martes 31 de enero de 2012

Francisco Gallardo Rodríguez: La última noche en esta tierra. (Premio Ateneo de Novela Histórica)

“… La obra La última noche en esta tierra, de Francisco Gallardo Rodríguez (Sevilla, 1958), ha sido galardonada con el V Premio Ateneo de Novela Histórica, concedido por "unanimidad" del jurado. Según se indica en nota de prensa, el jurado de este premio convocado por Algaida Editores y el Ateneo de Sevilla, estuvo presidido por Alberto Máximo Pérez Calero, y acompañado por el presidente de la Sección de Publicaciones y Difusión Cultural del Ateneo, Francisco Prior Balibrea; el adjunto a la Presidencia del Ateneo, Miguel Cruz Giráldez, el presidente de la Sección de Literatura del Ateneo, José Domínguez León, y Antonio Bellido Navarro, que actuó de secretario.
En palabras de Miguel Cruz Giráldez, este libro "es una excelente narración". La novela se instaura en el contexto de la mitad del siglo XII entre Sevilla y el Norte de África. Su protagonista, Sara escribe siendo una anciana a finales de siglo XII sus memorias sobre su juventud, durante el cual aplicó la medicina a las mujeres de Marrakech. En la historia, de relaciones personales, y un sensible punto de vista sobre el mundo femenino, aparecen personajes históricos como Averroes.
Gallardo, que es autor de otra novela sobre los ambientes roqueros de la Sevilla de los años 60 y 70 titulada El rock de la calle Feria, tras conocer el fallo aseguró que, con esta obra sobre la Medicina en la España musulmana, ha querido recrear la Sevilla almohade, "la ciudad de la época en la que se construyó la Giralda, el Alcázar y el puente de barcas" sobre el Guadalquivir.
La protagonista de la novela, personaje de ficción, es nieta de Avenzoar, personaje histórico y uno de los médicos más importantes de Al-Ándalus, según explicó Gallardo, quien aseguró que la acción narrativa transcurre entre Sevilla y Marraquech, donde la protagonista ejerce como médica de mujeres y de niños. En la época, señaló el autor, una mujer podía ejercer la medicina si era de familia noble y contaba con el respaldo del califa, como es el caso de su protagonista que, en la acción de la obra, también conoce a Averroes. El autor explicó que durante 10 años trabajó para una tesis doctoral sobre la medicina en Al-Ándalus y que, posteriormente, se le ocurrió transformar parte de aquel material en novela, en lo que ha invertido tres años de trabajo. Y pese a que la medicina tiene un papel importante en El último día en la tierra, "no se trata de una novela científica", aclara. "He querido acercar esta época de la forma más sencilla posible" a través de un relato en el que entran en juego la historia, las relaciones personales y un sensible punto de vista sobre el mundo femenino. Para ello, el autor ha escogido la fórmula del libro de memorias, y es así como Sara recuerda su vida desde la vejez, cuando transcurre el año 1195.
A la pregunta de si la novela podrá leerse sin susceptibilidades en un país islámico, Gallardo contestó afirmativamente, porque ha sido escrita "con mucho respeto a la cultura islámica". José Domínguez León, responsable de la sección de Literatura del Ateneo, ha destacado que en la época musulmana en la Península muchas mujeres desempeñaron un "papel destacado" en el ámbito de la cultura y que, en cuestiones médicas, al no existir una titulación como sucede actualmente, era la sociedad la que otorgaba el respaldo profesional. Ha añadido que además en culturas de Oriente la atención a las mujeres se reservaba a otras mujeres.
La obra, que se ha impuesto a otros 40 trabajos procedentes en su mayoría de Andalucía pero también de Madrid, Barcelona y tres países de Latinoaméroca, será publicada en los próximos meses en el sello Algaida, editorial que promueve el premio en colaboración con el Ateneo de Sevilla.
Tras su debut literario con El rock de la calle Feria, finalista asimismo del Tigre Juan de Novela, Gallardo celebra esta nueva distinción dotada con 6.000 euros. "No escribo pensado en los premios, pero si llegan, bienvenidos sean", comenta sobre la historia galardonada, ambientada a finales del siglo XII, en los últimos años de la dominación musulmana en la Península....”
Es extracto y compendio de otras reseñas:

jueves 26 de enero de 2012

Fiódor Mijáilovich Dostoyevski: Memorias del subsuelo. (sesión de febrero)

“… Aún hoy, transcurridos tantos años, estos recuerdos me mortifican. ¡Hay tantas cosas que no se quisieran recordar! Pero... ¿no sería preferible poner punto final a este diario? Creo que empezarlo fue un error... En fin, lo cierto es que no he dejado de sentir vergüenza en ningún momento de esta narración. No ha sido literatura, sino una expiación, una pena correccional.
Referir detalladamente cómo ha fracasado uno en su vida, por no saber vivir, reflexionando sin cesar en su subsuelo, que es lo que he hecho yo, no puede ser interesante en modo alguno. Para escribir una novela hace falta un héroe, y yo, como haciéndolo adrede, he reunido aquí todos los rasgos de un antihéroe.
Además, todo esto producirá pésima impresión, porque todos hemos perdido el hábito de vivir, porque todos cojeamos, unos más y otros menos. Incluso hemos llegado a perder ese hábito hasta el punto de que sentimos cierta repugnancia por la vida real, por la «vida viva». Pero eso no nos gusta que nos lo recuerden.
Hemos llegado a considerar la vida real, la «vida viva», como algo ingrato, como un servicio penoso, y todos estamos de acuerdo en que lo mejor es adaptarse a los libros. ¿Qué objeto tiene nuestra agitación? ¿Qué buscamos? ¿Qué deseamos? Ni nosotros mismos lo sabemos. Es más, si nuestros deseos se cumpliesen, no nos sentiríamos felices. Si nos diesen un poco de libertad, si detestasen nuestras manos, si ensanchasen nuestro círculo de acción, si nos quitasen las riendas, inmediatamente -estoy seguro- solicitaríamos que nos volvieran a poner bajo tutela. Sé que os he enojado, que vais a gritar, a protestar: «¡Hable por usted solo y por sus miserias subterráneas! ¡Suprima ese nous tous!» Perdonen, señores, pero no he pensado en modo alguno justificarme apelando a esta omnitude.
En lo que me concierne personalmente, no he hecho otra cosa en mi vida que llevar hasta el fin lo que ustedes sólo han llevado hasta la mitad, aunque se han consolado con la mentira de llamar prudencia a la cobardía.Tanto es así, que mi vida es tal vez más real que la de ustedes…”
Extracto
"... Memorias del subsuelo, también conocida en español como Apuntes del subsuelo, es una novela del autor ruso Fiódor Mijáilovich Dostoyevski publicada en 1864 donde ya se prefigura un boceto de los personajes mas puros de sus novelas posteriores. La obra está organizada en dos partes La primera, que consta de once capítulos breves y es llamada "La Ratonera", es básicamente un monólogo interior en el que se nos presenta al protagonista, un miserable funcionario frustrado, como un antihéroe contradictorio, enfermizo y excitable, que dirige un largo soliloquio frente a un auditorio fantasmal. La segunda parte, que nace a propósito de la "caída de nieve húmeda", consiste en el relato de una memoria del narrador, donde adquieren sentido los pensamientos expresados en el primer apartado, donde el protagonista cuenta algo ocurrido en su juventud, relacionado con la despedida a Zvérkov, uno de sus antiguos compañeros de escuela y la forma en la que posteriormente conoce a Liza, la prostituta a la que deshonrará al final de la obra.
Las dos partes de Memorias del subsuelo están en íntima relación. En ambas está latiendo la fatalidad de una vida fallida. Cada una de las partes clarifica a la otra. Dostoievski estructura su novela basándose en el contrapunto artístico. El tormento psicológico de una muchacha perdida en la segunda parte está en correspondencia con el agravio recibido por su verdugo en la primera. La novela consiste en el manuscrito de una desairada confesión –“una Icherzählung de tipo confesional” –, pero si atendemos a su construcción formal, en ella predominan la diatriba, la polémica y el soliloquio. Más aún, el texto de estas memorias, redactadas sin intención de publicarse,casi no contienen un párrafo que no se refiera directamente al público imaginario que un día las conozca, de ahí las innumerables apelaciones a esos “señores” o “caballeros” que el antihéroe-narrador finge que le están leyendo o escuchando. Esa nueva novela, al presentar en unidad dos fábulas semejantes y complementarias, crea una cierta multiplicidad de planos. De ahí la importancia estructural, más que ideológica y psicológica, del fenómeno de los “dobles” en Dostoievski, otra aplicación del contrapunto.
Las Memorias del subsuelo es una obra quizá menos conocida o apreciada del creador ruso; allí, el personaje narrador encarna un antihéroe. Lejos de los temples trágicos y nobles del romanticismo, Dostoievski talla aquí una psicología preñada de mezquindad, resentimiento y angustia. El personaje de las memorias es un funcionario fracasado, es el habitante de un subsuelo atribulado que él llama "la ratonera". Pero este turbulento empleado público, aun a su pesar, se ennoblece a través de su avidez por pensar el vínculo entre el hombre y su posible libertad. Una sola tesis se repite en el relato de Dostoievski: el hombre puede entrever una ley natural, un posible orden moral, un horizonte racional de intereses y conveniencias. Pero hará todo lo contrario a lo debido si ello le granjea una sensación de libertad respecto a las leyes. Prefiere optar por un capricho individual a fin de no ser una "tecla de piano" donde las leyes naturales imponen su marca. El hombre prefiere la sensación subjetiva de libertad, el derecho a actuar desde la estupidez y la insensatez.
N. Berdiaeff dictó en 1920-1921 un curso que luego recogió en forma de libro,titulado El credo de Dostoievski, en el que afirmaba que “Las obras de Dostoievski significan no sólo la crisis, sino el fracaso y condenación del humanismo. En tal aspecto puede colocarse su nombre al lado del de Nietzsche. Después de Dostoievski ya no es posible un retorno hacia el viejo humanismo racionalista, que ha sido superado.” Con él “se inicia un cambio radical en la apreciación del problema del hombre.” Percibe una nueva dimensión, en la que descubre principios irracionales, inconscientes, malignos, demoníacos y hasta absurdos e inhumanos, los cuales destruyen la aparente verdad de las antropologías humanistas.
Memorias del subterráneo es una obra literaria clave para comprender los textos posteriores de Dostoyevski, por ejemplo: Crimen y Castigo, Los endemoniados y El jugador; así, es importante mencionar que la manera en que trascurre la relación entre el narrador y Liza establecerá las bases de la afinidad entre Sonia y Raskolnikov en Crimen y Castigo y de Liza y Stavroguin en Los Endemoniados. En esta obra se puede encontrar la influencia del relato "El Capote" de Gogol. Muchos intelectuales existencialistas, señaladamente Jean-Paul Sartre, consideran la novela precursora de esta corriente de pensamiento, así como inspiración directa para su filosofía.
La misma ficción destila desencanto y resentimiento haciendo de la infelicidad una virtud ética y un manifiesto estético, indaga en el absurdo y el sinsentido de un personaje insignificante. El nihilismo indolente y la impotencia del hombre subterráneo en Dostoievski definirían un género que hacia 1919 reinventaría y profundizaría Kafka, género que echaría raíces en la conciencia desgarrada de la modernidad: la insectificación de Gregorio Samsa, la náusea sartreana de Roquentin y el extrañamiento de Mersault en Camus son de una evidente y clara filiación al “momento dostoievskiano
El filósofo Friedrich Nietzsche admiraba profundamente a Dostoyevski, «el único psicólogo, dicho sea de paso, del que yo he tenido que aprender algo». Por otra parte, la influencia de Memorias del Subsuelo se puede encontrar en varias obras modernas, como el conocido libro de Franz Kafka, La Metamorfosis. Y al igual que ciertos relatos de Edgar Allan Poe ("El corazón delator", "El pozo y el péndulo"), se ha señalado esta obra como antecedente decimonónico claro de la moderna técnica narrativa del monólogo interior, característica de algunas de las obras principales del siglo XX, como En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust y, en particular, Ulises, de James Joyce..."
Es extracto y compendio de otras reseñas:

miércoles 18 de enero de 2012

Alejo Carpentier: El siglo de las luces.

"... La más importante de las novelas hispanoamericanas en las que se vierte un juicio histórico del Setecientos y de la Illustración es, tanto por su propia calidad literaria como por la influencia ejercida en sucesivas generaciones de escritores, El siglo de las luces (1962), de Alejo Carpentier. En ella, Carpentier ha utilizado el símbolo de la luz para emitir sus juicios, articulándolo en diferentes alegorías que explican el significado histórico del siglo XVIII hispanoamericano y caribeño.De las novelas de Carpentier, El siglo de las luces es, junto a El recurso del método, la obra que presenta una reflexión más sistemática sobre la simbología luminosa,y, de hecho, este texto constituye en sí mismo, y desde el título, un ensayo ficcional sobre la inteligencia historiográfica y sobre la penetración de las ideas europeas en la Hispanoamérica del siglo XVIII.
Desde el comienzo de la novela, la acción está inmersa en el encierro y la oscuridad de la antigua casa señorial que ha conocido la muerte del padre. Si en un principio la llegada de Víctor Hugues a la casa donde viven en un desorden de fantasías literarias los dos hermanos huérfanos y su primo parece que es la responsable de la apertura de la casa, de la llegada del orden y de la vuelta de los jóvenes a una agenda diurna con la que pasan a ocuparse por fin del almacén heredado de su padre, la simplicidad de esta
interpretación se pone en evidencia enseguida, cuando el símbolo de las luces demuestre toda su complejidad y su preexistencia ajena a la llegada del ilustrado comerciante de Saint Domingue. Así, el simple tránsito ideal de los tres jóvenes desde el noctambulismo en la vieja casa colonial a las ideas de las Luces es cuestionable, en tanto que éstas suponen sólo el estímulo inicial para su descubrimiento de un mundo antillano que mostrará los visos de su complejidad. Sin embargo, no deja de resultar cierto que la llegada de Hugues será la que sirva para descubrir la contradictoria realidad de las luminiscencias y las sombras que se alojan en el propio mundo caribeño de los jóvenes, singularizándolo precisamente frente a esas Luces de la civilización europea.
Una de las citas más expresivas del sentido trascendental con que se mezclan y se apoyan la revolución y la ideología de las Luces es la digresión histórica que hace el narrador cuando Esteban se encuentra frente a las Bocas del Dragón, la desembocadura del Orinoco, en la que recuerda el engaño de Colón durante su tercer viaje al creer –o hacer creer que lo hacía– que había descubierto el Paraíso Terrenal. El recuento de las voces de los primeros cronistas de Indias le sirve al narrador para afirmar que el Nuevo Mundo había sido «alumbrado, iluminado» (318) por el mito de la Tierra de Promisión. La falsa sinonimia de los dos vocablos, acompañados de diversas connotaciones semánticas, sugiere que las ideas y la teología europeas habrían dado a luz el Nuevo Mundo desde sus propias expectativas culturales, y, lo que es más importante, que este nacimiento historiográfico esconde, detrás de su «alumbramiento» por la inteligencia creadora, una «iluminación», una revelación de tipo religioso.
Ahora bien, todas estas alegorías luminosas, integradas en un mismo sistema de sentido histórico, se pueden resumir en los dos símbolos más poderosos de la novela: la guillotina y el cuadro de Monsú Desiderio Explosión en una catedral. La guillotina, que, como metáfora de la naturaleza contraproducente de las Luces, viaja al Caribe en el mismo barco que el decreto de abolición de la esclavitud, es reducida a
arquetipo como la Máquina. De esta manera, actúa como emblema de la «modernización» que algunos autores (Dussel 1993: 65-76; Yúdice 1989: 105-128) suponen que sustituyó a la «modernidad» como materialización de los ideales ilustrados en las periferias culturales de las metrópolis. Cuando ya ha triunfado en Francia la reacción de 9 Termidor, Hugues desmonta la máquina para no volver a utilizarla más. En sus reflexiones aparece entonces, simbólicamente, la naturaleza oscura de las luces que representaba el cruel invento: «El reluciente y acerado cartabón [...] regresaba a su caja. Se llevaban la Puerta Estrecha por la que tantos habían pasado de la luz a la noche sin regreso»
A lo largo de todo El siglo de las luces aparece un cuadro, una tela de autor anónimo, llevada de Nápoles a La Habana y que termina en la casa de Madrid, titulada Explosión en una catedral. Esteban tiene siempre presente esa "apocalíptica inmovilización de una catástrofe" que contraría "todas las leyes de la plástica" —y, cabe apuntar, de la lógica dialéctica—. Se trata de "la visión de una columnata esparciéndose en el aire a pedazos —demorando un poco en perder la alineación, en flotar para caer mejor— antes de arrojar sus toneladas de piedra sobre gentes despavoridas". "No sé cómo pueden mirar eso", dice Sofía, experimentando tanta repulsa como fascinación por la imagen. En el cuadro se formaliza la gran aspiración de Esteban, y seguramente también de Carpentier: la suspensión de las catástrofes, de las grandes mutaciones, que jamás pueden ser contempladas objetivamente por los sujetos de la historia, sobre los cuales caen violentamente los restos del desastre, sin que alcancen a percibir la degradación del espacio en que se mueven.
Queda así expuesto otro de los grandes temas de Carpentier: el "inconcebible desajuste entre el tiempo del Hombre y el tiempo de la Historia. Entre los cortos días de la vida y los largos, larguísimos años del acontecer colectivo", según se expresa en La consagración de la primavera, desajuste que por sí solo explica la divergencia de las ideas que del mundo se hacen Víctor Hughes, confiado al tiempo histórico, empeñado en una empresa de consecuencias colectivas, y Esteban, atado al tiempo individual, necesitado de resultados concretos, visibles y positivos de sus propios actos, angustiado por un presentimiento de imposibilidad de todo progreso.
Esas dos tendencias estuvieron presentes en el espíritu de Carpentier a lo largo de toda su peripecia vital, como tensión irresoluble. La confianza en lo histórico le llevó a adherir a la revolución cubana, a participar de ella e inclusive a representarla, haciéndose cargo tanto de sus objetivos declarados como de sus errores ostensibles y sus evidentes desviaciones, mientras su acuciante deseo de realidades perceptibles le inducía a una duda metódica, sabia y rigurosamente elaborada para la literatura.
El de Carpentier es, pues, un caso único, que sólo podía darse en los primeros años de la revolución cubana: escribió una novela ferozmente lúcida sobre las metamorfosis del poder desde el interior de ese mismo poder, y salió con bien de ello. Al colorido y exuberancia del Caribe corresponden un estilo y un léxico frondosos, a la medida de la desmesura antillana. Largos párrafos se suceden, con escasos, breves y punzantes diálogos además de fascinantes descripciones de lugares y objetos.Carpentier era un apasionado de la radiante materialidad caribeña en una prosa pletórica de sensualidad, envolvente y fascinante.
Los pasajes históricos, referidos especialmente a la actuación de Víctor Hugues en calidad de agente de la Revolución, son fidedignos. Para su elaboración Carpentier hizo acopio concienzudo de fuentes documentales, proceso en que pudo además enterarse del destino de connotadas personalidades revolucionarias, caídas en desgracia y condenadas al destierro en la Guayana Francesa -destacan los casos de Jaques Billaud-Varenne y Jean-Marie Collot d’Herbois, quienes contribuyen al empaque histórico de la novela-. .."
Es extracto y compendio de otra reseñas:

viernes 2 de diciembre de 2011

Álvaro Cunqueiro: La crónicas del Sochantre. (una propuesta de lectura)


"... En 1959 Álvaro Cunqueiro (Mondoñedo, 1911- Vigo, 1981) recibía el Premio Nacional de la Crítica por su versión al castellano de Las crónicas del Sochantre. Diez años más tarde sería su novela Un hombre que se parecía a Orestes la galardonada con el Premio Nadal. Sin embargo, y a pesar de ser reconocida con dos premios tan importantes, la obra del escritor mindoniense no fue suficientemente valorada en su época. No militar en las corrientes creativas en boga podía suponer elostracismo o la incomprensión de autores y libros, y la literatura de Cunqueiro no consiguió permanecer al margen de esa criba selectiva y fue tachada de “escapista”,simplemente porque no cumplía las expectativas de las pautas socio-culturales o sociopolíticas del momento.
Las crónicas del Sochantre se inspiran en una tradición bretona análoga a la Santa Compaña gallega: la de la carroza funeraria en que viajan las ánimas en pena. El protagonista es el sochantre Charles Anne de Crozón, soñador pusilánime que un día es raptado por una hueste de difuntos para que les entretenga con música. Pasado el susto de convivir con unos muertos que de día parecen personas y de noche son sólo esqueletos, el Sochantre aprende a vivir intensamente sobre el telón de fondo de la revolución francesa. Las crónicas del Sochantre es una obra enmarcada en la Bretaña del siglo XVIII, en la que una hueste fantasmal rapta al joven sochantre, Charles Anne de Crozón, para que amenice un entierro. El asunto lo lleva a viajar con ellos en una carroza durante tres años colmados de aventuras y de relatos acerca de lo que llevó a la muerte a sus captores, quienes se definen a sí mismos como terroríficos, pero al mismo tiempo serenos:

"…, y porque veo en vuestros ojos, señor sochantre, tanta sorpresa como miedo, quiero aseguraros de que toda esta compañía, aunque sea de réprobos, fantasmas, ahorcados y sombras, es un batallón de gente pacífica.”

jueves 17 de noviembre de 2011

Ivan Aleksandrovich Goncharov: Oblonov (la exaltación de la pereza)

"...El libro Oblomov de Ivan Aleksandrovich Goncharov, 1812-1891, un clásico de la literatura rusa tal vez no muy tenido en cuenta en el panorama actual, brilla con luz propia junto a otros títulos más conocidos que nos legara el siglo diecinueve, prodigioso entre todos para la novela europea. Seiscientas cincuenta páginas acaparan nuestra atención de principio a fin, nos hacen reír, nos proporcionan dos o tres momentos líricos excepcionales, nos invitan a la meditación, a mirarnos en el espejo, a amar a Oblómov, y dejan, por último, un recuerdo imborrable en la memoria.
En 1858 publicaría su creación más importante, Oblómov, una de las obras centrales de la literatura rusa, en la que enfrenta dos personajes típicos: uno, el que da título a la obra, y cuyo nombre proviene de oblómok ("cascote, ruina"), es el ocioso representante de la nobleza rusa y de la tradición, perezoso, letárgico, mediocre y abúlico, que sacrifica sus sueños a la inacción viviendo, sin embargo, su desaparición como un drama; se hizo proverbial representando a un arquetipo típicamente ruso; el segundo, Stolz, cuyo nombre en alemán significa "altanero", es el modelo opuesto, equilibrado, de ideas políticas moderadas, partidario de la renovación, lo occidental, la industrialización, el negocio y la acción. La novela fue constantemente retocada hasta su versión final diez años después.
En la literatura rusa Goncharov ha quedado como autor de novela social y uno de los mejores representantes de la narrativa del siglo XIX. Al decir de Lev Tolstói, Oblómov es una obra maestra. Iván A. Goncharov, es un escritor cuya producción literaria no es demasiado extensa. Su obra principal es esta, “Oblómov”, que tardo diez años en escribir y publicada en 1858. Otras son “El declive” (1869), “Una historia corriente” (1847) y “La fragata Pallas” (1858). Con esta novela se acuñó un nuevo término: el oblomovismo.

jueves 10 de noviembre de 2011

Albert Camus: El primer hombre. (una recomendación para la próxima sesión)

"... En 1994 se dio a conocer la última novela del escritor francés Albert Camus, El primer hombre; habían transcurrido treinta cuatro años de su trágica, por inesperada y prematura, muerte. Se trata de un paradójico título para un hermoso texto. Albert Camus fue premio Nobel de Literatura de 1957. Antes de morir había confesado a un periodista: "Mi obra aún no ha empezado". Poco después, quedaba atrapado en los hierros de su coche, entre los restos y cerca de su cuerpo sin vida, se hallaron sus últimos escritos. Se refieren a un hombre, el primero, que anhela a su padre muerto. Catherine Camus se encargó de ordenar y corregir el material y dio a la luz este texto en 1994. Esta obra constituye un nuevo inicio en la obra del autor; no sólo porque recree recuerdos de la infancia sino porque vuelve a la necesidad fundamental de todo hombre, sentirse hijo: "Y ahora reconozco que todo me abandona, que necesito que alguien me señale el camino y me repruebe y me elogie, no en virtud de su poder, sino de su autoridad, necesito a mi padre".

El primer hombre se trata de una obra de gran belleza narrativa y de una especial intensidad emotiva, en la que se narran sus primeros años en Argelia, como si quisiera completar un homenaje a su abuela, a su madre, a su padre, al que jamás conoció, a su profesor y mentor y a su mejor amigo. A medida que uno va leyendo se va haciendo más evidente que la obra está inconclusa, no porque el lector sea especialmente perspicaz, sino mas bien gracias al sentido común del editor que ha decidido incluir en esta edición las notas al margen, rectificaciones, variantes sobrescritas e incluso alguna de las páginas originales en forma de facsímil. Además se incluyen, en forma de apéndice, alguna de las hojas que se encontraron intercaladas entre el manuscrito, un cuaderno donde se entrevé el proyecto y posterior desarrollo de la obra y dos cartas que se intercambiaron entre Camus y su primer profesor y mentor, Luis Germain, nada mas haber recibido el premio Nobel.
  Los dos primeros capítulos de la novela son de las páginas más conmovedoras que se puedan leer. El primero se sitúa en una noche otoñal de 1913, y cuenta la llegada de un matrimonio a Argelia; viajan en una carreta, son colonos hambrientos de tierra, de pan y de trabajo. Él, un hombre francés de treinta años, ella, una sufrida y hermosa mujer andaluza; solos y en tierra desconocida, tendrán que afrontar en una casa miserable el nacimiento de su segundo hijo: Jacques Cormery. Este primer capítulo se cierra con el sueño tranquilo de la madre cansada y satisfecha y el deseo nervioso del padre por empezar a trabajar al día siguiente. Casi, sin solución de continuidad, en el capítulo siguiente, Camus da un salto en el tiempo y nos presenta a ese niño nacido en tierras argelinas: "Cuarenta años más tarde, un hombre, en el pasillo del tren de Saint-Brieuc", es Jacques Cormery. Aquel niño, ahora un hombre, viaja para encontrar la lápida de su padre "Cormery, Henri, herido mortalmente en la batalla del Marne, muerto en Saint-Brieuc el 11 de octubre de 1914". Es el encuentro del hijo con la tumba del padre desconocido - murió cuando él tenía un año -; encuentro que despierta un torbellino de emociones y reflexiones que constituirán el hilo conductor del resto de la obra, es decir, la recreación de la infancia, adolescencia y juventud de Jacques.
 Pero antes de componer su historia, el narrador describe la compasión y el dolor por la muerte prematura de su padre: "Y la ola de ternura y compasión que de golpe le colmó el corazón no era el movimiento del ánimo que lleva al hijo a recordar al padre desaparecido, sino la piedad conmovida que un hombre formado siente ante el niño injustamente asesinado, algo había ahí que escapaba al orden natural y, a decir verdad, ni siquiera tal orden existía, sino sólo locura y caos en el momento en que el hijo era más viejo que el padre" . La novela nace de estas dos escenas: el secreto de la vida de Jacques Cormery depende de ese padre que lo vio nacer y murió prematuramente, es decir, del sentimiento dramático de orfandad. Además, la identidad del personaje que leemos en las páginas siguientes evocan sus años pobres, a la vez que alegres, en Argel y se construyen a partir del anhelo de paternidad. Anhelo, que lejos de ser un triste y lánguido lamento, se convierte en una búsqueda incansable de figuras que le devuelvan la percepción de ser hijo.
 Además de la historia concreta de Cormery, que refleja muchos datos autobiográficos del autor, nace el juicio de toda una generación de hombres "huérfanos". Albert Camus pone de manifiesto como su generación es la de hombres sin puntos de referencia, sin puntos firmes desde los que empezar a caminar. Hombres y mujeres sin dioses, "los templos son derruidos y no queda más que ese peso insoportable y dulce en el corazón", (p.166), sin memoria, "caminando en la noche de los años por la tierra del olvido, en que cada uno era el primer hombre, donde él mismo había tenido que criarse solo sin padre", sin historia, "como si la historia de los hombres, esa historia que había avanzado constantemente en una de sus tierras más viejas dejando en ella tan pocas huellas, se evaporase bajo el sol incesante junto con el recuerdo de los que la habían hecho", (p.167).
...."
 Es extracto de otras reseñas:

martes 1 de noviembre de 2011

Ángel Leiva: Furia de la nostalgia (literatura del exilio)


LA MUERTE

He levantado la tranquera de la puerta
y a paso decidido avanzo hacia la noche
donde se encuentra todavía
los huesos del olvido
Mi madre llora
sobre el hombro de mi padre muerto
y siento entonces la tristeza
del hombre aquel que vuelve
con todos los sentidos deshechos hasta la tierra.
Húmeda piel que tensas
el arco de un violín en ruinas
mientras se escucha el vocerío
de las lejanas ruedas de los carros en el invierno
que van llevando el peso de la muerte
a los destinos últimos

( Del Poemario Furia de la nostalgia de Ángel Leiva)

“… Pintor, narrador, profesor y crítico de arte y literatura, Ángel Leiva nació en Simoca en 1941. Estudió Periodismo en la Universidad Popular de Buenos Aires, e Historia del Arte en la Universidad de Buenos Aires. Es doctor en Literatura y lenguas romance en la Universidad de Syracuse, Nueva York. Inició su carrera literaria en Buenos Aires, donde ha ocupado el cargo de Primer Secretario de la Sociedad Argentina de Escritores entre 1971 y 1973. Posteriormente, ocupó el cargo de Profesor Invitado de Literatura Latinoamericana y de Creación Literaria en la Universidad de Sevilla, la Universidad de Brown, la Universidad de Northwestern y el Hunter Collage de Nueva York.
  Ángel Leiva era ferroviario en su pueblo cuando un golpe de fortuna quiso que recalara en España hacia 1970, impulsado por un premio literario. Las mareas de la vida lo condujeron a Nueva York, donde fue profesor en la Universidad de Syracuse, para regresar más temprano que tarde a Sevilla, donde entre otras cosas regentó un videoclub para cinéfilos y luego constituyó la asociación cultural que todavía hoy lleva su nombre. Años de búsqueda de sus propios caminos expresivos, aunque él prefiere matizar que "haciendo mío el pensamiento de uno de mis grandes maestros, Picasso, yo prefiero encontrar a buscar. Toda mi vida se circunscribe a encuentros y complicidades, y después de esto, la nostalgia: a cada encuentro le sucede la despedida", agrega Ángel Leiva. El poeta y el artista plástico conviven armónicamente, aunque una veintena larga de libros, desde Del Amor y la Tierra (1967) a American Graffitti (2005), conceden cierta ventaja al primero sobre el segundo. En sus pinturas -una docena de lienzos al óleo, acrílico y técnicas mixtas- prevalece el trazo primitivo junto a la huella de la action painting a lo Rothko, De Kooning o Pollock. "Empiezo sintiendo esa necesidad de los aromas de la pintura, escucho mucha música, y puedo pasar seis u ocho horas seguidas sin darme cuenta, acabando prácticamente en el delirio. Pintura y poesía son para mí dos instancias de una misma realidad, un mundo feliz en la realización, pero que también te desespera", comenta. Y concluye volviendo sobre su identidad: "Soy, en cierta medida, un exiliado perpetuo: era un exiliado interior en Argentina, lo era en Estados Unidos por la lengua, y aquí cumplo varios requisitos del hombre moderno no desarraigado, pero sí desterrado".
  Nacido en el corazón de Simoca hace 70 años, Leiva está radicado en Sevilla, donde alterna su actividad docente con sus facetas de poeta y pintor. "Lo de la pintura siempre estuvo muy escondido. Recién en los últimos años salió a la luz. Y resulta que ahora mi fama como artista plástico está empezando a opacar a la del poeta", destaca sonriente. No le molesta, por supuesto. Como Leonardo, Leiva concibe al arte como un todo. Sin diferencias de género. "Muchos críticos no saben dónde ubicarme", alega.
  Inquieto por naturaleza, el escritor tucumano, que emigró en los años 70, frecuentó a algunas de las luminarias de las letras americanas, como Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Carlos Fuentes y Ernesto Cardenal. "Tengo esos encuentros grabados y estoy analizando si los voy a publicar en la edición de mis obras completas. Es algo que me están pidiendo las editoriales, sobre todo las de España", señala. Aunque tiene sus dudas. "La cuestión es que algunas de estas conversaciones son tan personales que si las publico me parece que traiciono la naturaleza intimista de las charlas. En una de ellas, por ejemplo, Borges canta una milonga. ¿Te imaginás a Borges cantando?", declara.
  Frecuentar a esos escritores le dio a Leiva otra perspectiva del mundo de las letras. "De ellos aprendí una cualidad suprema que prima en los grandes artistas: la humildad. Cuando conocí a Borges, por ejemplo, descubrí que todo lo que se decía de él no era cierto. Borges era un hombre humilde al extremo, inteligente y genial, pero muy sencillo. Vivía rodeado de una frugalidad extrema", enfatiza. De inmediato cuenta una anécdota que pinta a Borges de cuerpo entero. "Un día íbamos caminando por una calle del centro y descubrí que la gente se paraba a mirarlo. Él ya estaba ciego y por eso yo lo llevaba del brazo. A medida que pasábamos se iba abriendo un sendero entre la multitud, lo cual me asombró. Era como si yo fuera en compañía del Mesías. Y le dije: ’Borges ¿sabe lo que está sucediendo?’. Y él me contestó: ’no lo sé, dígamelo usted’. ’La gente se detiene para verlo pasar’, retruqué. Entonces él me contestó algo que quedó grabado para siempre en mi memoria; me dijo: ’sáqueme ya mismo de aquí; no me haga sentir un desdichado’. Así de humilde y tímido era", declara.
  Su destierro forzado (tuvo que irse porque fue perseguido en la época de López Rega) le provocó una profunda herida que aún no cierra. "Durante mucho tiempo fui amenazado, incluso cuando ya estaba en Estados Unidos. Hasta llegaron a secuestrar a mi hermana para infundirme miedo. Yo no sé por qué sucedió eso, siendo que no tenía un compromiso político concreto. Era un simple estudiante con inquietudes intelectuales y algunos antecedentes literarios", asegura.
  Ese destierro le permitió ser famoso en otras tierras, menos en la suya: "nunca tuve en la Argentina el reconocimiento que alcancé, por ejemplo, en Estados Unidos o en España. Incluso en Tucumán mi obra es prácticamente desconocida. Y eso me duele un poco".
  En cuanto a su poética, Leiva afirma que le gusta el concepto de la verdad y, sobre todo, el del sentimiento. "No escribo por una respuesta técnica, sino por impulso -subrayó-. Cuando escribo poesía sufro, porque hablo de todo lo que me ha pasado. Pero no sólo canto a lo que se pierde, como diría Machado, sino también a lo que tengo".
  La UNT, ha dictado una Resolución declarando de interés la obra de Leiva, mientras que la Editorial de la UNT, tiene en preparación la publicación de sus obras completas.
  Leiva ha recibido, entre otros, los siguientes premios y distinciones:
 • Premio Nacional de Poesía, (Sociedad Argentina de Escritores, 1969)
 • Faja de Honor en Poesía (Sociedad Argentina de Escritores, 1970)
 • Premio Municipal de Buenos Aires (Dirección de Cultura de Argentina, 1971)
 • Premio Internacional de Poesía César Vallejo, (Asociación de Escritores e Intelectuales del Perú, 1973)
 • Premio Internacional de Poesía Pablo Neruda, (Revista Internacional de Poesía, México, 1974)
  Ha publicado los siguientes libros de poesía y prosa:
• Celebración de la poesía (Universidad Internacional de Andalucía, Sevilla 2007)
• Condenada memoria, habla (Lautaro Editorial, Buenos Aires, 2005)
• Tierra querida (Casa de la cultura, Tucumán, Argentina, 2003)
• Furia de la nostalgia (Lautaro Editorial, Sevilla, 2000)
• La alegría perdida (Lautaro Editorial, Sevilla, 1996)
• En la ciudad de la alegría (Lautaro Editorial, Sevilla, 1996)
• Regreso al sur (Poemar Ediciones, Sevilla, 1993)
• Desarticulationes/Desarticulaciones (Brown University Press, EUA, 1985)
• Versión del caos 1 (Edición Arte Gavagnin, Buenos Aires, 1984)
• Versión del caos 2 (Edición Arte Gavagnin, Buenos Aires, 1984)
• Música en los Aeropuertos(Editorial Calidón, Buenos Aires, 1982)
• El fuego de las vísperas (Editorial Calidón, Buenos Aires, 1982)
• Las edades y la muerte (Editorial Trilce, Buenos Aires, 1973)
• Cenizas y señales(Editorial Trilce, Buenos Aires, 1973)
• El pasajero de la locura(Editorial Losada, Buenos Aires, 1971)
• Los cuerpos gloriosos(Editorial Losada, Buenos Aires,1970)
   Del amor y la tierra (Ediciones del Mediodía, Buenos Aires
….”
Esta reseña es extracto y compendio de otras:
http://www.elcorreoweb.es/cultura/083202/angel/leiva/exiliado/perpetuo
http://angel-leiva.blogspot.com/2008/05/biografa-de-ngel-leiva.html
http://www.lagaceta.com.ar/nota/456525/Tucumanos/poeta-simo..
http://www.eldiario24.com/nota/233617/la-literatura-del-exilio-en-la-obra-poetica-de-angel-leiva.html
http://es.wikipedia.org/w/index.php?title=%C3%81ngel_Leiva&oldid=48542235
http://www.lagaceta.com.ar/nota/457499/Tucumanos/Cuando-escribo-poesia-sufro-porque-hablo-lo-perdi.html

sábado 15 de octubre de 2011

Erich Maria Remarque: Sin novedad en el frente (la novela antibelicista)


"... Sin  novedad en el frente ((con el título original de Im Westen Nichts Neues) fue escrita por el alemán Erich Maria Remarque, pseudónimo de Erich Paul Remark (Osnabrück 1897 – Locarno 1970). Empezó publicándose, en 1929, en forma de folletín en la Wossische Zeitung, con la condición por parte del director de que ningún suscriptor protestara. Terminada la narración en el periódico, se editó en volumen aparte, cuyos ejemplares se agotaron en pocos días. Igual sucedió con las sucesivas reimpresiones, El autor dice de su obra: «no pretende ser ni una acusación ni una confesión, solo intenta informar sobre una generación destruida por la guerra, totalmente destruida, aunque se salvase de las granadas».  Hasta la fecha se han publicado ediciones en cincuenta idiomas y se llevan vendidos unos veinte millones de ejemplares. En 1931 publicó la que sería continuación de este best-seller, El regreso, en la que escribe sobre la vivencias de los protagonistas supervivientes de la primera novela durante la posguerra. En 1933 ambas novelas fueron pasto de las llamas durante las quemas de libros que tuvieron lugar en varias ciudades alemanas, junto con obras de otros autores y artistas como Heinrich, Thomas Mann y otros, acusados de atentar contra el llamado «espíritu alemán», por los nazis, bien por ser judíos o por sus ideas contrarias al régimen.

jueves 6 de octubre de 2011

Manuel Azaña. El jardín de los frailes.

"... La primera vez que oí hablar de los Schlegel fue en El Escorial de Arriba, una tarde de otoño, hace ya veintitantos años. No eran pasto de la murmuración del vecindario de San Lorenzo: se hablaba de ellos en una sala baja, fría, donde un par de docenas de adolescentes, de codos en los pupitres de pino todavía pegajosos de barniz, sufríamos la iniciación literaria. Encaramado en la tribuna, un fraile joven, quebrado de color, escuálido, de boca rasgada y dientes desiguales, nariz aguileña y ojos saltones entreverados de sangre, daba suelta a su elocución caudalosa. De voz insegura, tan pronto ronquilla y velada como chillona y metálica, entre gallos y rociadas de saliva, con el tropel de palabras que le salía de la boca se trompicaba. Era el padre Blanco, uno de los brotes más lozanos que ha dado en nuestra época el añoso tronco agustino. En el aula hostil, la luz cenizosa de noviembre pesaba en los párpados. A tales horas ya nos rendía el cansancio cotidiano. Esforzábamos la atención para no sucumbir al tedio o al sueño..."

Extracto: El Jardín de los frailes de Manuel Azaña.

viernes 9 de septiembre de 2011

Thomas Pynchon: Vicio propio.

"… Nadie cuestiona que el escritor Thomas Pynchon (Long Island, Nueva York, 1937) es uno de los novelistas vivos más importantes. Su nombre siempre figura en la lista no oficial de candidatos al Nobel. Thomas Pynchon ignora olímpicamente toda suerte de estrategias comerciales. No concede entrevistas, jamás habla de su obra, se ignora dónde vive y su última foto data de hace más de 50 años.
  Se le considera actualmente como una de las voces más importantes del posmodernismo maximalista. Su novela más destacada, El arco iris de gravedad (1973) fue rechazada por el jurado del Premio Pulitzer por considerarla obscena y ganó el National Book Award; ajeno a la polémica, el autor mandó a recoger el premio a un payaso. A la prosa de Pynchon la han catalogado de diversas maneras (paranoica, histérica, densa) aunque no le han negado la trascendental importancia que tiene en la literatura de fin de Siglo XX. El crítico Harold Bloom citó a Thomas Pynchon como uno de los más grandes novelistas americanos de su tiempo junto a Don DeLillo, Philip Roth y Cormac McCarthy. Otras obras destacadas del autor son: V. (1963), La subasta del lote 49 (1966), Vineland (1990), Mason y Dixon (1997), Contraluz (2006), Vicio propio (2009); y un libro de cuentos titulado Lento aprendizaje (1984).
  El rasgo más distintivo de las novelas de Pynchon es su extrema dificultad. Los críticos han situado a Pynchon a la altura de colosos como Joyce o Virginia Woolf. De una audacia sin par, Pynchon se ocupa de temas como la entropía, la paranoia, el signo apocalíptico y decadente de la historia reciente, la desintegración del lenguaje, la ruptura de los sistemas en que vive encerrado el individuo, el sentido de la ciencia, el militarismo y el poder de los Estados, el control de las libertades, la manipulación de la tecnología, la ausencia de significado que preside nuestras vidas, inmersas en el caos.
  Vicio propio, su última novela es una historia de detectives que ha pillado por sorpresa a propios y ajenos. Las ávidas hordas pynchonianas están divididas: por una parte, no caben en sí de gozo al ver que su maestro ha tardado poco más de un par de años en publicar un nuevo título; por otra se sienten estafados porque la novela no tiene la dosis de dificultad a la que están acostumbrados: no llega a las 400 páginas, la cronología es lineal, la estructura manejable, el argumento se puede seguir casi siempre; el protagonista, un detective hippy que se pasa toda la novela colocado, es entrañable y está rodeado de una caterva de personajes tan delirantes como siempre, sólo que más humanos. Ambientada en Los Ángeles en la era de Manson y Nixon, Vicio innato es un pequeño milagro: el prodigioso mundo de Pynchon en miniatura aparece intacto, pero por una vez resulta accesible. Rebosante de encanto y humor, como corresponde a una época anterior a la pérdida de la inocencia, abundan el sexo, las drogas y el rock and roll. Hay surferos, conspiradores, rubias platino, contrabandistas, bailarinas de strip-tease, estafadores y más, todo un reparto que sólo una imaginación como la de Pynchon puede concebir. Las nuevas generaciones de lectores están de suerte: el misterio de la más alta forma de literatura a su alcance.
  Vicio propio, adopta las claves genéricas de la novela negra, por más que en esta elegía a los años sesenta no haya cejijuntos detectives alcoholizados y la protagonice un memorable hippy fumeta, tierno, desacomplejado, ingenuo pero más espabilado de lo que parece y con un sentido natural de la justicia. Se llama Sportello, Doc Sportello, y es un detective privado un tanto peculiar en el colorista Los Ángeles de finales de los años sesenta. Hacía ya tiempo que Doc no veía a su ex, Shasta, seductora femme fatale, cuando ésta recurre a sus servicios porque ha desaparecido su nuevo amante, un magnate inmobiliario que había visto la luz del buen karma, un tanto distorsionada por el ácido, y quería devolver a la sociedad todo lo que había expoliado. Sportello se ve enredado entonces en una intriga en la que los escrúpulos chispean por su ausencia y cuya trama es casi la de una novela negra clásica. A partir de ahí, Thomas Pynchon pergeña un retrato desbocado de una California poblada por surfistas embriagados de la mitología de las olas gigantes, combatientes de Vietnam o agentes del FBI reconvertidos en hippies, pandillas carcelarias, la escabrosa sombra de Charlie Manson y sus acólitas, una brutal organización secreta de dentistas, polis corruptos, una protointernet o bellas masajistas de sexualidad ambigua.Todo sazonado con diálogos y guiños hilarantes, al ritmo de una frenética banda sonora que sirve de réquiem psicodélico por una época que pudo ser y no fue.
  Vicio propio nos sitúa en un espeso microcosmos en el que no desentonarían personajes del estilo descuidado y casi entrañable de El Nota de El Gran Lebowsky. El entorno donde se desarrolla se puede casi palpar de tan real que lo presenta; esta novela suda, huele, late. Es divertido y frenético el vaivén de una miríada de personajes entrelazados en tramas de lo más variopintas, muy especialmente representados por un detective hippy que se convierte de inmediato en el clásico antihéroe, uno de esos personajes a los que es sencillo adjudicar de inmediato la cara de algún actor de Hollywood. Fumeta, descuidado, irónico, valiente porque no tiene arraigo ni nada que perder, preocupado sólo de encontrar a los mejores dealers, disfraza su auténtica búsqueda con otras, camuflando su único interés con una supuesta y relajada tarea detectivesca. Sólo reacciona a estímulos primarios: posibilidad de encontrar buena marihuana y sexo fácil. Lo demás no le interesa demasiado, pese a que detectamos una pátina de bonhomía, de compromiso oculto con el bien, que nos hace identificarnos y empatizar con él a lo largo de sus desventuras. La desaparición de su novia Shasta con el magnate Mickey Wolfmann, y la desesperada y poco clara petición de ayuda de la misma, es el desencadenante de una serie de sucesos que van complicando la historia poco a poco. Todo el mundo está relacionado, los grados de separación son mínimos, pareciese que la acción se desarrolla en una aldea, pero esto es, a fin de cuentas, no muy distinto de cómo funcionan las cosas en la realidad. El argumento, las intrigas sobre desapariciones, las brillantes descripciones de los los lapsos de memoria fruto de el consumo indiscriminado de todo tipo de sustancias por parte del protagonista y las aristas de los múltiples personajes son solo detalles necesarios para el verdadero fin: una nueva demostración de control del medio por parte de Pynchon. En esto casi se mimetizan autor y protagonista.
  Leer a Thomas Pynchon resulta ser una aventura literaria especial. Es tan difícil de encasillar que bien podría decirse de él que forma parte de su género propio. Después de su genial Vineland y su estratosférico Contraluz ahora Tusquets nos ofrece su obra aparentemente más convencional, Vicio propio, en la que hasta el título es ambiguo, puesto que proviene de los defectos inherentes de la mercancía que se transporta por vía marítima y se deteriora per se, pero bien podría aplicarse al fumeta protagonista del mismo Doc Sportello y sus vicios propios como su afición por las drogas. Es sabida la destreza camaleónica y vampírica de Pynchon para camuflarse en un género y transformarlo: la novela histórica en Mason y Dixon, la novela de aventuras en Contraluz, la novela de viajes en ambas, y la novela negra en Vicio propio. Son numerosas las ocasiones en que se alude al problema de “seguir” a alguien o algo, de comprenderlo o capturarlo. Ya había anticipado Tony Tanner que un aspecto de la paranoia –trastorno repatentado por Pynchon– es la tendencia a imaginar tramas a nuestro alrededor: esa es también la ocupación del novelista, y hay claramente una relación entre crear ficciones e imaginar complots. Podrá achacársele a Pynchon que los personajes están un tanto desdibujados (en este caso es creíble y hasta conveniente, debido a las sustancias que ingieren o fuman, ya que se ven un tanto desdibujados los unos a los otros), pero la gracia descriptiva, el repentismo cómico y una considerable aptitud lírica permanecen intactos.
 Vicio propio es una óptima recreación de una época (1970) y de un lugar (California). El retrato tiene vigencia –como si un país entero fuera poniéndose al día, ajustando su hora con el reloj que guía la mano de su novelista más adelantado–, a pesar de que está fechado y denunciado con rigor de cronometrista: es el fin de una era “loca” y el principio de la vida vigilada. De todas maneras, como dijo Pynchon de Donald Barthelme, “mucha de la impaciencia de este artesano para con la idiotez oculta un afecto y una afabilidad que logran brillar cuando abandona la ironía, aunque sea por un minuto”. La obra entera de Pynchon sería la excepción que justifica la regla, ya que su escritura no es sino pura digresión, un constante caracolear que le permite decir lo que no podría decirse buscando una aproximación frontal. Por medio del desvío, Pynchon logra advertir dos cosas donde otro se conformaría con una. Es parte constitutiva de la energía y la exuberancia arrolladoras de ciertos escritores norteamericanos: Melville, Faulkner, Bellow, Roth, Kerouac (los últimos tres, mencionados por Pynchon en el prólogo a Un lento aprendizaje). O parte del nervio improvisatorio del jazz. Pynchon lo escuchaba de joven y parece haberse apropiado de uno de sus métodos: la atomización de un motivo (musicalmente hablando) central. La escritura de Pynchon tiene algo de performance, de función de comediante de provincia, de número vivo: como lo demuestran algunos de sus juegos de palabras hasta pueriles, Pynchon no le teme a la payasada. Las referencias musicales y las típicas canciones que intercala Pynchon evidencian la cuestión –el problema– del sonido en una novela. Al igual que en otros maestros de la auscultación y el sonido transcripto como M. P. Shiel, Arthur Machen y Robert Aickman, hay en Pynchon una acústica del libro…"

Es recensión de otras reseñas:
http://www.elpais.com/articulo/revista/agosto/escritores/rostro/pasan/best/seller/elpepucul/20090817elpepirdv_5/Tes
http://ellectorimpaciente.blogspot.com/2011/04/vicio-propio-de-thomas-pynchon.html
http://www.elplacerdelalectura.com/2011/03/vicio-propio-thomas-pynchon.html
http://librosmorrocotudos.com/?p=2644
http://www.underdogs.es/thomas-pynchon-vicio-propi/
http://es.wikipedia.org/wiki/Thomas_Pynchon
http://locusliterario.com/forodos/index.php?topic=879.0
http://www.esliteratura.com/docs/vicio-propio-thomas-pynchon-12489.html
http://www.perfil.com/ediciones/2011/5/edicion_572/contenidos/noticia_0011.html