Tiempo de silencio es una novela del psiquiatra y escritor español Luis Martín Santos. Aunque la terminó a finales de 1960, la novela sólo pudo ver la luz en 1962 con veinte páginas censuradas. En 1981 se publicó la versión definitiva de esta novela, ya sin censuras. En esta novela el autor se aparta de la novela realista, utilizando tres personas narrativas, el monólogo interior, como ya habían hecho Proust o Joyce, la segunda persona y el estilo indirecto libre.
En la sórdida y desalentada peripecia de Tiempo de silencio, una obra que transformó para siempre, elevándolas y abriéndolas al mundo, las aspiraciones de la novela española, se pueden admirar tanto el contenido intelectual como la técnica narrativa y estilo, inspirados en muy heterogéneos modelos clásicos y contemporáneos. Al igual que en el Ulises de Joyce, la descripción de una ciudad contiene también la visión cultural del país: la acción narrativa sirve de soporte a soliloquios, digresiones y descripciones que presentan un panorama de la historia española desde la Edad Media. Luis Martín-Santos parece beber del mejor Baroja a la hora de describir esos personajes abocados a un destino terrible, inmersos en unos acontecimientos que les demuestran su triste condición de granos de arena en un universo desatento a sus creencias o deseos. La peripecia del protagonista es una consecuencia lógica de esa visión social que nos ofrece el autor. Investigador en un laboratorio, hombre de poca fuerza vital y retraído, Pedro se ve impelido por su buen carácter a ayudar al Muecas, un familiar de su ayudante, pero se encuentra de repente tratando de salvar la vida de Flora, una de sus hijas, a la que se le ha intentado practicar un aborto por medios bastante desagradables y que perece ante las manos inexpertas del investigador. Esto acarreará la detención de Pedro y su ingreso en prisión por unas horas, pero también le supondrá la persecución por parte de Cartucho, el querido de la chica, que le cree causante de la muerte. Por supuesto, esta circunstancia terminará de manera trágica, tanto en un sentido físico como moral.
Lo interesante de “Tiempo de silencio” no es su trama, que entronca con otras novelas de corte realista —especialmente, como ya hemos dicho, con Baroja y su trilogía “La lucha por la vida”—, sino la forma de narrar. Martín-Santos se alejó de un estilo propio de la época, sencillo y árido, para armar un libro de resonancias clásicas, con un lenguaje cultivado y complejo, de prolijas descripciones, excursos culteranistas y diálogos empapados de clasicismo. Huelga decir que es una novela difícil en tanto al lenguaje se refiere, si bien la historia que se cuenta es tan sencilla (en su desarrollo narrativo, no en otros planos) como directa. Sin embargo, quizá en la elección por parte del escritor de ese estilo elevado, fuera de lo común para un libro de estas características (al contrario, por ejemplo, de Baroja, que utilizaba un lenguaje mucho más sencillo y campechano), estribe en buena parte el impacto de la obra. Porque Martín-Santos trabaja en dos niveles diferentes: por una parte, usa esa lengua culta y enrevesada como juego, como divertimento, incluso como pequeña distracción para el lector, que ha de mantener una atención constante para no extraviarse en mitad de un pasaje; por otra, ese juego le sirve para ocultar y disfrazar la feroz crítica que se desarrolla en prácticamente cada página de “Tiempo de silencio”. Una crítica de la dictadura que se vivía en el momento de su publicación (1962), pero que iba mucho más allá: una crítica de la naturaleza humana, de la cultura de sus compatriotas, tan mostrenca, tan ramplona; una crítica de una sociedad que se hundía en el fango a través de sus trapicheos políticos, de su falta de ambiciones.
 Tiempo de silencio es la primera novela de Luis Martín-Santos (1924-1964) , y estaba destinada a formar, con Tiempo de destrucción, una trilogía que quedó inconclusa. Cuando esta novela se publicó, en 1961, pasó prácticamente inadvertida por la crítica. En sucesivas ediciones fue adquiriendo resonancia entre los lectores, a lo que contribuyó sin duda el panorama monótono y reiterativo de la novela realista de los años 60. Después se ha llegado a una desproporcionada mitificación en la que han jugado razones de índole extraliteraria, como pueden ser sus tesis iconoclastas sobre la situación social española o incluso el hecho de que su autor —director del Sanatorio Psiquiátrico de San Sebastián— muriera trágica e inesperadamente en accidente de automóvil en 1964.
Luis Martín-Santos, al contrario de lo que venía siendo habitual entre los escritores de su generación, no sigue las pautas narrativas de los novelistas italianos o norteamericanos; es Joyce, con su "Ulises", la influencia más fácilmente detectable en la técnica narrativa de "Tiempo de silencio", si bien en su trasfondo laten los ecos de denuncia, rebeldía y testimonio de conciencia adoptados por los autores de la generación del 98.
La novela se presenta como un relato global, integrador, sin otra solución de continuidad que unos espacios en blanco levemente superiores al punto y aparte. Sólo esto viene a indicar un cambio de escenario, de perspectiva, de personaje o de avance temporal de la acción, éste último casi imperceptible ya que todo el acontecer de la novela transcurre en muy breve espacio de tiempo.
Al monólogo interior de los personajes concede el novelista particular atención y no porque sea el único ni siquiera el principal procedimiento narrativo sino porque es a través del monólogo como se expresan las ideas rectoras de esta novela. Piénsese en las páginas finales que cierran el relato, cuando el protagonista pacta con lo que considera su sino funesto comenzando su "tiempo de silencio". Es entonces cuando Martín-Santos pone en su reflexión las premisas y conclusiones que vertebran toda la novela.
Alternan con el monólogo interior la exposición narrativa indirecta e impersonal, marcada por el propósito de distanciamiento; las descripciones de ambientes, llenas de plasticidad; los diálogos escasos y escuetos; ésta es sin duda la forma narrativa más débil de la novela y acusa una cierta rigidez, sin embargo, se aprecia en algunas ocasiones un propósito renovador gracias al empleo de la aposiopesis. Original es el momento en que Dorita se presenta angustiada en la comisaría con la pretensión de ver a Pedro; el diálogo recoge únicamente una parte de la conversación, la del policía, y se silencia lo que dice Dorita, aunque la parte dada encierra claras alusiones al contenido de la omisión.
Como una forma narrativa más se incrustan en el relato breves o menos breves disquisiciones que aspiran a ser filosóficas sin conseguirlo y en las que el autor utiliza el género ensayístico subordinándolo, una vez más, a los propósitos que alientan su novela. Lo que verdaderamente distingue a "Tiempo de silencio" es su barroquismo y el estilo irónico. La prosa es recargada, formada mediante múltiples recursos retóricos y lingüísticos que, generalmente, se supeditan a la ironía.
La retórica de Martín-Santos se ajusta a dos procedimientos: uno se basa en los arreglos sintácticos (anáfora, etc.) y otros consisten en la traslación del significado de las palabras, ya en sí, ya en relación con otras (tropos).
 El primer procedimiento es de carácter sintáctico. Por medio de diferentes recursos se establecen nexos entre las palabras, recurriendo a trasposiciones, omisiones, repeticiones o a la extensión de su significado. El período perifrástico, lleno de incisos, es de considerable longitud en "Tiempo de silencio", a veces de varias páginas. Lo característico es que comprenda una larga serie de frases, cuyos términos se van repitiendo a modo de escalones que conducen a un punto culminante; entonces se resuelve la oración pendiente por medio del verbo —que queda a considerable distancia del sujeto— o por medio de la frase subordinada, igualmente distanciada del antecedente. Contribuyen a la longitud de los períodos el empleo de recursos ilativos (polisíndeton, asíndeton) y repetitivos (anáfora, anadiplosis, epístrofe). El quiasmo o inversión de los términos de una cláusula o de una frase paralela también aparece en la novela: "Tranquilamente, dejar pasar el tiempo. El tiempo pasa siempre, necesariamente". A veces toma carácter de antítesis, uno de los procedimientos predilectos del escritor: "Tú no la mataste. Estaba muerta. No estaba muerta. Tú la mataste".
El propósito irónico motiva frecuentemente las piruetas verbales de la novela pero donde mejor se aprecia el estilo irónico-sarcástico-burlesco, es en el empleo de la hipérbole y de su contrapartida la meiosis que se desarrollan en forma de antítesis sostenida contraponiendo lo serio a lo burdo, lo desmesuradamente imposible (aunque grandioso) a lo real (pero insignificante). Este contraste entre lo ficticio y la pobre realidad es una técnica que se usa constantemente en la creación del estilo irónico.Otros recursos que alteran el orden sintáctico son el hipérbaton y la elipsis. Junto a ello se suprimen con frecuencia los signos de puntuación, se desatienden normas de ortografía como por ejemplo la mayúscula para capitales —"madrid, madrid, madrid, en méjico se piensa mucho en ti" p. 281—, etc.
El segundo procedimiento retórico que distingue la obra de Luis Martín-Santos es el uso de tropos y la consciente voluntad de creación y renovación lingüística. El escritor emplea todos los recursos a su alcance, académicos o no, para decir lo que quiere expresar. El vocabulario técnico, científico o médico es considerable a veces con sentido figurado y no pocas veces irónico. En ocasiones emplea arcaísmos ("automedonte") y términos que proceden de productos comerciales ("listerizados"). Martín-Santos acusa una marcada predilección por los neologismos, muchos de origen inglés —"aicecrim con soda"—, otros provienen del francés —"demimondenes"— del latín —"la quiddidad"— o del alemán —"la weltanschauung"—. Frecuentísima es la aglutinación de palabras por medio de guiones, incluyendo a menudo conceptos contradictorios o al menos contrapuestos ("la no-madre-no-doncella" refiriéndose a Florita que acaba de abortar).
La onomatopeya es también parte apreciable de la creación lingüística de este autor: "un chunchún de pretendida estirpe afrocubana" (p. 161) "qué kikirikí ni ladrido a la luna" (p. 119) "traqueteo tracatracatracatraca" (p. 292). Entre los tropos más destacados —ya que son muchísimos los utilizados en esta novela— cabe señalar la metáfora supeditada con frecuencia a efectos irónicos (el abogado que no resuelve nada será catalogado de "ardilla jurídica"); el símil, la metonimia, la sinécdoque, la antífrasis, la sinestesia.
Todo lo expuesto anteriormente es una leve muestra de la base retórica de esta novela. Y como la pirueta verbal llega a ser casi continua la lectura se hace no raras veces lenta y ardua y hay momentos, sobre todo al final de la obra que llega a resultar francamente cansada. Es curioso que un escritor tan antihispánico como Martín-Santos caiga en un vicio hispánico por excelencia: el conceptismo, el alarde verbal, la agudeza a lo Quevedo.
El verdadero propósito de la novela es mostrar lo que —a ojos del escritor— resulta ser la sociedad madrileña en sus diferentes estratos, vistos como compendio del "hombre íbero", del ambiente y del carácter nacional. La sociedad aparece dividida en tres esferas: "una esfera inferior, una esfera media y una esfera superior" que representan la clase baja, la media intelectual y científica, y la alta sociedad constituida por aristócratas de la fortuna y el intelecto. Para examinarlas el autor se vale de la narración de sucesos que coloca en lugares o ambientes determinados, zonas bien delimitadas y separadas en la novela. Así los que se refieren a la esfera aristocrática están asociados con la familia de Matías; la clase media intelectual se mantiene dentro de los límites del café y la clase media científica dentro del Instituto. En el caso del bajo pueblo (aproximadamente una quinta parte del libro) los sucesos ocurren en el barrio de chabolas, en el cementerio o en la pensión donde vive Pedro.
Luis Martín-Santos, como si del ejercicio clínico de su profesión se tratara, vivisecciona estas diferentes esferas para mostrar, con una carcajada, el carácter de sus componentes, el ámbito en que viven y lo que pasa en él. Los frecuentes comentarios humorísticos sobre personajes o sucesos, parecen convertir lo que quiere ser crítica y testimonio social, en materia de burla. Sin embargo tanto los hechos narrados como las apostillas jocosas que les acompañan son únicamente instrumentos para una crítica demoledora, a veces revestida de la amargura de un Quevedo, otras veces semejante a un aguafuerte goyesco. No se trata de una crítica con el propósito de llamar la atención, por ejemplo sobre la situación de un sector de la población para así lograr una mejor comprensión. Las situaciones y personajes representativos del bajo pueblo, de la alta burguesía, del mundo intelectual, de la clase media, etc., que aparecen en la novela, están vistos fundamentalmente como partes de un todo, son diversos factores de un problema que el autor analiza y de las preguntas que se formula: ¿qué es lo que se puede esperar del actual hombre español?. ¿cuál es su perspectiva, su destino? Las respuestas que quedan flotando son desoladoras y amargas.
Haciendo un paralelismo entre el cáncer que para el protagonista resulta ser el más serio flagelo de la Humanidad, el autor quiere evidenciar la existencia en España de otros cánceres corrosivos, tan devastadores como él: la falta de cultura de la sociedad española, la limitación o ausencia de subvenciones estatales para los investigadores, la abulia de un pueblo frente a unas estructuras políticas que no le dejan desarrollarse...La opinión deprimente que a Martín-Santos le merece el carácter nacional va mucho más allá de la visión que Pío Baroja tenía de España. Considera que el ambiente está dominado por una total parálisis, pues en la meseta, dice, "la idea de lo que es el futuro se ha perdido hace tres siglos y medio". El mundo intelectual y científico cae también bajo el demoledor escrutinio orientándose su crítica hacia la burla y el descrédito: la falta de estímulos para la investigación y por otra parte la inutilidad de los escasos frutos conseguidos.
El método de composición de Luis Martín-Santos está regido por el principio de lo típico. La historia de Pedro no aparece como puramente privada, sino representativa; su derrota no se ofrece al lector como inhabitual sino como algo que cae en el campo de las constantes históricas. El monólogo final de la obra posibilita esta interpretación. De forma imperceptible el pronombre en primera persona singular "yo" es sustituido por la primera persona plural "nosotros". Es un sencillo recurso con función amplificativa: la de convertir una historia individual en un hecho "típico" de las generaciones españolas contemporáneas. Así la personal peripecia del protagonista adquiere —por la vía del sofisma— la dimensión de unas consecuencias padecidas por todos, llegando a decir (en ese plural integrador) "somos mojamas tendidas al aire purísimo de la meseta que están colgadas de un alambre oxidado" (p. 292). Es también significativo que al protagonista se le conozca sólo por el nombre de Pedro, sin destacar su singularidad a través de su nombre completo.
Tras el barroquismo de "Tiempo de silencio", su sintaxis dislocada y sus juegos retóricos se oculta un angustioso preguntarse "¿qué somos?", un examen crítico del tiempo histórico que le ha tocado vivir al hombre español actual y, como única respuesta, la conclusión, desengañada y pesimista, de que es un "tiempo de silencio". En realidad, es evidente que la crítica demoledora de Martín-Santos hace aguas por diversos puntos pero es siempre consecuencia de la radical deformación de base: su ignorancia del hombre y del sentido trascendente de la vida.
En primer lugar hay un reduccionismo en la concepción de lo humano que se limita a un juego de pasiones alternadas: la ambición profesional y la sensualidad. Cuando al protagonista le fallan ambas cosas se tropieza con "la nada". El más absoluto nihilismo es la música de fondo de toda la novela. Si en algún momento pudiera parecer que el protagonista del relato ama al hombre y por eso lamenta su situación, pronto se comprueba que tras su aparente filantropía sólo hay un egoísmo que cristaliza en burla cruel. Baste un ejemplo: cuando Pedro se entera que los ratones de sus experimentos se han acabado pero que puede encontrarlos en la chabola del Muecas acude allí con la "esperanza" de que las hijas del pordiosero hayan podido contraer el cáncer y así experimentar con ellas. Su posterior crítica a la difícil situación en la que viven resulta de un manifiesto cinismo.
Otro reduccionismo falso consiste en la equiparación de personajes en: buenos-humillados-oprimidos frente a malos-ociosos-opresores; es éste un enfrentamiento dialéctico de raíz claramente marxista. Otra consecuencia de la reducción materialista del hombre se advierte en el deformado concepto de la libertad que aparece en estas páginas prácticamente anulada. Un ciego determinismo preside la acción de los personajes: seres vaqueados, inermes y víctimas de las circunstancias.
Con esta única obra, Martín Santos se ganó un puesto de honor entre el Olimpo de los novelistas españoles de posguerra. Camilo José Cela, Miguel Delibes, Carmen Laforet, Jesús Fernández Santos, Ana María Matute, Rafael Sánchez Ferlosio, Juan Benet, Ignacio Aldecoa, Gonzalo Torrente Ballester y Carmen Martín Gaite son los nombres más importantes de la novela española escrita durante el franquismo. Luis Martín-Santos nació en Larache (Marruecos) en 1924. Pertenece a la "Generación del Medio Siglo" que Ana María Matute llama "Generación herida". Además de las obras señaladas, es autor de los ensayos: Dilthey, Jaspers y la comprensión del enfermo mental (1955) y Libertad, temporalidad y transferencia en el psicoanálisis existencial (1964). Póstumamente se han reunido diversos textos suyos en el libro misceláneo titulado "Apólogos" (1980)..."

Es extracto y compendio de otras reseñas:
http://www.opuslibros.org/Index_libros/Recensiones_1/martinsa_tie.htm
http://aula2.el-mundo.es/aula/noticia.php/2005/01/10/aula1105350794.html
http://es.wikipedia.org/wiki/Luis_Martín_Santos
http://www.solodelibros.es/15/01/2007/tiempo-de-silencio-luis-martin-santos/ http://www.lecturalia.com/blog/tag/tiempo-de-silencio/
http://luisleante.blogspot.com/2009/04/tiempo-de-silencio.html
http://www.ed-critica.es/libro/tiempo-de-silencio-978848432646 http://www.opuslibros.org/Index_libros/Recensiones_1/martinsa_tie.htm

martes, 31 de enero de 2012

Francisco Gallardo Rodríguez: La última noche en esta tierra. (Premio Ateneo de Novela Histórica)

“… La obra La última noche en esta tierra, de Francisco Gallardo Rodríguez (Sevilla, 1958), ha sido galardonada con el V Premio Ateneo de Novela Histórica, concedido por "unanimidad" del jurado. Según se indica en nota de prensa, el jurado de este premio convocado por Algaida Editores y el Ateneo de Sevilla, estuvo presidido por Alberto Máximo Pérez Calero, y acompañado por el presidente de la Sección de Publicaciones y Difusión Cultural del Ateneo, Francisco Prior Balibrea; el adjunto a la Presidencia del Ateneo, Miguel Cruz Giráldez, el presidente de la Sección de Literatura del Ateneo, José Domínguez León, y Antonio Bellido Navarro, que actuó de secretario.
En palabras de Miguel Cruz Giráldez, este libro "es una excelente narración". La novela se instaura en el contexto de la mitad del siglo XII entre Sevilla y el Norte de África. Su protagonista, Sara escribe siendo una anciana a finales de siglo XII sus memorias sobre su juventud, durante el cual aplicó la medicina a las mujeres de Marrakech. En la historia, de relaciones personales, y un sensible punto de vista sobre el mundo femenino, aparecen personajes históricos como Averroes.
Gallardo, que es autor de otra novela sobre los ambientes roqueros de la Sevilla de los años 60 y 70 titulada El rock de la calle Feria, tras conocer el fallo aseguró que, con esta obra sobre la Medicina en la España musulmana, ha querido recrear la Sevilla almohade, "la ciudad de la época en la que se construyó la Giralda, el Alcázar y el puente de barcas" sobre el Guadalquivir.
La protagonista de la novela, personaje de ficción, es nieta de Avenzoar, personaje histórico y uno de los médicos más importantes de Al-Ándalus, según explicó Gallardo, quien aseguró que la acción narrativa transcurre entre Sevilla y Marraquech, donde la protagonista ejerce como médica de mujeres y de niños. En la época, señaló el autor, una mujer podía ejercer la medicina si era de familia noble y contaba con el respaldo del califa, como es el caso de su protagonista que, en la acción de la obra, también conoce a Averroes. El autor explicó que durante 10 años trabajó para una tesis doctoral sobre la medicina en Al-Ándalus y que, posteriormente, se le ocurrió transformar parte de aquel material en novela, en lo que ha invertido tres años de trabajo. Y pese a que la medicina tiene un papel importante en El último día en la tierra, "no se trata de una novela científica", aclara. "He querido acercar esta época de la forma más sencilla posible" a través de un relato en el que entran en juego la historia, las relaciones personales y un sensible punto de vista sobre el mundo femenino. Para ello, el autor ha escogido la fórmula del libro de memorias, y es así como Sara recuerda su vida desde la vejez, cuando transcurre el año 1195.
A la pregunta de si la novela podrá leerse sin susceptibilidades en un país islámico, Gallardo contestó afirmativamente, porque ha sido escrita "con mucho respeto a la cultura islámica". José Domínguez León, responsable de la sección de Literatura del Ateneo, ha destacado que en la época musulmana en la Península muchas mujeres desempeñaron un "papel destacado" en el ámbito de la cultura y que, en cuestiones médicas, al no existir una titulación como sucede actualmente, era la sociedad la que otorgaba el respaldo profesional. Ha añadido que además en culturas de Oriente la atención a las mujeres se reservaba a otras mujeres.
La obra, que se ha impuesto a otros 40 trabajos procedentes en su mayoría de Andalucía pero también de Madrid, Barcelona y tres países de Latinoaméroca, será publicada en los próximos meses en el sello Algaida, editorial que promueve el premio en colaboración con el Ateneo de Sevilla.
Tras su debut literario con El rock de la calle Feria, finalista asimismo del Tigre Juan de Novela, Gallardo celebra esta nueva distinción dotada con 6.000 euros. "No escribo pensado en los premios, pero si llegan, bienvenidos sean", comenta sobre la historia galardonada, ambientada a finales del siglo XII, en los últimos años de la dominación musulmana en la Península....”
Es extracto y compendio de otras reseñas:

jueves, 26 de enero de 2012

Fiódor Mijáilovich Dostoyevski: Memorias del subsuelo. (sesión de febrero)

“… Aún hoy, transcurridos tantos años, estos recuerdos me mortifican. ¡Hay tantas cosas que no se quisieran recordar! Pero... ¿no sería preferible poner punto final a este diario? Creo que empezarlo fue un error... En fin, lo cierto es que no he dejado de sentir vergüenza en ningún momento de esta narración. No ha sido literatura, sino una expiación, una pena correccional.
Referir detalladamente cómo ha fracasado uno en su vida, por no saber vivir, reflexionando sin cesar en su subsuelo, que es lo que he hecho yo, no puede ser interesante en modo alguno. Para escribir una novela hace falta un héroe, y yo, como haciéndolo adrede, he reunido aquí todos los rasgos de un antihéroe.
Además, todo esto producirá pésima impresión, porque todos hemos perdido el hábito de vivir, porque todos cojeamos, unos más y otros menos. Incluso hemos llegado a perder ese hábito hasta el punto de que sentimos cierta repugnancia por la vida real, por la «vida viva». Pero eso no nos gusta que nos lo recuerden.
Hemos llegado a considerar la vida real, la «vida viva», como algo ingrato, como un servicio penoso, y todos estamos de acuerdo en que lo mejor es adaptarse a los libros. ¿Qué objeto tiene nuestra agitación? ¿Qué buscamos? ¿Qué deseamos? Ni nosotros mismos lo sabemos. Es más, si nuestros deseos se cumpliesen, no nos sentiríamos felices. Si nos diesen un poco de libertad, si detestasen nuestras manos, si ensanchasen nuestro círculo de acción, si nos quitasen las riendas, inmediatamente -estoy seguro- solicitaríamos que nos volvieran a poner bajo tutela. Sé que os he enojado, que vais a gritar, a protestar: «¡Hable por usted solo y por sus miserias subterráneas! ¡Suprima ese nous tous!» Perdonen, señores, pero no he pensado en modo alguno justificarme apelando a esta omnitude.
En lo que me concierne personalmente, no he hecho otra cosa en mi vida que llevar hasta el fin lo que ustedes sólo han llevado hasta la mitad, aunque se han consolado con la mentira de llamar prudencia a la cobardía.Tanto es así, que mi vida es tal vez más real que la de ustedes…”
Extracto
"... Memorias del subsuelo, también conocida en español como Apuntes del subsuelo, es una novela del autor ruso Fiódor Mijáilovich Dostoyevski publicada en 1864 donde ya se prefigura un boceto de los personajes mas puros de sus novelas posteriores. La obra está organizada en dos partes La primera, que consta de once capítulos breves y es llamada "La Ratonera", es básicamente un monólogo interior en el que se nos presenta al protagonista, un miserable funcionario frustrado, como un antihéroe contradictorio, enfermizo y excitable, que dirige un largo soliloquio frente a un auditorio fantasmal. La segunda parte, que nace a propósito de la "caída de nieve húmeda", consiste en el relato de una memoria del narrador, donde adquieren sentido los pensamientos expresados en el primer apartado, donde el protagonista cuenta algo ocurrido en su juventud, relacionado con la despedida a Zvérkov, uno de sus antiguos compañeros de escuela y la forma en la que posteriormente conoce a Liza, la prostituta a la que deshonrará al final de la obra.
Las dos partes de Memorias del subsuelo están en íntima relación. En ambas está latiendo la fatalidad de una vida fallida. Cada una de las partes clarifica a la otra. Dostoievski estructura su novela basándose en el contrapunto artístico. El tormento psicológico de una muchacha perdida en la segunda parte está en correspondencia con el agravio recibido por su verdugo en la primera. La novela consiste en el manuscrito de una desairada confesión –“una Icherzählung de tipo confesional” –, pero si atendemos a su construcción formal, en ella predominan la diatriba, la polémica y el soliloquio. Más aún, el texto de estas memorias, redactadas sin intención de publicarse,casi no contienen un párrafo que no se refiera directamente al público imaginario que un día las conozca, de ahí las innumerables apelaciones a esos “señores” o “caballeros” que el antihéroe-narrador finge que le están leyendo o escuchando. Esa nueva novela, al presentar en unidad dos fábulas semejantes y complementarias, crea una cierta multiplicidad de planos. De ahí la importancia estructural, más que ideológica y psicológica, del fenómeno de los “dobles” en Dostoievski, otra aplicación del contrapunto.
Las Memorias del subsuelo es una obra quizá menos conocida o apreciada del creador ruso; allí, el personaje narrador encarna un antihéroe. Lejos de los temples trágicos y nobles del romanticismo, Dostoievski talla aquí una psicología preñada de mezquindad, resentimiento y angustia. El personaje de las memorias es un funcionario fracasado, es el habitante de un subsuelo atribulado que él llama "la ratonera". Pero este turbulento empleado público, aun a su pesar, se ennoblece a través de su avidez por pensar el vínculo entre el hombre y su posible libertad. Una sola tesis se repite en el relato de Dostoievski: el hombre puede entrever una ley natural, un posible orden moral, un horizonte racional de intereses y conveniencias. Pero hará todo lo contrario a lo debido si ello le granjea una sensación de libertad respecto a las leyes. Prefiere optar por un capricho individual a fin de no ser una "tecla de piano" donde las leyes naturales imponen su marca. El hombre prefiere la sensación subjetiva de libertad, el derecho a actuar desde la estupidez y la insensatez.
N. Berdiaeff dictó en 1920-1921 un curso que luego recogió en forma de libro,titulado El credo de Dostoievski, en el que afirmaba que “Las obras de Dostoievski significan no sólo la crisis, sino el fracaso y condenación del humanismo. En tal aspecto puede colocarse su nombre al lado del de Nietzsche. Después de Dostoievski ya no es posible un retorno hacia el viejo humanismo racionalista, que ha sido superado.” Con él “se inicia un cambio radical en la apreciación del problema del hombre.” Percibe una nueva dimensión, en la que descubre principios irracionales, inconscientes, malignos, demoníacos y hasta absurdos e inhumanos, los cuales destruyen la aparente verdad de las antropologías humanistas.
Memorias del subterráneo es una obra literaria clave para comprender los textos posteriores de Dostoyevski, por ejemplo: Crimen y Castigo, Los endemoniados y El jugador; así, es importante mencionar que la manera en que trascurre la relación entre el narrador y Liza establecerá las bases de la afinidad entre Sonia y Raskolnikov en Crimen y Castigo y de Liza y Stavroguin en Los Endemoniados. En esta obra se puede encontrar la influencia del relato "El Capote" de Gogol. Muchos intelectuales existencialistas, señaladamente Jean-Paul Sartre, consideran la novela precursora de esta corriente de pensamiento, así como inspiración directa para su filosofía.
La misma ficción destila desencanto y resentimiento haciendo de la infelicidad una virtud ética y un manifiesto estético, indaga en el absurdo y el sinsentido de un personaje insignificante. El nihilismo indolente y la impotencia del hombre subterráneo en Dostoievski definirían un género que hacia 1919 reinventaría y profundizaría Kafka, género que echaría raíces en la conciencia desgarrada de la modernidad: la insectificación de Gregorio Samsa, la náusea sartreana de Roquentin y el extrañamiento de Mersault en Camus son de una evidente y clara filiación al “momento dostoievskiano
El filósofo Friedrich Nietzsche admiraba profundamente a Dostoyevski, «el único psicólogo, dicho sea de paso, del que yo he tenido que aprender algo». Por otra parte, la influencia de Memorias del Subsuelo se puede encontrar en varias obras modernas, como el conocido libro de Franz Kafka, La Metamorfosis. Y al igual que ciertos relatos de Edgar Allan Poe ("El corazón delator", "El pozo y el péndulo"), se ha señalado esta obra como antecedente decimonónico claro de la moderna técnica narrativa del monólogo interior, característica de algunas de las obras principales del siglo XX, como En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust y, en particular, Ulises, de James Joyce..."
Es extracto y compendio de otras reseñas:

miércoles, 18 de enero de 2012

Alejo Carpentier: El siglo de las luces.

"... La más importante de las novelas hispanoamericanas en las que se vierte un juicio histórico del Setecientos y de la Illustración es, tanto por su propia calidad literaria como por la influencia ejercida en sucesivas generaciones de escritores, El siglo de las luces (1962), de Alejo Carpentier. En ella, Carpentier ha utilizado el símbolo de la luz para emitir sus juicios, articulándolo en diferentes alegorías que explican el significado histórico del siglo XVIII hispanoamericano y caribeño.De las novelas de Carpentier, El siglo de las luces es, junto a El recurso del método, la obra que presenta una reflexión más sistemática sobre la simbología luminosa,y, de hecho, este texto constituye en sí mismo, y desde el título, un ensayo ficcional sobre la inteligencia historiográfica y sobre la penetración de las ideas europeas en la Hispanoamérica del siglo XVIII.
Desde el comienzo de la novela, la acción está inmersa en el encierro y la oscuridad de la antigua casa señorial que ha conocido la muerte del padre. Si en un principio la llegada de Víctor Hugues a la casa donde viven en un desorden de fantasías literarias los dos hermanos huérfanos y su primo parece que es la responsable de la apertura de la casa, de la llegada del orden y de la vuelta de los jóvenes a una agenda diurna con la que pasan a ocuparse por fin del almacén heredado de su padre, la simplicidad de esta
interpretación se pone en evidencia enseguida, cuando el símbolo de las luces demuestre toda su complejidad y su preexistencia ajena a la llegada del ilustrado comerciante de Saint Domingue. Así, el simple tránsito ideal de los tres jóvenes desde el noctambulismo en la vieja casa colonial a las ideas de las Luces es cuestionable, en tanto que éstas suponen sólo el estímulo inicial para su descubrimiento de un mundo antillano que mostrará los visos de su complejidad. Sin embargo, no deja de resultar cierto que la llegada de Hugues será la que sirva para descubrir la contradictoria realidad de las luminiscencias y las sombras que se alojan en el propio mundo caribeño de los jóvenes, singularizándolo precisamente frente a esas Luces de la civilización europea.
Una de las citas más expresivas del sentido trascendental con que se mezclan y se apoyan la revolución y la ideología de las Luces es la digresión histórica que hace el narrador cuando Esteban se encuentra frente a las Bocas del Dragón, la desembocadura del Orinoco, en la que recuerda el engaño de Colón durante su tercer viaje al creer –o hacer creer que lo hacía– que había descubierto el Paraíso Terrenal. El recuento de las voces de los primeros cronistas de Indias le sirve al narrador para afirmar que el Nuevo Mundo había sido «alumbrado, iluminado» (318) por el mito de la Tierra de Promisión. La falsa sinonimia de los dos vocablos, acompañados de diversas connotaciones semánticas, sugiere que las ideas y la teología europeas habrían dado a luz el Nuevo Mundo desde sus propias expectativas culturales, y, lo que es más importante, que este nacimiento historiográfico esconde, detrás de su «alumbramiento» por la inteligencia creadora, una «iluminación», una revelación de tipo religioso.
Ahora bien, todas estas alegorías luminosas, integradas en un mismo sistema de sentido histórico, se pueden resumir en los dos símbolos más poderosos de la novela: la guillotina y el cuadro de Monsú Desiderio Explosión en una catedral. La guillotina, que, como metáfora de la naturaleza contraproducente de las Luces, viaja al Caribe en el mismo barco que el decreto de abolición de la esclavitud, es reducida a
arquetipo como la Máquina. De esta manera, actúa como emblema de la «modernización» que algunos autores (Dussel 1993: 65-76; Yúdice 1989: 105-128) suponen que sustituyó a la «modernidad» como materialización de los ideales ilustrados en las periferias culturales de las metrópolis. Cuando ya ha triunfado en Francia la reacción de 9 Termidor, Hugues desmonta la máquina para no volver a utilizarla más. En sus reflexiones aparece entonces, simbólicamente, la naturaleza oscura de las luces que representaba el cruel invento: «El reluciente y acerado cartabón [...] regresaba a su caja. Se llevaban la Puerta Estrecha por la que tantos habían pasado de la luz a la noche sin regreso»
A lo largo de todo El siglo de las luces aparece un cuadro, una tela de autor anónimo, llevada de Nápoles a La Habana y que termina en la casa de Madrid, titulada Explosión en una catedral. Esteban tiene siempre presente esa "apocalíptica inmovilización de una catástrofe" que contraría "todas las leyes de la plástica" —y, cabe apuntar, de la lógica dialéctica—. Se trata de "la visión de una columnata esparciéndose en el aire a pedazos —demorando un poco en perder la alineación, en flotar para caer mejor— antes de arrojar sus toneladas de piedra sobre gentes despavoridas". "No sé cómo pueden mirar eso", dice Sofía, experimentando tanta repulsa como fascinación por la imagen. En el cuadro se formaliza la gran aspiración de Esteban, y seguramente también de Carpentier: la suspensión de las catástrofes, de las grandes mutaciones, que jamás pueden ser contempladas objetivamente por los sujetos de la historia, sobre los cuales caen violentamente los restos del desastre, sin que alcancen a percibir la degradación del espacio en que se mueven.
Queda así expuesto otro de los grandes temas de Carpentier: el "inconcebible desajuste entre el tiempo del Hombre y el tiempo de la Historia. Entre los cortos días de la vida y los largos, larguísimos años del acontecer colectivo", según se expresa en La consagración de la primavera, desajuste que por sí solo explica la divergencia de las ideas que del mundo se hacen Víctor Hughes, confiado al tiempo histórico, empeñado en una empresa de consecuencias colectivas, y Esteban, atado al tiempo individual, necesitado de resultados concretos, visibles y positivos de sus propios actos, angustiado por un presentimiento de imposibilidad de todo progreso.
Esas dos tendencias estuvieron presentes en el espíritu de Carpentier a lo largo de toda su peripecia vital, como tensión irresoluble. La confianza en lo histórico le llevó a adherir a la revolución cubana, a participar de ella e inclusive a representarla, haciéndose cargo tanto de sus objetivos declarados como de sus errores ostensibles y sus evidentes desviaciones, mientras su acuciante deseo de realidades perceptibles le inducía a una duda metódica, sabia y rigurosamente elaborada para la literatura.
El de Carpentier es, pues, un caso único, que sólo podía darse en los primeros años de la revolución cubana: escribió una novela ferozmente lúcida sobre las metamorfosis del poder desde el interior de ese mismo poder, y salió con bien de ello. Al colorido y exuberancia del Caribe corresponden un estilo y un léxico frondosos, a la medida de la desmesura antillana. Largos párrafos se suceden, con escasos, breves y punzantes diálogos además de fascinantes descripciones de lugares y objetos.Carpentier era un apasionado de la radiante materialidad caribeña en una prosa pletórica de sensualidad, envolvente y fascinante.
Los pasajes históricos, referidos especialmente a la actuación de Víctor Hugues en calidad de agente de la Revolución, son fidedignos. Para su elaboración Carpentier hizo acopio concienzudo de fuentes documentales, proceso en que pudo además enterarse del destino de connotadas personalidades revolucionarias, caídas en desgracia y condenadas al destierro en la Guayana Francesa -destacan los casos de Jaques Billaud-Varenne y Jean-Marie Collot d’Herbois, quienes contribuyen al empaque histórico de la novela-. .."
Es extracto y compendio de otra reseñas:

viernes, 2 de diciembre de 2011

Álvaro Cunqueiro: La crónicas del Sochantre. (una propuesta de lectura)


"... En 1959 Álvaro Cunqueiro (Mondoñedo, 1911- Vigo, 1981) recibía el Premio Nacional de la Crítica por su versión al castellano de Las crónicas del Sochantre. Diez años más tarde sería su novela Un hombre que se parecía a Orestes la galardonada con el Premio Nadal. Sin embargo, y a pesar de ser reconocida con dos premios tan importantes, la obra del escritor mindoniense no fue suficientemente valorada en su época. No militar en las corrientes creativas en boga podía suponer elostracismo o la incomprensión de autores y libros, y la literatura de Cunqueiro no consiguió permanecer al margen de esa criba selectiva y fue tachada de “escapista”,simplemente porque no cumplía las expectativas de las pautas socio-culturales o sociopolíticas del momento.
Las crónicas del Sochantre se inspiran en una tradición bretona análoga a la Santa Compaña gallega: la de la carroza funeraria en que viajan las ánimas en pena. El protagonista es el sochantre Charles Anne de Crozón, soñador pusilánime que un día es raptado por una hueste de difuntos para que les entretenga con música. Pasado el susto de convivir con unos muertos que de día parecen personas y de noche son sólo esqueletos, el Sochantre aprende a vivir intensamente sobre el telón de fondo de la revolución francesa. Las crónicas del Sochantre es una obra enmarcada en la Bretaña del siglo XVIII, en la que una hueste fantasmal rapta al joven sochantre, Charles Anne de Crozón, para que amenice un entierro. El asunto lo lleva a viajar con ellos en una carroza durante tres años colmados de aventuras y de relatos acerca de lo que llevó a la muerte a sus captores, quienes se definen a sí mismos como terroríficos, pero al mismo tiempo serenos:

"…, y porque veo en vuestros ojos, señor sochantre, tanta sorpresa como miedo, quiero aseguraros de que toda esta compañía, aunque sea de réprobos, fantasmas, ahorcados y sombras, es un batallón de gente pacífica.”

jueves, 17 de noviembre de 2011

Ivan Aleksandrovich Goncharov: Oblonov (la exaltación de la pereza)

"...El libro Oblomov de Ivan Aleksandrovich Goncharov, 1812-1891, un clásico de la literatura rusa tal vez no muy tenido en cuenta en el panorama actual, brilla con luz propia junto a otros títulos más conocidos que nos legara el siglo diecinueve, prodigioso entre todos para la novela europea. Seiscientas cincuenta páginas acaparan nuestra atención de principio a fin, nos hacen reír, nos proporcionan dos o tres momentos líricos excepcionales, nos invitan a la meditación, a mirarnos en el espejo, a amar a Oblómov, y dejan, por último, un recuerdo imborrable en la memoria.
En 1858 publicaría su creación más importante, Oblómov, una de las obras centrales de la literatura rusa, en la que enfrenta dos personajes típicos: uno, el que da título a la obra, y cuyo nombre proviene de oblómok ("cascote, ruina"), es el ocioso representante de la nobleza rusa y de la tradición, perezoso, letárgico, mediocre y abúlico, que sacrifica sus sueños a la inacción viviendo, sin embargo, su desaparición como un drama; se hizo proverbial representando a un arquetipo típicamente ruso; el segundo, Stolz, cuyo nombre en alemán significa "altanero", es el modelo opuesto, equilibrado, de ideas políticas moderadas, partidario de la renovación, lo occidental, la industrialización, el negocio y la acción. La novela fue constantemente retocada hasta su versión final diez años después.
En la literatura rusa Goncharov ha quedado como autor de novela social y uno de los mejores representantes de la narrativa del siglo XIX. Al decir de Lev Tolstói, Oblómov es una obra maestra. Iván A. Goncharov, es un escritor cuya producción literaria no es demasiado extensa. Su obra principal es esta, “Oblómov”, que tardo diez años en escribir y publicada en 1858. Otras son “El declive” (1869), “Una historia corriente” (1847) y “La fragata Pallas” (1858). Con esta novela se acuñó un nuevo término: el oblomovismo.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Albert Camus: El primer hombre. (una recomendación para la próxima sesión)

"... En 1994 se dio a conocer la última novela del escritor francés Albert Camus, El primer hombre; habían transcurrido treinta cuatro años de su trágica, por inesperada y prematura, muerte. Se trata de un paradójico título para un hermoso texto. Albert Camus fue premio Nobel de Literatura de 1957. Antes de morir había confesado a un periodista: "Mi obra aún no ha empezado". Poco después, quedaba atrapado en los hierros de su coche, entre los restos y cerca de su cuerpo sin vida, se hallaron sus últimos escritos. Se refieren a un hombre, el primero, que anhela a su padre muerto. Catherine Camus se encargó de ordenar y corregir el material y dio a la luz este texto en 1994. Esta obra constituye un nuevo inicio en la obra del autor; no sólo porque recree recuerdos de la infancia sino porque vuelve a la necesidad fundamental de todo hombre, sentirse hijo: "Y ahora reconozco que todo me abandona, que necesito que alguien me señale el camino y me repruebe y me elogie, no en virtud de su poder, sino de su autoridad, necesito a mi padre".

El primer hombre se trata de una obra de gran belleza narrativa y de una especial intensidad emotiva, en la que se narran sus primeros años en Argelia, como si quisiera completar un homenaje a su abuela, a su madre, a su padre, al que jamás conoció, a su profesor y mentor y a su mejor amigo. A medida que uno va leyendo se va haciendo más evidente que la obra está inconclusa, no porque el lector sea especialmente perspicaz, sino mas bien gracias al sentido común del editor que ha decidido incluir en esta edición las notas al margen, rectificaciones, variantes sobrescritas e incluso alguna de las páginas originales en forma de facsímil. Además se incluyen, en forma de apéndice, alguna de las hojas que se encontraron intercaladas entre el manuscrito, un cuaderno donde se entrevé el proyecto y posterior desarrollo de la obra y dos cartas que se intercambiaron entre Camus y su primer profesor y mentor, Luis Germain, nada mas haber recibido el premio Nobel.
  Los dos primeros capítulos de la novela son de las páginas más conmovedoras que se puedan leer. El primero se sitúa en una noche otoñal de 1913, y cuenta la llegada de un matrimonio a Argelia; viajan en una carreta, son colonos hambrientos de tierra, de pan y de trabajo. Él, un hombre francés de treinta años, ella, una sufrida y hermosa mujer andaluza; solos y en tierra desconocida, tendrán que afrontar en una casa miserable el nacimiento de su segundo hijo: Jacques Cormery. Este primer capítulo se cierra con el sueño tranquilo de la madre cansada y satisfecha y el deseo nervioso del padre por empezar a trabajar al día siguiente. Casi, sin solución de continuidad, en el capítulo siguiente, Camus da un salto en el tiempo y nos presenta a ese niño nacido en tierras argelinas: "Cuarenta años más tarde, un hombre, en el pasillo del tren de Saint-Brieuc", es Jacques Cormery. Aquel niño, ahora un hombre, viaja para encontrar la lápida de su padre "Cormery, Henri, herido mortalmente en la batalla del Marne, muerto en Saint-Brieuc el 11 de octubre de 1914". Es el encuentro del hijo con la tumba del padre desconocido - murió cuando él tenía un año -; encuentro que despierta un torbellino de emociones y reflexiones que constituirán el hilo conductor del resto de la obra, es decir, la recreación de la infancia, adolescencia y juventud de Jacques.
 Pero antes de componer su historia, el narrador describe la compasión y el dolor por la muerte prematura de su padre: "Y la ola de ternura y compasión que de golpe le colmó el corazón no era el movimiento del ánimo que lleva al hijo a recordar al padre desaparecido, sino la piedad conmovida que un hombre formado siente ante el niño injustamente asesinado, algo había ahí que escapaba al orden natural y, a decir verdad, ni siquiera tal orden existía, sino sólo locura y caos en el momento en que el hijo era más viejo que el padre" . La novela nace de estas dos escenas: el secreto de la vida de Jacques Cormery depende de ese padre que lo vio nacer y murió prematuramente, es decir, del sentimiento dramático de orfandad. Además, la identidad del personaje que leemos en las páginas siguientes evocan sus años pobres, a la vez que alegres, en Argel y se construyen a partir del anhelo de paternidad. Anhelo, que lejos de ser un triste y lánguido lamento, se convierte en una búsqueda incansable de figuras que le devuelvan la percepción de ser hijo.
 Además de la historia concreta de Cormery, que refleja muchos datos autobiográficos del autor, nace el juicio de toda una generación de hombres "huérfanos". Albert Camus pone de manifiesto como su generación es la de hombres sin puntos de referencia, sin puntos firmes desde los que empezar a caminar. Hombres y mujeres sin dioses, "los templos son derruidos y no queda más que ese peso insoportable y dulce en el corazón", (p.166), sin memoria, "caminando en la noche de los años por la tierra del olvido, en que cada uno era el primer hombre, donde él mismo había tenido que criarse solo sin padre", sin historia, "como si la historia de los hombres, esa historia que había avanzado constantemente en una de sus tierras más viejas dejando en ella tan pocas huellas, se evaporase bajo el sol incesante junto con el recuerdo de los que la habían hecho", (p.167).
...."
 Es extracto de otras reseñas:

martes, 1 de noviembre de 2011

Ángel Leiva: Furia de la nostalgia (literatura del exilio)


LA MUERTE

He levantado la tranquera de la puerta
y a paso decidido avanzo hacia la noche
donde se encuentra todavía
los huesos del olvido
Mi madre llora
sobre el hombro de mi padre muerto
y siento entonces la tristeza
del hombre aquel que vuelve
con todos los sentidos deshechos hasta la tierra.
Húmeda piel que tensas
el arco de un violín en ruinas
mientras se escucha el vocerío
de las lejanas ruedas de los carros en el invierno
que van llevando el peso de la muerte
a los destinos últimos

( Del Poemario Furia de la nostalgia de Ángel Leiva)

“… Pintor, narrador, profesor y crítico de arte y literatura, Ángel Leiva nació en Simoca en 1941. Estudió Periodismo en la Universidad Popular de Buenos Aires, e Historia del Arte en la Universidad de Buenos Aires. Es doctor en Literatura y lenguas romance en la Universidad de Syracuse, Nueva York. Inició su carrera literaria en Buenos Aires, donde ha ocupado el cargo de Primer Secretario de la Sociedad Argentina de Escritores entre 1971 y 1973. Posteriormente, ocupó el cargo de Profesor Invitado de Literatura Latinoamericana y de Creación Literaria en la Universidad de Sevilla, la Universidad de Brown, la Universidad de Northwestern y el Hunter Collage de Nueva York.
  Ángel Leiva era ferroviario en su pueblo cuando un golpe de fortuna quiso que recalara en España hacia 1970, impulsado por un premio literario. Las mareas de la vida lo condujeron a Nueva York, donde fue profesor en la Universidad de Syracuse, para regresar más temprano que tarde a Sevilla, donde entre otras cosas regentó un videoclub para cinéfilos y luego constituyó la asociación cultural que todavía hoy lleva su nombre. Años de búsqueda de sus propios caminos expresivos, aunque él prefiere matizar que "haciendo mío el pensamiento de uno de mis grandes maestros, Picasso, yo prefiero encontrar a buscar. Toda mi vida se circunscribe a encuentros y complicidades, y después de esto, la nostalgia: a cada encuentro le sucede la despedida", agrega Ángel Leiva. El poeta y el artista plástico conviven armónicamente, aunque una veintena larga de libros, desde Del Amor y la Tierra (1967) a American Graffitti (2005), conceden cierta ventaja al primero sobre el segundo. En sus pinturas -una docena de lienzos al óleo, acrílico y técnicas mixtas- prevalece el trazo primitivo junto a la huella de la action painting a lo Rothko, De Kooning o Pollock. "Empiezo sintiendo esa necesidad de los aromas de la pintura, escucho mucha música, y puedo pasar seis u ocho horas seguidas sin darme cuenta, acabando prácticamente en el delirio. Pintura y poesía son para mí dos instancias de una misma realidad, un mundo feliz en la realización, pero que también te desespera", comenta. Y concluye volviendo sobre su identidad: "Soy, en cierta medida, un exiliado perpetuo: era un exiliado interior en Argentina, lo era en Estados Unidos por la lengua, y aquí cumplo varios requisitos del hombre moderno no desarraigado, pero sí desterrado".
  Nacido en el corazón de Simoca hace 70 años, Leiva está radicado en Sevilla, donde alterna su actividad docente con sus facetas de poeta y pintor. "Lo de la pintura siempre estuvo muy escondido. Recién en los últimos años salió a la luz. Y resulta que ahora mi fama como artista plástico está empezando a opacar a la del poeta", destaca sonriente. No le molesta, por supuesto. Como Leonardo, Leiva concibe al arte como un todo. Sin diferencias de género. "Muchos críticos no saben dónde ubicarme", alega.
  Inquieto por naturaleza, el escritor tucumano, que emigró en los años 70, frecuentó a algunas de las luminarias de las letras americanas, como Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Carlos Fuentes y Ernesto Cardenal. "Tengo esos encuentros grabados y estoy analizando si los voy a publicar en la edición de mis obras completas. Es algo que me están pidiendo las editoriales, sobre todo las de España", señala. Aunque tiene sus dudas. "La cuestión es que algunas de estas conversaciones son tan personales que si las publico me parece que traiciono la naturaleza intimista de las charlas. En una de ellas, por ejemplo, Borges canta una milonga. ¿Te imaginás a Borges cantando?", declara.
  Frecuentar a esos escritores le dio a Leiva otra perspectiva del mundo de las letras. "De ellos aprendí una cualidad suprema que prima en los grandes artistas: la humildad. Cuando conocí a Borges, por ejemplo, descubrí que todo lo que se decía de él no era cierto. Borges era un hombre humilde al extremo, inteligente y genial, pero muy sencillo. Vivía rodeado de una frugalidad extrema", enfatiza. De inmediato cuenta una anécdota que pinta a Borges de cuerpo entero. "Un día íbamos caminando por una calle del centro y descubrí que la gente se paraba a mirarlo. Él ya estaba ciego y por eso yo lo llevaba del brazo. A medida que pasábamos se iba abriendo un sendero entre la multitud, lo cual me asombró. Era como si yo fuera en compañía del Mesías. Y le dije: ’Borges ¿sabe lo que está sucediendo?’. Y él me contestó: ’no lo sé, dígamelo usted’. ’La gente se detiene para verlo pasar’, retruqué. Entonces él me contestó algo que quedó grabado para siempre en mi memoria; me dijo: ’sáqueme ya mismo de aquí; no me haga sentir un desdichado’. Así de humilde y tímido era", declara.
  Su destierro forzado (tuvo que irse porque fue perseguido en la época de López Rega) le provocó una profunda herida que aún no cierra. "Durante mucho tiempo fui amenazado, incluso cuando ya estaba en Estados Unidos. Hasta llegaron a secuestrar a mi hermana para infundirme miedo. Yo no sé por qué sucedió eso, siendo que no tenía un compromiso político concreto. Era un simple estudiante con inquietudes intelectuales y algunos antecedentes literarios", asegura.
  Ese destierro le permitió ser famoso en otras tierras, menos en la suya: "nunca tuve en la Argentina el reconocimiento que alcancé, por ejemplo, en Estados Unidos o en España. Incluso en Tucumán mi obra es prácticamente desconocida. Y eso me duele un poco".
  En cuanto a su poética, Leiva afirma que le gusta el concepto de la verdad y, sobre todo, el del sentimiento. "No escribo por una respuesta técnica, sino por impulso -subrayó-. Cuando escribo poesía sufro, porque hablo de todo lo que me ha pasado. Pero no sólo canto a lo que se pierde, como diría Machado, sino también a lo que tengo".
  La UNT, ha dictado una Resolución declarando de interés la obra de Leiva, mientras que la Editorial de la UNT, tiene en preparación la publicación de sus obras completas.
  Leiva ha recibido, entre otros, los siguientes premios y distinciones:
 • Premio Nacional de Poesía, (Sociedad Argentina de Escritores, 1969)
 • Faja de Honor en Poesía (Sociedad Argentina de Escritores, 1970)
 • Premio Municipal de Buenos Aires (Dirección de Cultura de Argentina, 1971)
 • Premio Internacional de Poesía César Vallejo, (Asociación de Escritores e Intelectuales del Perú, 1973)
 • Premio Internacional de Poesía Pablo Neruda, (Revista Internacional de Poesía, México, 1974)
  Ha publicado los siguientes libros de poesía y prosa:
• Celebración de la poesía (Universidad Internacional de Andalucía, Sevilla 2007)
• Condenada memoria, habla (Lautaro Editorial, Buenos Aires, 2005)
• Tierra querida (Casa de la cultura, Tucumán, Argentina, 2003)
• Furia de la nostalgia (Lautaro Editorial, Sevilla, 2000)
• La alegría perdida (Lautaro Editorial, Sevilla, 1996)
• En la ciudad de la alegría (Lautaro Editorial, Sevilla, 1996)
• Regreso al sur (Poemar Ediciones, Sevilla, 1993)
• Desarticulationes/Desarticulaciones (Brown University Press, EUA, 1985)
• Versión del caos 1 (Edición Arte Gavagnin, Buenos Aires, 1984)
• Versión del caos 2 (Edición Arte Gavagnin, Buenos Aires, 1984)
• Música en los Aeropuertos(Editorial Calidón, Buenos Aires, 1982)
• El fuego de las vísperas (Editorial Calidón, Buenos Aires, 1982)
• Las edades y la muerte (Editorial Trilce, Buenos Aires, 1973)
• Cenizas y señales(Editorial Trilce, Buenos Aires, 1973)
• El pasajero de la locura(Editorial Losada, Buenos Aires, 1971)
• Los cuerpos gloriosos(Editorial Losada, Buenos Aires,1970)
   Del amor y la tierra (Ediciones del Mediodía, Buenos Aires
….”
Esta reseña es extracto y compendio de otras:
http://www.elcorreoweb.es/cultura/083202/angel/leiva/exiliado/perpetuo
http://angel-leiva.blogspot.com/2008/05/biografa-de-ngel-leiva.html
http://www.lagaceta.com.ar/nota/456525/Tucumanos/poeta-simo..
http://www.eldiario24.com/nota/233617/la-literatura-del-exilio-en-la-obra-poetica-de-angel-leiva.html
http://es.wikipedia.org/w/index.php?title=%C3%81ngel_Leiva&oldid=48542235
http://www.lagaceta.com.ar/nota/457499/Tucumanos/Cuando-escribo-poesia-sufro-porque-hablo-lo-perdi.html

sábado, 15 de octubre de 2011

Erich Maria Remarque: Sin novedad en el frente (la novela antibelicista)


"... Sin  novedad en el frente ((con el título original de Im Westen Nichts Neues) fue escrita por el alemán Erich Maria Remarque, pseudónimo de Erich Paul Remark (Osnabrück 1897 – Locarno 1970). Empezó publicándose, en 1929, en forma de folletín en la Wossische Zeitung, con la condición por parte del director de que ningún suscriptor protestara. Terminada la narración en el periódico, se editó en volumen aparte, cuyos ejemplares se agotaron en pocos días. Igual sucedió con las sucesivas reimpresiones, El autor dice de su obra: «no pretende ser ni una acusación ni una confesión, solo intenta informar sobre una generación destruida por la guerra, totalmente destruida, aunque se salvase de las granadas».  Hasta la fecha se han publicado ediciones en cincuenta idiomas y se llevan vendidos unos veinte millones de ejemplares. En 1931 publicó la que sería continuación de este best-seller, El regreso, en la que escribe sobre la vivencias de los protagonistas supervivientes de la primera novela durante la posguerra. En 1933 ambas novelas fueron pasto de las llamas durante las quemas de libros que tuvieron lugar en varias ciudades alemanas, junto con obras de otros autores y artistas como Heinrich, Thomas Mann y otros, acusados de atentar contra el llamado «espíritu alemán», por los nazis, bien por ser judíos o por sus ideas contrarias al régimen.