martes, 22 de noviembre de 2016

(Capítulo II de la novela El insólito viaje del samurai Hasekura de José María Sánchez-Ros)

Capítulo II: En el caparazón de un escarabajo

No escatimo un ápice a la verdad si afirmo que Kafka no tiene en absoluto nada que ver con Hasekura, si bien por un cúmulo de coincidencias los dos cabos de esta cuerda se unieron una mañana de primavera en la ciudad de Praga. Me sentía identificado con Max Brod, quien salvaguardó la obra del autor checo en contra de su última voluntad de quemar todos sus manuscritos, especialmente los que no había podido concluir. Hubiese sido muy cómodo que Fernando Japón se hubiera limitado a encargarme la publicación de la novela, habría sido solo su plácido albacea y cumpliría lo prometido entregando el texto al editor; pero la tarea de ultimar y completar la historia de Hasekura me producía una situación de permanente inquietud, ya que no me sentía ni con el ánimo ni con la capacidad de llevar a término lo que se me había confiado. No sé por qué peregrina razón acabé en Praga, huyendo de los consabidos compromisos de alguna fiesta local. Me había tomado unos días de vacaciones, y nada más lejos de mi propósito era que en aquella hermosa capital me atravesase con una pasión inesperada, y que fuera precisamente esta debilidad, tan insensata, la que me impulsara a retomar el borrador que Fernando me ha había dejado. Ese día estuve despierto desde muy temprano y, aunque era la jornada de regreso a Sevilla, disponía de tiempo suficiente para intentar una visita al cementerio judío de Staschniz. Cerca del hotel, en la plaza de Wenceslao, tomé la línea A del metro hasta la estación Zelivskeho, y después de cruzar una amplia avenida entré por una puerta lateral que daba acceso a la oficina del camposanto. Me recibió un empleado cejijunto que indicó que me debía cubrir la coronilla con una kipa; tuve la sensación de que el diminuto sombrero podría salir volando con el viento y me adentré por una de lascalles, donde un pequeño cartel indicaba el camino que conducía a la tumba del escritor. No había ningún otro visitante, solo la luz del sol se colaba entre las hojas de los árboles, lo que daba un aspecto mágico a las estelas funerarias que parecían estar surgiendo de la tierra. No había estado antes en un cementerio sin cruces y con tanta vegetación. A través del centelleante moteado entreveía las tumbas. El verde oliva, el verde claro, el verde grisáceo, todas las tonalidades posibles del verde parecían abrazar aquellos paralelepípedos.